Publicado: febrero 25, 2026, 1:45 am
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A Donald Trump le gustan los récords y este martes batió el que él mismo había establecido para el discurso sobre el estado de la unión más largo de la historia: habló durante una hora y 47 minutos. Pero el presidente de EE. … UU., que sabe más de televisión y de atención que nadie, sabía que la mayoría de los telespectadores estadounidenses no aguantarían tanto y que muchos cogerían el mando para poner un partido de baloncesto o su serie favorita. Por ello, dedicó todo su arranque a lo que más importa al votante: la economía y la inmigración, los pilares de su regreso al poder el año pasado. Con ello, Trump sentó el tono de lo que será la batalla electoral que ya se ha abierto: la de las elecciones legislativas de este otoño.
«EE.UU. ha vuelto», «la economía ruge», decía Trump por la pantalla, en el principal mensaje que quiso dejar en la cabeza de los estadounidenses. El multimillonario neoyorquino sabe que necesita convencer a los votantes de ello, en un momento de debilidad. No va bien en las encuestas. Con dolor especial, en economía, la que debería de ser una de sus fortalezas. Fue la razón principal por la que obró una remontada política histórica en 2024 y prometió una nueva «edad dorada». El problema es que la gran mayoría de los estadounidenses sienten que la lluvia de dinero no les llega a ellos. Por mucho que Trump celebrara el crecimiento económico, el control de la inflación, los récords en bolsa, el precio de la gasolina o de los medicamentos (en casi todos casos, como es habitual en él, entre exageraciones, medias verdades o exageraciones flagrantes), la frustración económica permanece en el electorado. Es decir, hay una desconexión entre el relato económico de Trump y la sensación de los votantes.
Trump buscó insistir en que las cosas van bien y que irán mucho mejor. Y salpimentó el discurso con anuncios económicos populistas, como el regalo de hasta mil dólares al año para planes de pensiones para jubilados de bajos recursos.
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Camila Acosta
Junto a la economía, Trump apretó en el otro asunto que mejor le va: la inmigración. No tanto la mano dura de las redadas masivas en ciudades demócratas -con el ejemplo trágico reciente de Mineápolis, del que no habló- sino de quizá el mayor éxito en política interna de su segundo mandato: el cierre de la frontera.
Ahí utilizó con maestría la teatralidad para retratar a la oposición demócrata y pidió a toda la sesión conjunta del Congreso -todos los senadores y todos los diputados- que se pusieran de pie si estaban «a favor de proteger a los estadounidenses y no a los extranjeros ilegales». Los demócratas, como era de esperar, no levantaron el trasero del escaño y Trump dejó varios minutos de ovación y gritos republicanos para dejarlo claro. El presidente apuntaba a la bancada demócrata con la mano, sacudía la cabeza, apretaba los labios en gesto de incredulidad. «Deberíais estar avergonzados por no levantaros», «esta gente está loca», decía a sus rivales políticos.
Era una forma de subrayar que los demócratas no apoyan propuestas de ‘sentido común’ en inmigración, que están a favor de políticas de ‘fronteras abiertas’ que provocaron la entrada de millones de inmigrantes indocumentados. «Y lo volverán a hacer», advirtió.
Hasta ese punto, fue un discurso de Trump comedido, sin aspavientos, ciñéndose al guión, disciplinado en los mensajes que importan a sus votantes. Después, se deterioró con enfrentamientos a los demócratas, que consiguieron sacarle de quicio con sus protestas desde la bancada.
La insistencia una y otra vez en estos dos asuntos era una señal evidente de un Trump que necesita remontar para que los republicanos no pierdan las mayorías por la mínima que tienen en ambas cámaras del Congreso. Si eso ocurre el próximo otoño, la segunda mitad del mandato de Trump será una pesadilla con todos los obstáculos legislativos posibles por parte de los demócratas.
Desde el pasado otoño, varias elecciones clave en todo el país han mostrado que el descontento de buena parte del electorado con la economía se ha notado en las urnas, donde los republicanos han cosechado derrotas significativas. De hecho, la respuesta oficial demócrata al discurso del estado de la unión recayó en una demócrata que cosechó una de esas victorias: Abigail Spanberger, la nueva gobernadora de Virginia. «¿Trabaja el presidente para hacer la vida más asequible para ti y tu familia?», dijo Spanberger en una pregunta que muchos estadounidenses responden de forma negativa.
Otra señal de los esfuerzos de Trump de cara a las elecciones de otoño fue que la política exterior quedó arrinconada. Con la excepción de Venezuela, convertida en una de las protagonistas de la noche, con varias referencias a la captura de Nicolás Maduro y a la nueva y excelente relación con el Gobierno de Delcy Rodríguez, Trump pasó de puntillas por asuntos que han dominado la política exterior de la primera potencia mundial en los últimos años. El ejemplo más evidente es que apenas dedicó veinte segundos a la guerra en Ucrania, que acaba de cumplir cuatro años y para la que Trump se ha mostrado incapaz de forzar un acuerdo entre Kiev y Moscú.
El tiempo que dedicó al asunto más caliente en política exterior -el posible ataque a Irán- también fue limitado. Pero, en este caso, tuvo importancia. No rebajó la tensión, todo lo contrario, alrededor de una nueva operación militar contra la República Islámica. De hecho, en sus palabras resuenan los tambores de guerra: pese a que insistió en que su prioridad es la diplomacia, se refirió no solo a los programas nucleares de Irán, sino a la capacidad de sus misiles, «que pueden llegar hasta Europa y hasta EE.UU.». Era una forma de elevar las exigencias a Irán, que considera sus programas balísticos son una línea roja. Los negociadores de EE.UU. e Irán se vuelven a reunir en Ginebra este jueves, pero las palabras de Trump arrojan una sombra sobre la posibilidad de que haya un acuerdo diplomático.
