Publicado: julio 18, 2026, 6:45 pm
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/taxistas-guerra-ucrania-20260718011415-nt.html
La locutora hace balance de los muertos en el último ataque ruso. El murmullo radiofónico se diluye cuando Sasha empieza a nombrar a los pasajeros con asiento reservado. La mayoría son mujeres. Hay también algún pensionista y un par de jóvenes que no superan … los 18 años. Para los rezagados sin efectivo y sin billete, no falta arreglo. El pago con tarjeta se efectúa en la puerta del vehículo con la misma fluidez que en Madrid o París. Tras un complicado ‘tetris’ para encajar equipajes más grandes de lo recomendable, el autobús arranca. En la segunda parada, algunos bajan a fumar mientras los últimos buscan un sitio libre. «Tienen cinco minutos por si quieren ir al baño», avisa el conductor. Lo que sigue es una acumulación de kilómetros bajo el alcance letal de los drones rusos.
Sasha baja un poco la ventanilla y cambia la emisión de radio por música de su Spotify. Atrás queda la ciudad y de frente asoman algunos tramos de redes de pesca sobre la vía. Estos túneles transparentes son una «ayuda», explica el conductor. «Te sientes más seguro, más tranquilo. Es algo casi psicológico, y digamos que son casi efectivas», resume con media sonrisa. El veterano al volante toma con confianza la dirección prevista. Puntualiza, eso sí, que también cuenta con licencia para viajes internacionales. Circular dentro de la propia Rusia era normal hace años. Trabaja desde 1998 en el Donbás y se conoce todas las carreteras al dedillo: las que están bajo control de Kiev y aquellas que le fueron arrebatadas a Ucrania en 2014.
La estación de destino es Kramatorsk, capital administrativa de su región natal, Donetsk. Las posiciones rusas más avanzadas están a menos de 15 kilómetros de la urbe. «Si seguimos por esta misma carretera», señala hacia el horizonte, «tenemos mi ciudad a unos 130 kilómetros de distancia». Su hogar quedó atrapado en la ocupación rusa hace más de una década. Y él se fue, entre otras cosas, porque «hacía falta dinero, allí no se podía trabajar».
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Rosalía Sánchez
Todos los conductores que viajan a esta provincia del este de Ucrania lidian con las nuevas tecnologías bélicas. Antes, el problema era más humano. Sasha recuerda la tensión al pasar cerca de los puestos de control de los separatistas prorrusos. «Yo llevaba a gente de la región de Lugansk que cruzaba desde la ocupación. Resolvían sus asuntos y al día siguiente volvían. A sus casas, en la ocupación», recalca. Este trayecto entre los territorios no controlados y Ucrania se resolvía a veces a través de Rusia. «Aquellas fronteras eran mucho más civilizadas que las líneas que controlaban los separatistas», sentencia.
Ruleta rusa
El tráfico disminuye a medida que se comprime la distancia con las ciudades fortaleza del Donbás. Los pasajeros apenas cruzan palabra. El diálogo puntual se limita a breves preguntas y respuestas sobre la próxima parada o el tiempo que durará el viaje. El horizonte, por el momento, está despejado. Pero no es raro divisar drones a través del parabrisas. «Yo lo he visto muchas veces», dice Sasha. Un poco más adelante, llama la atención y levanta la mano hacia arriba. Los restos de uno de estos aparatos llevan días atrapados en la red.
«Hace un año empezaron a llegar los FPV (drones con vista en primera persona por sus siglas en inglés). Luego hubo una pausa un par de meses hasta que empezaron de nuevo. Ahora vuelan con cierta frecuencia. Pero no son FPV, son los drones Molniya (de bajo coste)», explica.
—¿Qué harías ahora mismo si un dron viniese hacia el autobús?
—Pisar el acelerador al fondo. En la seguridad influye la velocidad. Cuanta más velocidad, más probabilidad de escapar — resuelve.
El autobús circula cada vez más solitario por una carretera concurrida hace solo unos meses. «En este punto todavía no es tan peligroso, el frente está hacia allí», indica con un gesto de la cabeza hacia la izquierda.
La regla no escrita planea en el pensamiento: a mayor recurrencia, más papeletas de tener, como mínimo, algún susto. Y Sasha ya lo ha sufrido. A pesar de su templanza, sabe que el regreso de su jornada laboral no está garantizado. Lo llama, sin dramatismo, una lotería: «El miedo se embota. Simplemente te acostumbras».
«Cuanta más velocidad, más probabilidad de escapar de un dron»
Sasha
Conductor
Todos entienden, ya que los drones rusos se lanzan contra vehículos civiles que transitan relativamente cerca del frente de guerra. También atacan las gasolineras, en una nueva estrategia de los invasores para dificultar las comunicaciones en la zona. Una de las estaciones que todavía daba servicio luce destartalada tras un golpe ruso. «Sucedió hace cinco días. Para nuestro viaje, ya me he encargado de que tengamos suficiente combustible», asegura.
Últimos kilómetros hostiles
El siguiente tramo lo inauguran los restos de un coche desvestido de color por el fuego de un dron. Sasha confirma que, a partir de aquí, la amenaza es más fuerte. Especialmente, en los cruces de caminos. La red se aparta para favorecer la circulación. Y esta brecha es una oportunidad para que el aparato golpee sin obstáculo.
Las carreteras del Donbás están cubiertas de redes de pesca contra los drones rusos y salpicadas de coches calcinados (primera foto). Sasha hace el recorrido a toda velocidad para evitar los ataques (segunda imagen). En la tercera foto, los restos de un dron atrapado en las redes..
(Miriam González)
Unos kilómetros más adelante, aparecen los carteles que señalan peligro de drones. El vehículo avanza hacia el tramo final. El más complicado. Un colega de Sasha estaba en la localidad de Sloviansk cuando un FPV se enredó en las redes antidrones y reventó. «No hubo heridos, porque la explosión fue a cierta distancia, pero los cristales se rompieron», cuenta. Unas semanas antes, el propio Sasha estaba lavando su autobús en Kramatorsk cuando un Shahed impactó cerca. La onda expansiva le voló la cristalería.
Después de la penúltima parada, quedan ya pocos pasajeros. Kramatorsk y sus tuberías industriales cortan la estampa natural mientras Sasha recuerda, de la nada, sus antiguas excursiones a Crimea. Unas vivencias que parecen de otra vida. El chófer se define como una persona poco sentimental, pero admite que añora la península ocupada, uno de los destinos de vacaciones predilectos en Ucrania.
Trayecto solo por carretera
Desde que el tren no llega a Kramatorsk, la única opción de transporte público es por carretera. La afluencia de pasajeros es mayor en rutas cada vez más peligrosas. Esta legión de conductores conecta cada día a muchos con sus hogares y familiares. No todos los taxistas quieren hacer este trayecto, subraya Sasha. «Sin marshrutkas (término usado en los países post-soviéticos para referirse a los minibuses), mucha gente no podría viajar. Y no se trata solo de una cuestión de dinero».
El crucifijo que cuelga del retrovisor oscila de un lado a otro a medida que los últimos viajeros pisan tierra. Un símbolo religioso que le regalaron los monjes de Sviatohirsk en tiempos de visitas turísticas al complejo espiritual también martirizado por la guerra. Memorias de un Donbás extinto.
«Pensaba que en mayo ya no podríamos viajar más pero, como ves, seguimos haciéndolo»
Sasha
Conductor
Sasha saca las últimas maletas y se dispone a emprender otra vez el mismo camino de vuelta. Otra papeleta más. El tiempo que podrá seguir cubriendo una ruta es ahora una incógnita. «Pensaba que en mayo ya terminaríamos, que no podríamos viajar más, pero como ves, seguimos haciéndolo», desliza con cierto optimismo al despedirse.
