Los cuatro años de guerra en los que Ucrania desbarató las ambiciones de dominación de Rusia - Colombia
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Los cuatro años de guerra en los que Ucrania desbarató las ambiciones de dominación de Rusia

Solo cuatro horas de vuelo separaban a Madrid de Kiev en febrero de 2022. Cuatro años después ni un solo avión de pasajeros volvió a surcar los cielos del país. En su lugar llegan misiles balísticos o de crucero y cientos de drones, cada vez … más precisos.
Con su invasión a gran escala, Rusia alargó la distancia física entre la capital de Ucrania y las metrópolis europeas. Y a la vez patrocinó una alianza clave para la nueva arquitectura de seguridad continental. Un sistema del que Moscú estará ausente.

Las ansias del Kremlin por separar al país vecino de los aliados occidentales fue otra estrategia fallida, igual que sus planes de dominación rápida. Una confrontación militar de pocas semanas y el asunto quedaría zanjando, pensaban muchos. No podían estar más equivocados en sus cálculos. La bandera azul y amarilla ondea desde Leópolis hasta Kramatorsk mientras guerra entra su quinto año.

Noticia relacionada

Miriam González

El papel de EE.UU.

La nación asediada resiste y nada apunta a que sus capacidades puedan quebrarse en un futuro cercano. El precio a pagar fue, es y será inabarcable; lo que está en juego es la persistencia de la misma Ucrania. Los ciudadanos, agotados, encaran el futuro sin intención de capitular ni ante el enemigo ni ante el aliado que presiona. Pocos confían aquí en un final cercano de la guerra. El proceso diplomático se percibe como un complicado ejercicio de equilibrios en el que se ha de participar. Una negativa rotunda a Estados Unidos puede convertirse en una estocada fatal para el esfuerzo bélico defensor.
Las autoridades del país también quieren evitar a toda cosa que Washington se aparte de las negociaciones. Hay temores creíbles de que una eventual retirada se lleve la transmisión de inteligencia y la posibilidad de acceder al armamento que sólo los norteamericanos venden. Y es innegable que Donald Trump sigue siendo el único de los líderes occidentales con capacidad de acción frente a Rusia.
Los resultados públicos de las negociaciones a tres bandas, con Europea observando desde la barrera, son modestos. Los augurios de que el final definitivo se determinará en el campo de batalla no cesan.

Una cuestión de tiempos

En estos cuatro años, la supervivencia del Estado ucraniano es una bofetada diaria contra el Kremlin. Lo que Rusia pretendía con su «operación militar especial» era el retorno del vecino a su esfera de influencia destruyendo su identidad nacional. Un socio forzado, sin voluntad, que aceptase sin reclamar sus planes. Ceder en la cuestión territorial –tema tan recurrente ahora– no va a satisfacer por mucho tiempo al presidente ruso, Vladimir Putin.
En este conflicto la dimensión temporal es clave. La guerra que ha desatado Rusia ya se extiende más que la campaña soviética en la Segunda Guerra Mundial. La cuestión de si cuatro años es demasiado tiempo, depende de las aspiraciones finales de quien la inició, Moscú, que es el único que tiene poder para frenar las muertes.

Los bomberos intentan sofocar un incendio tras un ataque ruso a un barrio de Kiev este domingo.

(ep)

¿Qué son cuatro años para Putin cuando lo que él está negociando es su propio lugar en la historia? Se preguntaba el historiador Andriy Demartino, en un articulo de opinión publicado en el diario digital ‘Ukrainska Pravda’.
A pesar de las aspiraciones, el tiempo también corre en contra de la realidad rusa. «Moscú no puede ignorar el desajuste fundamental entre los medios militares de que dispone y los objetivos políticos que pretende alcanzar», destaca el especialista Michael Kofman en un análisis.
No solo a Putin le preocupan los juicios futuros. Zelenski ya dejó claro que no quiere ser el presidente que entregue el Dombás. Teme que los ucranianos no le perdonen esto jamás. Los vecinos de Kiev y del resto de ciudades de Ucrania se centran en el presente, un momento definido por las alarmas y los bombardeos. El peor invierno de la guerra da sus últimos coletazos. A las ofensivas aéreas rusas todavía les queda munición para mantener su ataque.

Guerra de infraestructuras

Los ataques mutuos se instalaron a cientos de kilómetros de los combates. La guerra va mas allá del frente. Con su armamento de producción nacional, Kiev ganó profundidad estratégica. Ucrania apuntó con éxito contra el talón de Aquiles del poderío militar ruso, con la ingeniosa «Operación Telaraña», cuando golpeó casi 40 aviones de combate ruso. Los blancos son su sector petrolífero –columna vertebral de la economía–, los aeródromos y bombarderos. Los golpes a los depósitos de combustible enemigos son recurrentes, así como a fábricas militares.
Moscú, por su parte, ejecutó un castigo colectivo a la población civil. El Kremlin se conjuró para tratar de apagar a todo el país intentado noquear el sistema energético de Ucrania. Los bombardeos más lacerantes se produjeron en las jornadas más frías de los meses de enero y febrero durante el invierno más frío en años.

El Kremlin se conjuró para tratar de apagar a todo el país intentado noquear el sistema energético de Ucrania

Desde el inicio de la guerra a gran escala, las fuerzas de Moscú lanzaron más de 13.300 misiles y alrededor de 142.300 drones contra Ucrania, afirmó en enero, Oleksander Sirski, jefe del Ejército ucraniano.
La campaña rusa contra la infraestructura energética se ha venido fraguando desde 2022. Los resultados han sido especialmente dolorosos en 2025 y 2026. Las temperaturas descendieron hasta los 25 grados bajo cero, mientras miles de edificios se quedaron sin calefacción durante semanas. El suministro eléctrico se redujo a poco mas de dos o tres horas en una capital europea, en pleno siglo XXI.
El cansancio de todo el país no se tradujo en un deseo de rendición. Los ánimos, como es lógico, flaquean. La resistencia se mantiene, pero también hubo momentos de rabia. Los ucranianos asistieron con frustración un golpe doméstico todavía más doloroso: la corrupción interna. El mayor escándalo de la presidencia de Zelenski se originó, precisamente, en el maltrecho sector energético del país.

Competencia tecnológica

De la guerra de maniobras con aquellas columnas blindadas de las tropas de ocupación ya no hay rastro. La asimetría entre fuerzas hizo de la necesidad virtud. Frente a un enemigo con más hombres y más recursos, los ucranianos se aliaron con las modernas tecnologías, más baratas y asequibles, para salvar esta diferencia.
Los drones y el uso cada vez más extendido de robots terrestres transfiguraron la guerra. Priman las defensas fuertes y los campos minados. Amplias redes de pesca cubren cientos de kilómetros de carreteras para evitar el impacto de los artefactos voladores letales. El campo de batalla de Ucrania es un laboratorio donde se determinarán las guerras venideras y presentes.
Ahora ya no hay líneas de trincheras, lo que impera es una amplia zona gris porosa donde es muy complicado determinar quién controla qué. Lo único seguro en esta área controlada día y noche, que abarca 20 kilómetros es que los movimientos de tropas están condenados al fracaso.

Los drones y el uso cada vez más extendido de robots terrestres transfiguraron la guerra

La guerra se ha vuelto más estática, es un conflicto posicional donde los avances son lentos y costosos en número de bajas. Los ataques en retaguardia y el acoso de las líneas logísticas complican los esfuerzos de ambos bandos.
Esta es una batalla de cerebros, en la que se desarrolla una competencia entre ingenieros para dar con la receta tecnológica que otorgará la mayor ventaja frente al enemigo. Como dijo el general Valeri Zaluznhi, pocos meses antes de dejar su cargo de jefe del Ejercito, «necesitamos algo nuevo, como la pólvora que inventaron los chinos y que seguimos usando para matarnos unos a otros».

Publicado: febrero 23, 2026, 9:45 am

La fuente de la noticia es https://www.abc.es/internacional/cuatro-anos-ucrania-desbarato-ambiciones-dominacion-kremlin-20260223141103-nt.html

Solo cuatro horas de vuelo separaban a Madrid de Kiev en febrero de 2022. Cuatro años después ni un solo avión de pasajeros volvió a surcar los cielos del país. En su lugar llegan misiles balísticos o de crucero y cientos de drones, cada vez más precisos.

Con su invasión a gran escala, Rusia alargó la distancia física entre la capital de Ucrania y las metrópolis europeas. Y a la vez patrocinó una alianza clave para la nueva arquitectura de seguridad continental. Un sistema del que Moscú estará ausente.

Las ansias del Kremlin por separar al país vecino de los aliados occidentales fue otra estrategia fallida, igual que sus planes de dominación rápida. Una confrontación militar de pocas semanas y el asunto quedaría zanjando, pensaban muchos. No podían estar más equivocados en sus cálculos. La bandera azul y amarilla ondea desde Leópolis hasta Kramatorsk mientras guerra entra su quinto año.

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  • Miriam González

El papel de EE.UU.

La nación asediada resiste y nada apunta a que sus capacidades puedan quebrarse en un futuro cercano. El precio a pagar fue, es y será inabarcable; lo que está en juego es la persistencia de la misma Ucrania. Los ciudadanos, agotados, encaran el futuro sin intención de capitular ni ante el enemigo ni ante el aliado que presiona. Pocos confían aquí en un final cercano de la guerra. El proceso diplomático se percibe como un complicado ejercicio de equilibrios en el que se ha de participar. Una negativa rotunda a Estados Unidos puede convertirse en una estocada fatal para el esfuerzo bélico defensor.

Las autoridades del país también quieren evitar a toda cosa que Washington se aparte de las negociaciones. Hay temores creíbles de que una eventual retirada se lleve la transmisión de inteligencia y la posibilidad de acceder al armamento que sólo los norteamericanos venden. Y es innegable que Donald Trump sigue siendo el único de los líderes occidentales con capacidad de acción frente a Rusia.

Los resultados públicos de las negociaciones a tres bandas, con Europea observando desde la barrera, son modestos. Los augurios de que el final definitivo se determinará en el campo de batalla no cesan.

Una cuestión de tiempos

En estos cuatro años, la supervivencia del Estado ucraniano es una bofetada diaria contra el Kremlin. Lo que Rusia pretendía con su «operación militar especial» era el retorno del vecino a su esfera de influencia destruyendo su identidad nacional. Un socio forzado, sin voluntad, que aceptase sin reclamar sus planes. Ceder en la cuestión territorial –tema tan recurrente ahora– no va a satisfacer por mucho tiempo al presidente ruso, Vladimir Putin.

En este conflicto la dimensión temporal es clave. La guerra que ha desatado Rusia ya se extiende más que la campaña soviética en la Segunda Guerra Mundial. La cuestión de si cuatro años es demasiado tiempo, depende de las aspiraciones finales de quien la inició, Moscú, que es el único que tiene poder para frenar las muertes.


Los bomberos intentan sofocar un incendio tras un ataque ruso a un barrio de Kiev este domingo.


(ep)

¿Qué son cuatro años para Putin cuando lo que él está negociando es su propio lugar en la historia? Se preguntaba el historiador Andriy Demartino, en un articulo de opinión publicado en el diario digital ‘Ukrainska Pravda’.

A pesar de las aspiraciones, el tiempo también corre en contra de la realidad rusa. «Moscú no puede ignorar el desajuste fundamental entre los medios militares de que dispone y los objetivos políticos que pretende alcanzar», destaca el especialista Michael Kofman en un análisis.

No solo a Putin le preocupan los juicios futuros. Zelenski ya dejó claro que no quiere ser el presidente que entregue el Dombás. Teme que los ucranianos no le perdonen esto jamás. Los vecinos de Kiev y del resto de ciudades de Ucrania se centran en el presente, un momento definido por las alarmas y los bombardeos. El peor invierno de la guerra da sus últimos coletazos. A las ofensivas aéreas rusas todavía les queda munición para mantener su ataque.

Guerra de infraestructuras

Los ataques mutuos se instalaron a cientos de kilómetros de los combates. La guerra va mas allá del frente. Con su armamento de producción nacional, Kiev ganó profundidad estratégica. Ucrania apuntó con éxito contra el talón de Aquiles del poderío militar ruso, con la ingeniosa «Operación Telaraña», cuando golpeó casi 40 aviones de combate ruso. Los blancos son su sector petrolífero –columna vertebral de la economía–, los aeródromos y bombarderos. Los golpes a los depósitos de combustible enemigos son recurrentes, así como a fábricas militares.

Moscú, por su parte, ejecutó un castigo colectivo a la población civil. El Kremlin se conjuró para tratar de apagar a todo el país intentado noquear el sistema energético de Ucrania. Los bombardeos más lacerantes se produjeron en las jornadas más frías de los meses de enero y febrero durante el invierno más frío en años.

El Kremlin se conjuró para tratar de apagar a todo el país intentado noquear el sistema energético de Ucrania

Desde el inicio de la guerra a gran escala, las fuerzas de Moscú lanzaron más de 13.300 misiles y alrededor de 142.300 drones contra Ucrania, afirmó en enero, Oleksander Sirski, jefe del Ejército ucraniano.

La campaña rusa contra la infraestructura energética se ha venido fraguando desde 2022. Los resultados han sido especialmente dolorosos en 2025 y 2026. Las temperaturas descendieron hasta los 25 grados bajo cero, mientras miles de edificios se quedaron sin calefacción durante semanas. El suministro eléctrico se redujo a poco mas de dos o tres horas en una capital europea, en pleno siglo XXI.

El cansancio de todo el país no se tradujo en un deseo de rendición. Los ánimos, como es lógico, flaquean. La resistencia se mantiene, pero también hubo momentos de rabia. Los ucranianos asistieron con frustración un golpe doméstico todavía más doloroso: la corrupción interna. El mayor escándalo de la presidencia de Zelenski se originó, precisamente, en el maltrecho sector energético del país.

Competencia tecnológica

De la guerra de maniobras con aquellas columnas blindadas de las tropas de ocupación ya no hay rastro. La asimetría entre fuerzas hizo de la necesidad virtud. Frente a un enemigo con más hombres y más recursos, los ucranianos se aliaron con las modernas tecnologías, más baratas y asequibles, para salvar esta diferencia.

Los drones y el uso cada vez más extendido de robots terrestres transfiguraron la guerra. Priman las defensas fuertes y los campos minados. Amplias redes de pesca cubren cientos de kilómetros de carreteras para evitar el impacto de los artefactos voladores letales. El campo de batalla de Ucrania es un laboratorio donde se determinarán las guerras venideras y presentes.

Ahora ya no hay líneas de trincheras, lo que impera es una amplia zona gris porosa donde es muy complicado determinar quién controla qué. Lo único seguro en esta área controlada día y noche, que abarca 20 kilómetros es que los movimientos de tropas están condenados al fracaso.

Los drones y el uso cada vez más extendido de robots terrestres transfiguraron la guerra

La guerra se ha vuelto más estática, es un conflicto posicional donde los avances son lentos y costosos en número de bajas. Los ataques en retaguardia y el acoso de las líneas logísticas complican los esfuerzos de ambos bandos.

Esta es una batalla de cerebros, en la que se desarrolla una competencia entre ingenieros para dar con la receta tecnológica que otorgará la mayor ventaja frente al enemigo. Como dijo el general Valeri Zaluznhi, pocos meses antes de dejar su cargo de jefe del Ejercito, «necesitamos algo nuevo, como la pólvora que inventaron los chinos y que seguimos usando para matarnos unos a otros».

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