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Del 11-S a la guerra de Irán, así han cambiado EE.UU. y el mundo

Hay cosas que parecen hoy normales en Estados Unidos y que en 2001 habrían resultado completamente extraordinarias. Controles exhaustivos en los aeropuertos, accesos restringidos a los edificios públicos y una enorme maquinaria federal dedicada a prevenir amenazas terroristas forman ya parte del paisaje cotidiano. … El Departamento de Seguridad Nacional ni siquiera existía cuando cayeron las Torres Gemelas y hoy emplea a más de 260.000 personas, concentrando competencias que entonces estaban repartidas por buena parte del Gobierno. Pero la transformación fue mucho más profunda. El 11S reforzó sobre todo una Presidencia con una capacidad mucho mayor para actuar en nombre de la seguridad nacional y emplear la fuerza en el exterior. La actual guerra con Irán, con operaciones militares ordenadas directamente por Donald Trump al amparo de esas facultades, vuelve a mostrar hasta dónde puede llegar ese poder.
Veinticinco años después, la arquitectura creada para impedir otro ataque sigue definiendo no sólo la seguridad de Estados Unidos, sino también la forma en que ejerce su poder.

Y quien ocupa hoy esa Presidencia tiene una relación muy particular con el 11S. Donald Trump era entonces uno de los grandes promotores inmobiliarios de Nueva York y desde aquellos primeros días ha incorporado los atentados a su propia biografía. Esta misma semana volvió a contar aquí, en la Casa Blanca, que llevó trabajadores de sus empresas a la zona y que dos bomberos tuvieron que sacarlo apresuradamente de un edificio ante el temor de que se derrumbara. Hay serias dudas sobre algunos de esos episodios y no existen pruebas independientes que permitan reconstruirlos exactamente como él los relata. Pero hay algo más relevante para entender al personaje y su papel: Trump ha querido presentarse como un presidente surgido de aquellas ruinas. El 11S forma parte de su relato de una América que fue atacada, que durante demasiado tiempo mostró debilidad y que, según él, debe responder con una fuerza abrumadora cuando se siente amenazada.

Noticia relacionada

Javier Ansorena

Aquel empresario neoyorquino ocupa ahora una Presidencia profundamente transformada por los atentados. Y lo hace mientras dirige una nueva guerra contra una potencia islámica y utiliza facultades militares y de seguridad nacional que fueron ampliándose durante el cuarto de siglo posterior al 11S. Ahí está una de las grandes consecuencias de aquella mañana de 2001 en los Estados Unidos de hoy. Cambiaron las amenazas y los enemigos, y por la Casa Blanca pasaron George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump, Joe Biden y de nuevo Trump, pero buena parte del poder construido para responder a aquel ataque aún permanece a día de hoy. Ahora está en manos de un presidente especialmente dispuesto a utilizarlo y con una concepción muy amplia de sus propias atribuciones como comandante en jefe.
Esa expansión del poder presidencial no comenzó con Donald Trump. Peter Bergen, uno de los principales especialistas estadounidenses en terrorismo, sostiene que veinticinco años de decisiones tomadas desde el 11S han acabado produciendo lo que describe como una suerte de «comandante en jefe imperial». Bush llevó esa lógica hasta la invasión preventiva de Irak; Obama extendió las operaciones con drones en países como Pakistán y Yemen y emprendió la intervención en Libia sin una autorización específica del Congreso, y Biden, aunque puso fin a la guerra de Afganistán, mantuvo buena parte de la estructura y de las facultades acumuladas durante las dos décadas anteriores.
Trump ha regresado ahora a una Casa Blanca que dispone de más herramientas que ninguno de sus ocupantes antes y las está llevando de nuevo hasta sus límites con la guerra de Irán. La paradoja es que ese poder no fue diseñado de una sola vez ni por un solo partido. Se construyó decisión a decisión, guerra a guerra y presidencia a presidencia, tanto por demócratas como por republicanos. Cada comandante en jefe heredó las facultades de su antecesor y, en muchos casos, añadió otras nuevas, más ambiciosas. El resultado, un cuarto de siglo después, es una Presidencia considerablemente más libre para recurrir a la fuerza en nombre de la seguridad nacional que la que Bush ocupaba aquella mañana del 11 de septiembre de 2001.

El coste de las guerras

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Todo ese poder tuvo un precio. Se pagó primero en vidas humanas: las de los soldados estadounidenses enviados a guerras que se prolongaron durante dos décadas, las de sus aliados y, en una proporción mucho mayor, las de cientos de miles de civiles atrapados en conflictos que se extendieron por Afganistán, Irak, Siria, Pakistán y Yemen. Y se pagó también con dinero, en una factura tan enorme y repartida durante tantos años que ni siquiera existe una única cifra para calcularla.
Las cuentas más estrechas se concentran en el dinero destinado directamente a las operaciones militares. Las partidas extraordinarias utilizadas durante años para financiar las misiones a Afganistán, Irak y otras operaciones posteriores al 11S acumularon alrededor de dos billones de euros. Esa cifra permite hacerse una idea del gasto directo en las guerras, pero deja fuera buena parte de lo que costaron y de lo que seguirán costando durante décadas.

Publicado: septiembre 11, 2026, 6:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/poder-desmedido-nacio-ruinas-11s-20260910011831-nt.html

Hay cosas que parecen hoy normales en Estados Unidos y que en 2001 habrían resultado completamente extraordinarias. Controles exhaustivos en los aeropuertos, accesos restringidos a los edificios públicos y una enorme maquinaria federal dedicada a prevenir amenazas terroristas forman ya parte del paisaje cotidiano. El Departamento de Seguridad Nacional ni siquiera existía cuando cayeron las Torres Gemelas y hoy emplea a más de 260.000 personas, concentrando competencias que entonces estaban repartidas por buena parte del Gobierno. Pero la transformación fue mucho más profunda. El 11S reforzó sobre todo una Presidencia con una capacidad mucho mayor para actuar en nombre de la seguridad nacional y emplear la fuerza en el exterior. La actual guerra con Irán, con operaciones militares ordenadas directamente por Donald Trump al amparo de esas facultades, vuelve a mostrar hasta dónde puede llegar ese poder.

Veinticinco años después, la arquitectura creada para impedir otro ataque sigue definiendo no sólo la seguridad de Estados Unidos, sino también la forma en que ejerce su poder.

Y quien ocupa hoy esa Presidencia tiene una relación muy particular con el 11S. Donald Trump era entonces uno de los grandes promotores inmobiliarios de Nueva York y desde aquellos primeros días ha incorporado los atentados a su propia biografía. Esta misma semana volvió a contar aquí, en la Casa Blanca, que llevó trabajadores de sus empresas a la zona y que dos bomberos tuvieron que sacarlo apresuradamente de un edificio ante el temor de que se derrumbara. Hay serias dudas sobre algunos de esos episodios y no existen pruebas independientes que permitan reconstruirlos exactamente como él los relata. Pero hay algo más relevante para entender al personaje y su papel: Trump ha querido presentarse como un presidente surgido de aquellas ruinas. El 11S forma parte de su relato de una América que fue atacada, que durante demasiado tiempo mostró debilidad y que, según él, debe responder con una fuerza abrumadora cuando se siente amenazada.

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  • Javier Ansorena

Aquel empresario neoyorquino ocupa ahora una Presidencia profundamente transformada por los atentados. Y lo hace mientras dirige una nueva guerra contra una potencia islámica y utiliza facultades militares y de seguridad nacional que fueron ampliándose durante el cuarto de siglo posterior al 11S. Ahí está una de las grandes consecuencias de aquella mañana de 2001 en los Estados Unidos de hoy. Cambiaron las amenazas y los enemigos, y por la Casa Blanca pasaron George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump, Joe Biden y de nuevo Trump, pero buena parte del poder construido para responder a aquel ataque aún permanece a día de hoy. Ahora está en manos de un presidente especialmente dispuesto a utilizarlo y con una concepción muy amplia de sus propias atribuciones como comandante en jefe.

Esa expansión del poder presidencial no comenzó con Donald Trump. Peter Bergen, uno de los principales especialistas estadounidenses en terrorismo, sostiene que veinticinco años de decisiones tomadas desde el 11S han acabado produciendo lo que describe como una suerte de «comandante en jefe imperial». Bush llevó esa lógica hasta la invasión preventiva de Irak; Obama extendió las operaciones con drones en países como Pakistán y Yemen y emprendió la intervención en Libia sin una autorización específica del Congreso, y Biden, aunque puso fin a la guerra de Afganistán, mantuvo buena parte de la estructura y de las facultades acumuladas durante las dos décadas anteriores.

Trump ha regresado ahora a una Casa Blanca que dispone de más herramientas que ninguno de sus ocupantes antes y las está llevando de nuevo hasta sus límites con la guerra de Irán. La paradoja es que ese poder no fue diseñado de una sola vez ni por un solo partido. Se construyó decisión a decisión, guerra a guerra y presidencia a presidencia, tanto por demócratas como por republicanos. Cada comandante en jefe heredó las facultades de su antecesor y, en muchos casos, añadió otras nuevas, más ambiciosas. El resultado, un cuarto de siglo después, es una Presidencia considerablemente más libre para recurrir a la fuerza en nombre de la seguridad nacional que la que Bush ocupaba aquella mañana del 11 de septiembre de 2001.

El coste de las guerras

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Todo ese poder tuvo un precio. Se pagó primero en vidas humanas: las de los soldados estadounidenses enviados a guerras que se prolongaron durante dos décadas, las de sus aliados y, en una proporción mucho mayor, las de cientos de miles de civiles atrapados en conflictos que se extendieron por Afganistán, Irak, Siria, Pakistán y Yemen. Y se pagó también con dinero, en una factura tan enorme y repartida durante tantos años que ni siquiera existe una única cifra para calcularla.

Las cuentas más estrechas se concentran en el dinero destinado directamente a las operaciones militares. Las partidas extraordinarias utilizadas durante años para financiar las misiones a Afganistán, Irak y otras operaciones posteriores al 11S acumularon alrededor de dos billones de euros. Esa cifra permite hacerse una idea del gasto directo en las guerras, pero deja fuera buena parte de lo que costaron y de lo que seguirán costando durante décadas.


Evolución del presupuesto

militar de EE.UU.

En billones de dólares

(1=1.000.000.000.000$)

Demócratas

Republicanos

Guerra de

Afganistán

Bush

2001-

2008

Invasión

de Irak

Obama

2009-

2016

Trump

2017-

2020

Biden

2021-

2024

Trump

2025-

actual

El presupuesto presentado por Trump para 2027 aumentaría el gasto militar en más del 50%

Fuente: Oficina de Administración y Presupuesto

de EE.UU. (OMB) y elaboración propia / ABC

Evolución del presupuesto

militar de EE.UU.

En billones de dólares

(1=1.000.000.000.000$)

Demócratas

Republicanos

El presupuesto presentado por Trump para 2027 aumentaría el gasto militar en más del 50%

Invasión

de Irak

Guerra de

Afganistán

Bush

2001-

2008

Obama

2009-

2016

Trump

2017-

2020

Biden

2021-

2024

Trump

2025-

actual

Fuente: Oficina de Administración y

Presupuesto de EE.UU. (OMB) y elaboración propia / ABC

Es la Universidad Brown la que lleva años intentando calcular esa segunda factura. Su proyecto ‘Coste de la Guerra’ incorpora no sólo las operaciones militares, sino también el gasto de seguridad relacionado con aquellas guerras, los intereses de la deuda y, sobre todo, el coste de atender a los veteranos durante décadas. Su cálculo eleva a casi siete billones de euros lo gastado o ya comprometido por Estados Unidos como consecuencia de las guerras posteriores al 11S: unos cinco billones en gasto y obligaciones acumuladas, a los que se añaden al menos dos billones en atención médica y prestaciones futuras para los veteranos.

La cuenta humana es todavía más difícil asumir. Brown calcula que más de 900.000 personas murieron directamente por la violencia de las guerras posteriores al 11S y que más de 400.000 eran civiles. EE.UU. perdió además a más de 7.000 militares. Y ni siquiera esas cifras lo recogen todo. Los investigadores de Brown estiman entre 3,6 y 3,8 millones las muertes indirectas causadas por las consecuencias de las guerras: enfermedades, hambre, destrucción de hospitales, sistemas sanitarios, infraestructuras y economías enteras. Sumadas a las muertes violentas, el balance podría situarse entre 4,5 y 4,7 millones de muertos. Es una estimación, en ningún caso un recuento exacto, pero sí da una dimensión de hasta dónde llegó la reacción desencadenada aquella mañana.

Según la Universidad Brown, más de 900.000 personas murieron directamente por la violencia de las guerras posteriores al 11S, de las que 400.000 eran civiles

El contraste resulta difícil de ignorar veinticinco años después. EE.UU. salió de los escombros del 11S con un objetivo inmediato y perfectamente identificable: encontrar a los responsables, destruir la capacidad de Al Qaida para volver a atacar y evitar que algo semejante ocurriera de nuevo en territorio estadounidense. Ese último objetivo se cumplió. El país no ha sufrido desde entonces otro atentado organizado desde el extranjero de una magnitud remotamente cercana. Pero la respuesta terminó convirtiéndose en guerras de veinte años, intervenciones en numerosos países y un compromiso humano, económico y militar que sobrevivió durante décadas al enemigo que lo había provocado.


Principales acciones

militares de EE.UU.

tras el atentado del 11-S

Invasiones

Acciones antiterroristas

o estratégicas

Afganistán

(2003)

Invasión preventiva

impulsada bajo el

mandato de

George W. Bush

(2001-2021)

Guerra iniciada como

respuesta directa a los

atentados del 11-S para

destruir a Al-Qaeda

Libia (2011)

Caída del régimen de Gadafi

Pakistán (2011)

Captura de Osama bin Laden

Siria (2014)

Lucha contra el ISIS

Yemen (2025)

Ataques a objetivos hutíes

Irán (2026)

Conflicto actual contra el

régimen de los ayatolás

Fuente: Elaboración propia / ABC

Principales acciones militares de EE.UU.

tras el atentado del 11-S

Afganistán

(2003)

Invasión preventiva

impulsada bajo el

mandato de

George W. Bush

(2001-2021)

Guerra iniciada como

respuesta directa a los

atentados del 11-S para

destruir a Al-Qaeda

Invasiones

Acciones

antiterroristas

o estratégicas

Siria

(2014)

Lucha contra el ISIS

Irán

2026

Conflicto actual

contra el régimen

de los ayatolás

Libia

(2011)

Caída del

régimen

de Gadafi

Pakistán

(2011)

Captura de

Osama bin Laden

Yemen

(2025)

Ataques a

objetivos hutíes

Fuente: Elaboración propia / ABC

Según Marc Hecker, director ejecutivo del Instituto Francés de Relaciones Internacionales, una de las lecciones de estos 25 años es que tan peligroso puede ser subestimar el terrorismo como exagerar la amenaza hasta provocar una reacción desproporcionada que termine alimentando el mismo fenómeno que se intenta combatir: «Exagerar la amenaza puede desencadenar una reacción excesiva que corre el riesgo de crear un círculo vicioso beneficioso para los terroristas».

«Exagerar la amenaza puede desencadenar una reacción excesiva de los terroristas»

Marc Hecker

director ejecutivo del Instituto Francés de Relaciones Internacionales

La justicia, además, quedó a medio camino. Estados Unidos encontró y mató a Osama bin Laden en Pakistán en 2011, después de una caza de casi diez años, pero algunos de los principales procesos por los atentados todavía no han llegado a juicio. Khalid Sheikh Mohammed, acusado de ser el cerebro del 11S, y otros tres procesados llevan años atrapados en el laberinto judicial de Guantánamo. Un juez militar ha fijado para junio de 2028 el comienzo de su juicio. Si finalmente se cumple ese calendario, habrán pasado casi 27 años desde los ataques.

El nacimiento de Daesh

Al Qaida tampoco desapareció. Perdió a sus principales dirigentes y dejó de ser la organización centralizada capaz de preparar desde Afganistán una operación como la del 11S, pero sobrevivió fragmentada en ramas y grupos locales. Dio paso al Daesh, que llegó a controlar amplias zonas de Irak y Siria y a proclamar allí un ‘califato’ antes de perder prácticamente todo el territorio.

Según Hiunjin Choi, del East Asia Institute de Corea del Sur, las nuevas tecnologías han permitido localizar y atacar a dirigentes terroristas con una precisión que habría sido inimaginable en 2001, pero eso no equivale necesariamente a derrotar el fenómeno. «Nos hemos vuelto extraordinariamente buenos encontrando terroristas», sostiene, «pero encontrar terroristas y derrotar al terrorismo no son la misma cosa». La experiencia de estos 25 años demuestra, dice, que se pueden destruir bases, matar dirigentes y desarticular organizaciones sin eliminar las condiciones que permiten que otras ocupen su lugar.

«Encontrar terroristas y derrotar al terrorismo no son la misma cosa»

Hiunjin Choi

East Asia Institute de Corea del Sur

Y sí, también cambiaron los enemigos de Washington. El adversario que en 2001 tenía el rostro de Bin Laden y de Al Qaida se ha desplazado hoy hacia uno muy distinto: el régimen de los ayatolás de Irán, al que EE.UU. designa como Estado patrocinador del terrorismo desde 1984 y al que acusa desde hace décadas de financiar, armar y respaldar a organizaciones como Hizbolá, Hamás y los hutíes. El enemigo de 2026 no es el responsable del 11S, pero la guerra contra él se libra con buena parte del lenguaje, las instituciones y los poderes de seguridad nacional que aquellos atentados ayudaron a consolidar.

La incógnita de Arabia Saudí

Queda Arabia Saudí, una de las contradicciones más delicadas de toda aquella historia. Quince de los 19 secuestradores eran ciudadanos saudíes y Bin Laden procedía de una de las familias más conocidas del reino. La Comisión del 11S describió en su informe oficial a Arabia Saudí como un aliado problemático en la lucha contra el extremismo y constató que Al Qaida había recaudado allí dinero de particulares y organizaciones caritativas, pero no encontró pruebas de que el reino saudí como institución o sus principales dirigentes hubieran financiado a la organización. Con el tiempo, Riad se convirtió además en un socio mucho más activo de Washington contra el yihadismo. El país del que salieron 15 de los 19 hombres que secuestraron los aviones es hoy uno de los principales aliados estadounidenses en Oriente Próximo.

Pero tampoco esa historia quedó cerrada del todo. Durante años esa fue, en esencia, la conclusión oficial: numerosos terroristas eran saudíes, pero no se había probado una implicación del Estado. Después llegaron documentos desclasificados y, sobre todo, una larga batalla judicial de las familias de las víctimas. En agosto de 2025, un juez federal rechazó la petición de Arabia Saudí de archivar una de las principales demandas y permitió que el caso siguiera adelante. En el centro están dos saudíes que tuvieron contacto con futuros secuestradores del avión que se estrelló contra el Pentágono, y la ayuda que recibieron después de llegar a California.

La decisión judicial no estableció que Arabia Saudí estuviera detrás del 11S ni determinó qué sabía el Gobierno de Riad. Lo que sí hizo, sin embargo, fue dejar abierta la posibilidad de que las familias intenten demostrar ante un tribunal si determinados funcionarios o personas vinculadas al reino tuvieron un papel mayor del que se conoció durante años. Arabia Saudí lo niega. Veinticinco años después, EE.UU. mató a Bin Laden, destruyó la organización que preparó los atentados y transformó por completo su aparato de seguridad, pero todavía no ha conseguido cerrar todas las amargas dudas que dejó aquella luctuosa mañana.

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