Publicado: abril 29, 2026, 8:45 pm
La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/carlos-iii-unico-capaz-poner-sitio-eeuu-20260429020916-nt.html
2026 es un año de extrañas celebraciones en Estados Unidos. Cuando los ideales de esta república están quizá más apartados que nunca de su realidad trumpista, se conmemoran los dos siglos y medio de la Declaración de Independencia, publicada un 4 de julio en … la ciudad de Filadelfia por trece colonias en rebeldía contra la gran superpotencia de su tiempo: Inglaterra. En un momento de extrema polarización, deriva autoritaria e incluso riesgo de que la actual escalada de violencia política termine resultando incontrolable, esta América irreconocible debería aprovechar la ocasión para repasar sus orígenes.
Para promover este obligado ejercicio de introspección, nadie mejor que Carlos III en una visita que va mucho más allá de la gestión de daños en una relación bilateral que cada vez tiene menos de especial. El vínculo, al que originalmente se refirió Winston Churchill en 1946, es solamente aplicable a la tóxica complicidad que existe entre los Estados Unidos de Trump y el Israel de Netanyahu.
La guerra revolucionaria que culminó con la formación de una pionera democracia hace 250 años no significa que Londres y Washington no hayan mantenido una evidente y constructiva sincronización política, para bien o para mal: Roosevelt/Churchill y la Carta Atlántica; Ronald Reagan/Margaret Thatcher y la resurrección del conservadurismo para finiquitar la Guerra Fría; Bill Clinton/Tony Blair y la Tercera Vía; la primera elección presidencial de Trump en 2016; la fagocitación de los republicanos y los tories por parte de MAGA y el Reform UK de Nigel Farage…
Entre alabanzas por toda esa historia compartida y un alarde del humor inglés más fino, en su magistral discurso ante una sesión conjunta del Congreso, Carlos III no ha hecho más que poner un espejo delante del brote psicótico en el que se ha convertido la política de Estados Unidos. Y recordarles que ellos también tienen el mismo sustrato: la Magna Carta de 1215 y la tradición del derecho consuetudinario anglosajón. Es decir, límites al poder ejecutivo e imperio de la ley.
