Los emigrantes del Líbano en el Golfo, víctimas de la guerra por partida doble - Colombia
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Los emigrantes del Líbano en el Golfo, víctimas de la guerra por partida doble

Desde 2019, el Líbano se está enfrentando a una cadena sin fin de adversidades: una crisis económica sin precedentes, la ‘thawra’ («revolución»), la pandemia del Covid, la explosión en el puerto de Beirut y la destrucción de una parte de la ciudad, la guerra … de 2024 y la de 2026. Para huir de tantas penalidades, muchos libaneses se ven obligados a buscar trabajo lejos de su país. Innumerables familias se encuentran dispersas, con padres cuyos hijos están repartidos por todos los continentes.
Algunos libaneses, queriendo mantener a sus familias sin emigrar tan lejos, han recurrido recientemente a los Emiratos Árabes Unidos y los países del golfo Pérsico. Hasta hace unas semanas, viajaban constantemente, haciendo idas y venidas entre este nuevo El Dorado y el Líbano: un estilo de vida agotador, pero que les permitía permanecer en su país, y no tener que instalarse aún más lejos. Sin embargo, desde el inicio de la guerra, la situación se ha vuelto más compleja.

Tras años de desempleo, André, originario del Monte Líbano, ha logrado lanzar un prometedor proyecto de reforestación en Arabia Saudí para combatir los efectos del cambio climático. Hace tres semanas, tenía previsto viajar allí, pero tuvo que cancelar su viaje por la guerra.

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Mikel Ayestaran

Por ahora, las consecuencias no son demasiado graves para André, y él se toma estos obstáculos con filosofía: «Estoy trabajando desde el Líbano y aprovecho para ver más a mi familia y dedicarle más tiempo. Pero realmente necesito poder ir a Riad pronto».
De hecho, cuando el proyecto comience de verdad, la presencia física del empresario será esencial. De lo contrario, todo podría verse comprometido. Esto sería catastrófico para André, quien ha invertido mucho para que este proyecto sea posible: «Si funciona, este proyecto debería durar de cinco a diez años y dar trabajo a mucha gente. Pero debo estar allí al menos siete u ocho meses para ponerlo en marcha. Después, podré volver al ritmo de dos semanas allá y dos semanas aquí». André muestra paciencia, aunque no puede ocultar cierta preocupación ante la idea de que la guerra se prolongue, dificulte los viajes y retrase el desarrollo de este proyecto.
Diana no oculta su angustia. Su esposo, Pierre, lleva trabajando en Irak desde hace un año. Antes había ocupado un empleo que no le alcanzaba para mantener a una familia con dos hijos de 14 y 7 años. Estaba muy contento de encontrar esta oportunidad en la capital iraquí. «Antes, pasaba una o dos semanas en Bagdad y volvía dos días. Con el tiempo del viaje solo lo veíamos un día. Ya era duro porque no estamos acostumbrados a estar separados y a verlo tan poco», se lamenta Diana. Con el conflicto extendiéndose por toda la región, esta adaptación ha adquirido una nueva dimensión. «Tengo miedo», confiesa la joven con la voz quebrada por la emoción. «No sé cuánto durará esto. No veo el final de esta tragedia».
Delante de sus dos hijos, Diana intenta no mostrar su sufrimiento: «Les digo a mis hijos que su padre está a salvo y no corre riesgo, aunque hay explosiones con frecuencia en su zona. Él va a su oficina todos los días». Diana también cuenta que «mi marido no habla para no alarmarnos, pero lo conozco muy bien, y sé que esta situación le pesa mucho. Está solo allí, preocupado por su trabajo y por nosotros, con los bombardeos aquí y allá.» Todos se preocupan los unos por los otros: «En cuanto nos despertamos, hablamos con él. Y estamos en contacto constante. Además, si noto algo en mis hijos, le pido que hable con ellos, sobre todo con el mayor: es adolescente y puede que haya cosas de las que no quiera hablar conmigo».

«Mi marido no habla para no alarmarnos, pero está solo allí, preocupado por su trabajo y por nosotros, con los bombardeos aquí y allá»

Diana
Esposa de emigrante en Irak

Diana también tiene a su hermano en Dubái. Llevaba varios años trabajando allí. Como cada vez le resultaba más difícil viajar con tanta frecuencia, finalmente se llevó a su familia el año pasado. «Es la ironía de la situación. Cuando pasa algo en Dubái, mi madre viene a pedirme que llame a mi hermano para asegurarse de que todo está bien. Lleva 20 días durmiendo en nuestra casa. No se ha separado de nosotros desde que empezó la guerra». Diana intenta tranquilizar a todos.
A pesar de su sonrisa, sus ojos delatan su sufrimiento y cansancio: «No duermo en absoluto, no duermo. Lo más difícil es que no sabemos cuándo volveremos a ver a mi marido». De hecho, el aeropuerto de Bagdad está cerrado. Para volver al Líbano, Pierre tendría que viajar durante varias horas, cruzando parte del país y Jordania, y luego tomar un avión desde Amán. El viaje es largo, peligroso, caro y complicado: «La frontera con Jordania solo está abierta unas tres horas al día. Y solo hay un vuelo al Líbano».
La joven madre de familia se esfuerza por no entrar en pánico ni desanimarse: «Estamos viviendo una verdadera pesadilla. Es muy angustioso. Nada puede detener esta catástrofe, excepto la oración, por supuesto. Ya sabes, rezamos a San José. Y también rezamos juntos por videoconferencia». Su sonrisa se ensancha y un brillo especial aparece en sus ojos al concluir: «Él quiere volver para el Domingo de Ramos, la fiesta de los niños por excelencia. No se imagina pasar la Pascua lejos de sus hijos. Es la primera vez que estamos separados así».

Publicado: marzo 17, 2026, 10:45 pm

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/emigrantes-libano-golfo-victimas-partida-doble-guerra-20260317041958-nt.html

Desde 2019, el Líbano se está enfrentando a una cadena sin fin de adversidades: una crisis económica sin precedentes, la ‘thawra’ («revolución»), la pandemia del Covid, la explosión en el puerto de Beirut y la destrucción de una parte de la ciudad, la guerra de 2024 y la de 2026. Para huir de tantas penalidades, muchos libaneses se ven obligados a buscar trabajo lejos de su país. Innumerables familias se encuentran dispersas, con padres cuyos hijos están repartidos por todos los continentes.

Algunos libaneses, queriendo mantener a sus familias sin emigrar tan lejos, han recurrido recientemente a los Emiratos Árabes Unidos y los países del golfo Pérsico. Hasta hace unas semanas, viajaban constantemente, haciendo idas y venidas entre este nuevo El Dorado y el Líbano: un estilo de vida agotador, pero que les permitía permanecer en su país, y no tener que instalarse aún más lejos. Sin embargo, desde el inicio de la guerra, la situación se ha vuelto más compleja.

Tras años de desempleo, André, originario del Monte Líbano, ha logrado lanzar un prometedor proyecto de reforestación en Arabia Saudí para combatir los efectos del cambio climático. Hace tres semanas, tenía previsto viajar allí, pero tuvo que cancelar su viaje por la guerra.

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  • Mikel Ayestaran

Por ahora, las consecuencias no son demasiado graves para André, y él se toma estos obstáculos con filosofía: «Estoy trabajando desde el Líbano y aprovecho para ver más a mi familia y dedicarle más tiempo. Pero realmente necesito poder ir a Riad pronto».

De hecho, cuando el proyecto comience de verdad, la presencia física del empresario será esencial. De lo contrario, todo podría verse comprometido. Esto sería catastrófico para André, quien ha invertido mucho para que este proyecto sea posible: «Si funciona, este proyecto debería durar de cinco a diez años y dar trabajo a mucha gente. Pero debo estar allí al menos siete u ocho meses para ponerlo en marcha. Después, podré volver al ritmo de dos semanas allá y dos semanas aquí». André muestra paciencia, aunque no puede ocultar cierta preocupación ante la idea de que la guerra se prolongue, dificulte los viajes y retrase el desarrollo de este proyecto.

Diana no oculta su angustia. Su esposo, Pierre, lleva trabajando en Irak desde hace un año. Antes había ocupado un empleo que no le alcanzaba para mantener a una familia con dos hijos de 14 y 7 años. Estaba muy contento de encontrar esta oportunidad en la capital iraquí. «Antes, pasaba una o dos semanas en Bagdad y volvía dos días. Con el tiempo del viaje solo lo veíamos un día. Ya era duro porque no estamos acostumbrados a estar separados y a verlo tan poco», se lamenta Diana. Con el conflicto extendiéndose por toda la región, esta adaptación ha adquirido una nueva dimensión. «Tengo miedo», confiesa la joven con la voz quebrada por la emoción. «No sé cuánto durará esto. No veo el final de esta tragedia».

Delante de sus dos hijos, Diana intenta no mostrar su sufrimiento: «Les digo a mis hijos que su padre está a salvo y no corre riesgo, aunque hay explosiones con frecuencia en su zona. Él va a su oficina todos los días». Diana también cuenta que «mi marido no habla para no alarmarnos, pero lo conozco muy bien, y sé que esta situación le pesa mucho. Está solo allí, preocupado por su trabajo y por nosotros, con los bombardeos aquí y allá.» Todos se preocupan los unos por los otros: «En cuanto nos despertamos, hablamos con él. Y estamos en contacto constante. Además, si noto algo en mis hijos, le pido que hable con ellos, sobre todo con el mayor: es adolescente y puede que haya cosas de las que no quiera hablar conmigo».

«Mi marido no habla para no alarmarnos, pero está solo allí, preocupado por su trabajo y por nosotros, con los bombardeos aquí y allá»

Diana

Esposa de emigrante en Irak

Diana también tiene a su hermano en Dubái. Llevaba varios años trabajando allí. Como cada vez le resultaba más difícil viajar con tanta frecuencia, finalmente se llevó a su familia el año pasado. «Es la ironía de la situación. Cuando pasa algo en Dubái, mi madre viene a pedirme que llame a mi hermano para asegurarse de que todo está bien. Lleva 20 días durmiendo en nuestra casa. No se ha separado de nosotros desde que empezó la guerra». Diana intenta tranquilizar a todos.

A pesar de su sonrisa, sus ojos delatan su sufrimiento y cansancio: «No duermo en absoluto, no duermo. Lo más difícil es que no sabemos cuándo volveremos a ver a mi marido». De hecho, el aeropuerto de Bagdad está cerrado. Para volver al Líbano, Pierre tendría que viajar durante varias horas, cruzando parte del país y Jordania, y luego tomar un avión desde Amán. El viaje es largo, peligroso, caro y complicado: «La frontera con Jordania solo está abierta unas tres horas al día. Y solo hay un vuelo al Líbano».

La joven madre de familia se esfuerza por no entrar en pánico ni desanimarse: «Estamos viviendo una verdadera pesadilla. Es muy angustioso. Nada puede detener esta catástrofe, excepto la oración, por supuesto. Ya sabes, rezamos a San José. Y también rezamos juntos por videoconferencia». Su sonrisa se ensancha y un brillo especial aparece en sus ojos al concluir: «Él quiere volver para el Domingo de Ramos, la fiesta de los niños por excelencia. No se imagina pasar la Pascua lejos de sus hijos. Es la primera vez que estamos separados así».

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