Publicado: junio 25, 2026, 10:45 pm
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/guaira-veinticuatro-horas-despues-saqueos-muertos-contar-20260626045912-nt.html
El polvo se pega al paladar y no sale. La bajada hacia Playa Verde, en el estado La Guaira, es una sucesión de fachadas reventadas y muros que se vinieron abajo como si fueran de cartón. Los que buscan a los suyos no hablan. Escarban. … A esta hora, más de veinticuatro horas después del doble terremoto, no hay una sola autoridad visible en esta calle. Ni una ambulancia. Ni una patrulla. Ni un funcionario con chaleco.
Norma Trujillo tiene sesenta y tres años y lleva medio siglo en este barrio. Es chavista de base, vocera del consejo comunal, jefa de la calle Sucre. Eso no la protegió de nada. A las seis de la tarde del martes, justo cuando cantaban el himno por la Batalla de Carabobo, un bajón eléctrico precedió al ruido que subió desde el piso. Después todo se movió. Un muro se desprendió entero. Su yerno corrió a agarrar al nieto de cinco años, que jugaba en la escalera con una vecinita y un perrito. Una viga le cayó en la cabeza al pequeño. Norma se lo quitó de los brazos. El niño convulsionaba, botaba coágulos por la boca, sangre por los oídos. Lo subieron al carro de un vecino. La autopista estaba bloqueada. Llegó muerto al hospital.
«Esto es peor que la tragedia del año noventa y nueve. Peor, peor, peor», dice Norma sentada en la misma escalera donde su nieto jugaba hace treinta horas. A pocos metros, un matrimonio sigue tapiado. Dos hermanos murieron en la calle de al lado. Una joven con su bebé de tres meses quedó sepultada. Norma los enumera con la precisión de quien lleva el censo del barrio en la cabeza.
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Susana Gaviña
«Aquí no ha venido el alcalde, no ha venido el gobernador, no ha venido Protección Civil, no han venido los cuadrantes de paz. Nadie. Cualquier moto que pasa nos da una garrafa de agua. Eso es todo lo que hemos recibido.»
La comparación con el deslave que arrasó este mismo litoral y dejó miles de muertos, sale de la boca de todos sin que nadie la provoque. Pero algo cambió. En aquella tragedia, Hugo Chávez rechazó la ayuda de Estados Unidos. Hoy, Delcy Rodríguez agradeció públicamente a Trump y a Bukele y aceptó rescatistas extranjeros. El gesto dice más sobre el estado real de Venezuela que cualquier cifra oficial.
Mientras esa ayuda llega, La Guaira se gobierna sola. Las comunicaciones llevan cortadas desde el martes Sugey Avendaño, de treinta y tres años, bajó en moto , porque no hay transporte. Su madre vive en esta zona en una casa vieja. Cumple sesenta y cuatro años mañana. No sabe nada de ella. «Nadie se ha pronunciado», dice sin mirar a nadie. Le pregunto a qué le teme. Se queda callada. «A que no esté.»
En todo el recorrido por Playa Grande y Catia La Mar no encontramos una sola torre de Misión Vivienda, el programa habitacional insignia del chavismo, que se hubiera salvado. Todas agrietadas, partidas, inhabitables. El hotel Marriott, de inversión española, quedó sin paredes en gran parte de su fachada, con las habitaciones a la vista desde la calle. Más al este, en Macuto Mario Suárez describe lo que vio al amanecer: «Edificios tras otro reducido a tres, cuatro metros de altura. De quince, dieciséis pisos. Increíble». Calcula que los muertos son incontables. Necesitamos que nos apoyen porque es mucha gente. Mucha.»
Los saqueos empezaron al amanecer. Rejas arrancadas, estantes vacíos, vidrieras rotas. Sin policía ni guardia nacional, los vecinos se organizan solos para proteger lo que queda. La única ayuda es de civiles: motorizados con agua, voluntarios con bolsas de comida. Daniela, una vecina que caminó hasta Marina Grande buscando a su hermano, lo dice sin rodeos: «He pasado cuatro veces por aquí y es como si estuviéramos desamparados. Vi gente que sacaba niños. Lo vi, lo viví».
El gobierno habla de alrededor de docientos muertos en todo el país, pero esa cifra no incluye al estado La Guaira. Aquí, los vecinos cuentan los fallecidos por decenas solo en sus calles. Nadie ha venido a contarlos oficialmente. Las morgues no se dan abasto. Norma sigue sentada en su escalera, con las rodillas raspadas y los ojos secos. Mañana tiene que enterrar a su nieto. No sabe dónde.
