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¿Por qué es tan antioccidental el islam chií?

El pulso diplomático y militar de Estados Unidos con Irán –y el paralelo de Israel con el Líbano– acapara desde hace meses la atención regional y mundial, y plantea entre otras cuestiones una de fondo: ¿qué ha ocurrido para que el islam chií, minoritario en … esa corriente religiosa y en su día más cercano a Occidente que el de la mayoría suní, se alce ahora como el gran enemigo del mundo occidental?
Visto en perspectiva, la situación de Irán bajo el régimen de los clérigos ayatolás y el del Líbano, ‘secuestrado’ desde hace muchos años por el movimiento político-militar chií de Hizbolá, es una rareza. El antiguo imperio persa estuvo más cerca de los europeos durante los siglos de dominio turco, y posteriormente bajo el régimen monárquico del sah, que ningún país árabe. Lo mismo ocurrió con el Líbano durante la dependencia de Francia. Irán es el país con más población musulmana chií del mundo, una minoría que a nivel mundial se estima en poco más del 10% del islam frente al 85% suní. En el Líbano ese porcentaje asciende tradicionalmente a un tercio.

Desde una perspectiva sociológica, el chiísmo presenta más similitudes con el cristianismo que el suní. Los chiíes –que se separaron en los albores del islam por una disputa sobre quién debía suceder a Mahoma– viven una religión que, a diferencia del islam suní, no desprecia el poder de la razón para profundizar en el dogma. No son radicalmente iconoclastas y practican la devoción a los santos como intermediarios, dos cuestiones que les convierten en herejes a los ojos de los suníes.
La otra cara de la moneda es el clericalismo, terreno abonado para el arraigo del actual régimen teocrático. El chiísmo cierra filas en torno a sus líderes religiosos, primero los imanes y –tras la muerte del duodécimo– los ayatolás. Esa falta de distinción entre lo que se debe a Dios y al César explica el poder de su casta clerical –los mulás, en el escalón más bajo–, y la permanencia del régimen creado en 1979 por el ayatolá Jomeini dado el dominio que tienen los religiosos chiíes en la sociedad rural.
En esa capa freática germinó el mensaje del ayatolá Jomeini contra la monarquía absoluta del sah de Persia. El enfrentamiento de Irán con Israel primero y luego contra Estados Unidos y Europa solo se entiende desde la figura antioccidental y casi feroz del ayatolá, convertido en Líder Supremo de un sistema teocrático levantado en cierta medida sobre sus traumas personales. Ya en su primera obra, escrita en 1942, Jomeini describía a los judíos como «agentes del dominio mundial», y calificaba a los hebreos como un «cáncer» que había que extirpar, de entrada con la eliminación del Estado de Israel.
Dada la simbiosis que facilita el chiísmo entre política y religión, el líder irani convirtió en oficial desde comienzos de los 80 la doctrina antisionista y anticristiana, pese a la paradoja de que Irán conserva una de las comunidades hebreas más antiguas del mundo. Desde entonces, el enemigo tradicional ya no es el mundo árabe suní –que en el pasado intentó muchas veces destruir ‘manu militari’ el chiísmo– sino el judaísmo internacional y Occidente.
De la costilla del Irán de Jomeini nació en 1982 el movimiento chií libanés Hizbolá. El ‘Partido de Dios’ fue la respuesta a la invasión israelí del sur del Líbano, en persecución de los milicianos palestinos de Arafat, por lo que ya desde su fundación fue un movimiento antiisraelí. Con los años, y la ayuda económica y militar de Irán, Hizbolá se convirtió en un ‘Estado dentro de un Estado’, subvirtiendo el delicado equilibrio de los tres tercios del Líbano: el cristiano, el musulmán suní y el musulmán chií. El movimiento, herido pero no acabado desde los bombardeos sistemáticos de Israel y el asesinato de su jerarqía, mantiene secuestrada a los chiíes del Líbano, y tiene en jaque al resto de su población árabe.

Publicado: abril 27, 2026, 10:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/antioccidental-islam-chii-20260427041347-nt.html

El pulso diplomático y militar de Estados Unidos con Irán –y el paralelo de Israel con el Líbano– acapara desde hace meses la atención regional y mundial, y plantea entre otras cuestiones una de fondo: ¿qué ha ocurrido para que el islam chií, minoritario en esa corriente religiosa y en su día más cercano a Occidente que el de la mayoría suní, se alce ahora como el gran enemigo del mundo occidental?

Visto en perspectiva, la situación de Irán bajo el régimen de los clérigos ayatolás y el del Líbano, ‘secuestrado’ desde hace muchos años por el movimiento político-militar chií de Hizbolá, es una rareza. El antiguo imperio persa estuvo más cerca de los europeos durante los siglos de dominio turco, y posteriormente bajo el régimen monárquico del sah, que ningún país árabe. Lo mismo ocurrió con el Líbano durante la dependencia de Francia. Irán es el país con más población musulmana chií del mundo, una minoría que a nivel mundial se estima en poco más del 10% del islam frente al 85% suní. En el Líbano ese porcentaje asciende tradicionalmente a un tercio.

Desde una perspectiva sociológica, el chiísmo presenta más similitudes con el cristianismo que el suní. Los chiíes –que se separaron en los albores del islam por una disputa sobre quién debía suceder a Mahoma– viven una religión que, a diferencia del islam suní, no desprecia el poder de la razón para profundizar en el dogma. No son radicalmente iconoclastas y practican la devoción a los santos como intermediarios, dos cuestiones que les convierten en herejes a los ojos de los suníes.

La otra cara de la moneda es el clericalismo, terreno abonado para el arraigo del actual régimen teocrático. El chiísmo cierra filas en torno a sus líderes religiosos, primero los imanes y –tras la muerte del duodécimo– los ayatolás. Esa falta de distinción entre lo que se debe a Dios y al César explica el poder de su casta clerical –los mulás, en el escalón más bajo–, y la permanencia del régimen creado en 1979 por el ayatolá Jomeini dado el dominio que tienen los religiosos chiíes en la sociedad rural.

En esa capa freática germinó el mensaje del ayatolá Jomeini contra la monarquía absoluta del sah de Persia. El enfrentamiento de Irán con Israel primero y luego contra Estados Unidos y Europa solo se entiende desde la figura antioccidental y casi feroz del ayatolá, convertido en Líder Supremo de un sistema teocrático levantado en cierta medida sobre sus traumas personales. Ya en su primera obra, escrita en 1942, Jomeini describía a los judíos como «agentes del dominio mundial», y calificaba a los hebreos como un «cáncer» que había que extirpar, de entrada con la eliminación del Estado de Israel.

Dada la simbiosis que facilita el chiísmo entre política y religión, el líder irani convirtió en oficial desde comienzos de los 80 la doctrina antisionista y anticristiana, pese a la paradoja de que Irán conserva una de las comunidades hebreas más antiguas del mundo. Desde entonces, el enemigo tradicional ya no es el mundo árabe suní –que en el pasado intentó muchas veces destruir ‘manu militari’ el chiísmo– sino el judaísmo internacional y Occidente.

De la costilla del Irán de Jomeini nació en 1982 el movimiento chií libanés Hizbolá. El ‘Partido de Dios’ fue la respuesta a la invasión israelí del sur del Líbano, en persecución de los milicianos palestinos de Arafat, por lo que ya desde su fundación fue un movimiento antiisraelí. Con los años, y la ayuda económica y militar de Irán, Hizbolá se convirtió en un ‘Estado dentro de un Estado’, subvirtiendo el delicado equilibrio de los tres tercios del Líbano: el cristiano, el musulmán suní y el musulmán chií. El movimiento, herido pero no acabado desde los bombardeos sistemáticos de Israel y el asesinato de su jerarqía, mantiene secuestrada a los chiíes del Líbano, y tiene en jaque al resto de su población árabe.

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