Publicado: abril 14, 2026, 8:45 am
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La victoria de Keiko Fujimori en la primera vuelta de las elecciones peruanas deja a la líder de Fuerza Popular en buena posición para alcanzar la presidencia del país en su cuarto intento. El pase a segunda vuelta de Rafael López Aliaga, alcalde de … Lima hasta que en octubre dejó el cargo para presentarse a las presidenciales, puede desactivar el fuerte voto «antifujimori» que en 2011, 2016 y 2021 se agrupó en torno a quien cada vez era su contrincante.
No obstante, el panorama político sigue especialmente fragmentado: Fujimori habría logrado alrededor del 17% de los votos y López Aliaga el 15%, una diferencia de dos puntos que dejan bastante abierta la segunda vuelta. Los resultados, de todos modos, sugieren la posibilidad de una mayor estabilidad, en un país que se dispone a tener su décimo presidente en diez años.
La principal novedad respecto a los anteriores procesos es que en esta ocasión los dos candidatos que pasan a la segunda vuelta (7 de junio) son de derecha. El hecho de que el líder de Renovación Popular sea más conservador que la hija del expresidente Alberto Fujimori (figura que sigue siendo divisiva en Perú: aunque electo democráticamente en 1990, dos años después dio un autogolpe y se mantuvo en el poder hasta 2000) puede ayudarle a esta a atraer voto centrista y evitar que la izquierda se vuelque con su opositor. También puede beneficiar esa dinámica cierta percepción de moderación en la propia candidata, quien en la campaña electoral ha debido hacer frente a perfiles más radicales.
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Paola Ugaz
Los resultados marcan una doble diferencia respecto a la anterior elección presidencial. En un escenario igualmente fragmentado, la sorpresa que en la primera vuelta de 2021 supuso la irrupción del apenas conocido maestro Pedro Castillo, con el 18,9% de los votos frente al 13,4% de Fujimori, dio un vuelco a todas las expectativas. Esta vez no ha habido sorpresa, y aunque las últimas semanas hubo un inesperado ascenso de Ricardo Belmont, antiguo presentador de televisión y exalcalde de Lima, este ha quedado finalmente en cuarto lugar.
Otra diferencia notable respecto a 2021 es que la izquierda se ha visto especialmente relegada en la primera vuelta, la cual coincide con las elecciones legislativas. El efecto arrastre de los candidatos presidenciales dará una composición ideológicamente más homogénea del Congreso y del Senado, cámara que se reconstituye tras su abolición hace más de tres décadas. Aunque quien finalmente gobierne habrá obtenido un grupo parlamentario escaso (aún por determinar dado el mayor retraso en el cómputo), los representantes logrados por Fujimori y López Aliaga sostienen cosmovisiones similares; más centradas son las del grupo de Jorge Nieto (exministro con el presidente Kuczynkski), que quedó tercero en la primera vuelta, pero no están a la izquierda, como tampoco las del partido de Belmont.
Por más que las disputas entre las bancadas parlamentarias peruanas han sido antológicas, el resultado parece augurar una mayor estabilidad en última instancia. Eso sería especialmente así si Fujimori alcanza finalmente la presidencia; en caso de quedar en la oposición, Fuerza Popular podría convertirse en un continuo aguijón para López Aliaga, aunque el país ha quedado exhausto como para promover nuevas vacancias presidenciales.
La inestabilidad institucional y política de Perú en los últimos diez años tiene mucho que ver con la actitud corrosiva de Fuerza Popular, aunque el pecado original de la sociedad peruana probablemente radica en el simplismo del voto «antifujimori». En 2016, Keiko Fujimori ganó la primera vuelta, con el 39,6% de los votos frente al 21% del centrista Pedro Pablo Kuczynski. La movilización de la izquierda hizo que Fujimori se quedara a unas décimas de la presidencia en la segunda vuelta (49,8%). Kuczynski, con un grupo parlamentario mínimo, apenas puedo gobernar. Enseguida salieron casos de corrupción (en Latinoamérica se descubría entonces el caso Odebrecht) y el Congreso comenzó a echar a quienes accedían al cargo de presidente. Las elecciones de 2021 no resolvieron la situación, y el autogolpe de Castillo en 2022 complicó todo aún más.
Si Fujimori hubiera llegado a la presidencia en 2016, es posible que Perú se hubiera ahorrado la gran inestabilidad que vino después. La fuerza que tenía su partido en el Congreso la habría utilizado en sacar adelante su acción de gobierno, en lugar de dificultar el de los subsiguientes presidentes.
