Publicado: julio 26, 2026, 2:45 am
La fuente de la noticia es https://www.20minutos.es/internacional/gaza-esto-no-es-un-alto-fuego-es-violencia-estructural_7018797_3.html
Nueve meses después, los palestinos siguen sacando a niños de entre los escombros en Gaza. Las familias siguen enterrando a sus muertos. Y el espacio en el que se espera que sobrevivan dos millones de personas se ha reducido a menos de un tercio en solo tres años. Esto no es un alto el fuego: es la misma violencia estructural, pero con otro nombre.
Se trata de una continuación del genocidio, calculado para ser lo suficientemente violento como para prolongar el sufrimiento diario de los palestinos, pero lo suficientemente silencioso como para no provocar la indignación internacional. Es un alto el fuego que sigue matando, confinando y negando la ayuda. Que no desmantela los mecanismos de violencia, sino que normaliza el continuo desprecio por las vidas palestinas.
En medio de esta incertidumbre y de la violencia constante, nuestros compañeros palestinos han seguido gestionando hospitales de campaña, atendiendo a pacientes heridos, prestando apoyo en salud mental, distribuyendo agua y proporcionando asistencia sanitaria general a la población de Gaza.
La violencia no ha cesado
Según el Ministerio de Sanidad de Gaza, 1.185 palestinos han perdido la vida y 3.816 han resultado heridos desde que se anunciara el llamado alto el fuego el 10 de octubre de 2025. Esto supone aproximadamente un palestino muerto o herido cada hora y 20 minutos durante nueve meses seguidos. Eso no es todo. A fecha de 19 de junio, más de 265 niños han perdido la vida según Unicef. Las fuerzas israelíes siguen llevando a cabo ataques diarios en toda Gaza, al tiempo que amplían cada día su zona de control.
Para el personal de MSF en Gaza, la línea que separa el tratar a los pacientes de convertirse en uno de ellos es aterradoramente delgada. De hecho, el 16 de julio, un ataque israelí cerca de una clínica de MSF en Al-Mawasi provocó que cuatro heridos fueran atendidos por nuestros equipos. Al día siguiente, dos bloques de apartamentos donde residía nuestro personal en la ciudad de Gaza fueron alcanzados sin previo aviso, dejando atrapadas a las familias en su interior mientras las explosiones destrozaban las ventanas. En uno de los edificios, los escombros y los cadáveres cayeron sobre el apartamento de la planta baja de un miembro del personal de MSF.
Ese mismo día, los equipos de MSF en Deir al-Balah, en el centro de Gaza, atendieron a 12 personas, siete de ellas niños, que resultaron heridas después de que las fuerzas israelíes atacaran un funeral en Al-Nuseirat. En total, este ataque causó la muerte de ocho personas y dejó 20 heridos. Entre los fallecidos se encontraba el hijo de 21 años de un miembro del personal de MSF. Nuestro compañero recibió la noticia mientras trabajaba en otra sala de urgencias. No se trata de incidentes aislados, sino de una instantánea de 48 horas en Gaza.
Del mismo modo, la línea amarilla, negociada como parte del alto el fuego con el pretexto de la seguridad, se ha convertido en otro mecanismo de control y violencia de las fuerzas israelíes, dividiendo la Franja, confinando a los palestinos a un espacio cada vez más reducido y exponiendo a la población a una violencia continuada e impune.
Esta misma semana, una madre contó a nuestros equipos que su hijo de 14 años, que tiene síndrome de Down, recibió cinco disparos de francotiradores israelíes cerca de la línea amarilla mientras jugaba cerca de su casa.
Un alto el fuego debería garantizar que se suspendan las hostilidades, las armas se silencien y la población en toda la Franja esté a salvo de los ataques. No se puede justificar su uso como arma de guerra ni el refuerzo del confinamiento a una fracción de Gaza.
Heridas psicológicas
Más allá de las secuelas físicas, los equipos de MSF siguen observando en toda Gaza niveles abrumadores de duelo, ansiedad, trastornos del sueño y angustia psicológica tanto en adultos como en niños. En lugar de remitir, estos síntomas siguen acumulándose bajo los continuos ataques aéreos, el desplazamiento y el deterioro de las condiciones. Algunos pacientes, entre ellos madres, cuentan a nuestros equipos que tienen pensamientos suicidas. Para los palestinos, un alto el fuego significaría crear las condiciones para que la gente pueda hacer el duelo, empezar a reconstruir sus vidas y recuperarse de la violencia que han sufrido. Y esto no ha ocurrido en Gaza.
La recuperación psicológica no puede producirse mientras sigan cayendo bombas, con el ruido constante de los drones sobre sus cabezas, que solo se interrumpe cuando un ataque alcanza el suelo. La gente vive con el miedo de no saber si ellos, sus familiares o sus vecinos van a sobrevivir al día.
La protección de la población civil no comienza cuando se firma un alto el fuego. La población civil debe estar protegida y debe facilitarse la ayuda también durante las hostilidades activas. Tras nueve meses de este supuesto alto el fuego, las heridas de la guerra no solo no se han curado: siguen infligiéndose.
