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Trump recibe a Carlos III en la Casa Blanca con una marcha de casacas rojas para recordar los 250 años de independencia

Unas casacas rojas volvieron a la Casa Blanca dos siglos y medio después, pero esta vez no llegaban como ejército enemigo ni como símbolo del poder de un rey de Inglaterra sobre las colonias rebeldes. Marchaban soldados con ese atuendo, elegido por su simbolismo, sobre … el césped de Washington convertidos en memoria, en coreografía y en gesto diplomático, ante el presidente de Estados Unidos y el Rey Carlos III, en el año en que la república celebra los 250 años de su independencia.
La escena tuvo una fuerza simbólica difícil de exagerar. El uniforme rojo, que para generaciones de americanos representó al enemigo británico, desfilaba ahora entre banderas de Estados Unidos y del Reino Unido. Los soldados, que eran estadounidenses, marchaban bajo la fachada blanca de la residencia presidencial, ante la mirada de Trump, que pasó revista a las tropas, y con Carlos III sentado unos metros detrás. Allí donde se concentra el poder de la nación que nació contra la Corona británica, el antiguo adversario quedaba incorporado al ceremonial de Estado: música, desfile, honores y sobre todo reconciliación.

El simbolismo fue elegido por la Casa Blanca, y no era casual. Los «casacas rojas» que se vieron en la ceremonia no eran soldados británicos, sino miembros de una unidad ceremonial del Ejército de Estados Unidos cuyo uniforme está inspirado en el de los músicos militares del Ejército Continental durante la Guerra de Independencia.

Noticia relacionada

David Alandete

La Casa Blanca escogió una escenografía deliberadamente histórica: el presidente de Estados Unidos pasando revista, en el 250 aniversario de la independencia, a una unidad que remite visualmente a 1776 y a la guerra contra la Corona.
Trump admitió el peso histórico de la imagen. Al aludir al esperado discurso del Rey en el Capitolio, recordó que «el descendiente directo de Jorge III habla ante el sucesor directo del tercer órgano que se reunió en Independence Hall el 4 de julio de 1776». Si John Adams y George Washington pudieran ver esa escena, dijo el presidente, «quizá quedarían absolutamente sorprendidos. Pero probablemente solo por un momento. Muy pronto estarían encantados de que aquellas heridas hayan cicatrizado hasta convertirse en una de las amistades más apreciadas».
El césped estaba húmedo por amenaza de lluvia, los invitados llevaban paraguas negros y el personal de la Casa Blanca trataba de mantener secos los asientos del escenario. En las escaleras del Pórtico Sur, militares sostenían banderas de Estados Unidos y del Reino Unido. Otros destacamentos, de todos los cuerpos, marcharon hasta quedar firmes frente al podio.
Había una solemnidad de postal antigua y, al mismo tiempo, al fondo, las gigantescas grúas de una obra rompían la perfección de la escena. Trump quiere construir en la Casa Blanca un gran salón de baile, una ampliación monumental para recepciones y cenas de Estado, y esa obra aparecía detrás del protocolo como una segunda ceremonia: la de un presidente empeñado en dejar también una huella física en la residencia presidencial. Al inicio, cuando la banda militar callaba, se oían golpes metálicos y martillazos lejanos.
Quince minutos antes de la llegada de los reyes, las delegaciones oficiales ocuparon sus lugares. En las primeras filas, bajo paraguas negros y en sillas plegables blancas, estaban el vicepresidente J. D. Vance y su esposa, Usha Vance; los secretarios Marco Rubio, Pete Hegseth, Scott Bessent y Howard Lutnick; la jefa de gabinete, Susie Wiles, y el embajador británico, Christian Turner. También se vio a Tim Cook, consejero delegado de Apple, y a Maria Bartiromo, presentadora de televisión. La ministra británica de Exteriores, Yvette Cooper, representante del Gobierno de Londres en la ceremonia, conversaba con Hegseth, secretario de Guerra, con otros miembros del gabinete y con Wiles.
Trump y Melania salieron desde el nivel inferior de la Casa Blanca al son del himno ‘Hail to the Chief’, entre aplausos. La primera dama vestía chaqueta y falda blancas de seda y lana de Ralph Lauren, sombrero de paja de Eric Javits y zapatos Manolo Blahnik. Un minuto después llegaron en coche desde Blair House, residencia oficial para visitas, el Rey Carlos III y la Reina Camilla. El presidente y la primera dama los recibieron en el Pórtico Sur. Los cuatro se estrecharon la mano, saludaron a los dignatarios y subieron después al escenario.
Primero sonó el himno británico. Después, el de Estados Unidos. Los cañones acompañaron la ceremonia con una salva de 21 disparos. Entonces la imagen cobró todo su peso histórico: soldados con uniformes de casacas rojas desfilando sobre el césped de la Casa Blanca. El rojo que fue símbolo del poder imperial británico aparecía ahora domesticado por el protocolo, convertido en música, desfile y cortesía diplomática. El antiguo enemigo de la revolución regresaba a Washington como invitado de honor. La monarquía contra la que se rebelaron las colonias era recibida con honores en la casa del presidente republicano.
Mientras Trump hablaba, recordó a su madre, nacida en Escocia, a la fallecida Reina Isabel II y varias historias personales de lazos compartidos entre ambos países. El Rey Carlos III y la Reina Camilla escuchaban unos pasos atrás, sonrientes y satisfechos, ante una de las mayores y más solemnes recepciones ofrecidas jamás en la Casa Blanca.
La visita de Carlos III y Camilla a Estados Unidos llegó en un momento de tensión política entre Washington y Londres, pese a la retórica habitual de la «relación especial». El Gobierno británico presentó el viaje como una reafirmación de los vínculos históricos entre ambos países en el 250 aniversario de la independencia americana. Pero el contexto era más delicado: Trump ha mostrado irritación con el primer ministro laborista, Keir Starmer, por su posición inicial sobre la guerra de Irán y por el rumbo del Reino Unido en energía e inmigración. En Londres, la pregunta de fondo era si la presencia del Rey podía ayudar a suavizar una relación que, al menos en la cúpula política, atraviesa un momento frío.
Carlos III realizó con esta su vigésima visita a Estados Unidos, pero la primera como Rey. Fue además la séptima visita de Estado de un monarca británico al país, después de las de Jorge VI en 1939 y de Isabel II en 1957, 1976, 1983, 1991 y 2007. La ceremonia en la Casa Blanca concluyó con el sobrevuelo de cuatro cazas, una última exhibición militar sobre el cielo gris de Washington antes de que los reyes y los Trump abandonaran el Pórtico Sur. Por la noche, Trump les invitó a una cena de gala.

Publicado: abril 28, 2026, 12:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/trump-recibe-carlos-iii-casa-blanca-marcha-20260428185026-nt.html

Unas casacas rojas volvieron a la Casa Blanca dos siglos y medio después, pero esta vez no llegaban como ejército enemigo ni como símbolo del poder de un rey de Inglaterra sobre las colonias rebeldes. Marchaban soldados con ese atuendo, elegido por su simbolismo, sobre el césped de Washington convertidos en memoria, en coreografía y en gesto diplomático, ante el presidente de Estados Unidos y el Rey Carlos III, en el año en que la república celebra los 250 años de su independencia.

La escena tuvo una fuerza simbólica difícil de exagerar. El uniforme rojo, que para generaciones de americanos representó al enemigo británico, desfilaba ahora entre banderas de Estados Unidos y del Reino Unido. Los soldados, que eran estadounidenses, marchaban bajo la fachada blanca de la residencia presidencial, ante la mirada de Trump, que pasó revista a las tropas, y con Carlos III sentado unos metros detrás. Allí donde se concentra el poder de la nación que nació contra la Corona británica, el antiguo adversario quedaba incorporado al ceremonial de Estado: música, desfile, honores y sobre todo reconciliación.

El simbolismo fue elegido por la Casa Blanca, y no era casual. Los «casacas rojas» que se vieron en la ceremonia no eran soldados británicos, sino miembros de una unidad ceremonial del Ejército de Estados Unidos cuyo uniforme está inspirado en el de los músicos militares del Ejército Continental durante la Guerra de Independencia.

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  • David Alandete

La Casa Blanca escogió una escenografía deliberadamente histórica: el presidente de Estados Unidos pasando revista, en el 250 aniversario de la independencia, a una unidad que remite visualmente a 1776 y a la guerra contra la Corona.

Trump admitió el peso histórico de la imagen. Al aludir al esperado discurso del Rey en el Capitolio, recordó que «el descendiente directo de Jorge III habla ante el sucesor directo del tercer órgano que se reunió en Independence Hall el 4 de julio de 1776». Si John Adams y George Washington pudieran ver esa escena, dijo el presidente, «quizá quedarían absolutamente sorprendidos. Pero probablemente solo por un momento. Muy pronto estarían encantados de que aquellas heridas hayan cicatrizado hasta convertirse en una de las amistades más apreciadas».

El césped estaba húmedo por amenaza de lluvia, los invitados llevaban paraguas negros y el personal de la Casa Blanca trataba de mantener secos los asientos del escenario. En las escaleras del Pórtico Sur, militares sostenían banderas de Estados Unidos y del Reino Unido. Otros destacamentos, de todos los cuerpos, marcharon hasta quedar firmes frente al podio.

Había una solemnidad de postal antigua y, al mismo tiempo, al fondo, las gigantescas grúas de una obra rompían la perfección de la escena. Trump quiere construir en la Casa Blanca un gran salón de baile, una ampliación monumental para recepciones y cenas de Estado, y esa obra aparecía detrás del protocolo como una segunda ceremonia: la de un presidente empeñado en dejar también una huella física en la residencia presidencial. Al inicio, cuando la banda militar callaba, se oían golpes metálicos y martillazos lejanos.

Quince minutos antes de la llegada de los reyes, las delegaciones oficiales ocuparon sus lugares. En las primeras filas, bajo paraguas negros y en sillas plegables blancas, estaban el vicepresidente J. D. Vance y su esposa, Usha Vance; los secretarios Marco Rubio, Pete Hegseth, Scott Bessent y Howard Lutnick; la jefa de gabinete, Susie Wiles, y el embajador británico, Christian Turner. También se vio a Tim Cook, consejero delegado de Apple, y a Maria Bartiromo, presentadora de televisión. La ministra británica de Exteriores, Yvette Cooper, representante del Gobierno de Londres en la ceremonia, conversaba con Hegseth, secretario de Guerra, con otros miembros del gabinete y con Wiles.

Trump y Melania salieron desde el nivel inferior de la Casa Blanca al son del himno ‘Hail to the Chief’, entre aplausos. La primera dama vestía chaqueta y falda blancas de seda y lana de Ralph Lauren, sombrero de paja de Eric Javits y zapatos Manolo Blahnik. Un minuto después llegaron en coche desde Blair House, residencia oficial para visitas, el Rey Carlos III y la Reina Camilla. El presidente y la primera dama los recibieron en el Pórtico Sur. Los cuatro se estrecharon la mano, saludaron a los dignatarios y subieron después al escenario.

Primero sonó el himno británico. Después, el de Estados Unidos. Los cañones acompañaron la ceremonia con una salva de 21 disparos. Entonces la imagen cobró todo su peso histórico: soldados con uniformes de casacas rojas desfilando sobre el césped de la Casa Blanca. El rojo que fue símbolo del poder imperial británico aparecía ahora domesticado por el protocolo, convertido en música, desfile y cortesía diplomática. El antiguo enemigo de la revolución regresaba a Washington como invitado de honor. La monarquía contra la que se rebelaron las colonias era recibida con honores en la casa del presidente republicano.

Mientras Trump hablaba, recordó a su madre, nacida en Escocia, a la fallecida Reina Isabel II y varias historias personales de lazos compartidos entre ambos países. El Rey Carlos III y la Reina Camilla escuchaban unos pasos atrás, sonrientes y satisfechos, ante una de las mayores y más solemnes recepciones ofrecidas jamás en la Casa Blanca.

La visita de Carlos III y Camilla a Estados Unidos llegó en un momento de tensión política entre Washington y Londres, pese a la retórica habitual de la «relación especial». El Gobierno británico presentó el viaje como una reafirmación de los vínculos históricos entre ambos países en el 250 aniversario de la independencia americana. Pero el contexto era más delicado: Trump ha mostrado irritación con el primer ministro laborista, Keir Starmer, por su posición inicial sobre la guerra de Irán y por el rumbo del Reino Unido en energía e inmigración. En Londres, la pregunta de fondo era si la presencia del Rey podía ayudar a suavizar una relación que, al menos en la cúpula política, atraviesa un momento frío.

Carlos III realizó con esta su vigésima visita a Estados Unidos, pero la primera como Rey. Fue además la séptima visita de Estado de un monarca británico al país, después de las de Jorge VI en 1939 y de Isabel II en 1957, 1976, 1983, 1991 y 2007. La ceremonia en la Casa Blanca concluyó con el sobrevuelo de cuatro cazas, una última exhibición militar sobre el cielo gris de Washington antes de que los reyes y los Trump abandonaran el Pórtico Sur. Por la noche, Trump les invitó a una cena de gala.

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