Publicado: enero 4, 2026, 3:45 pm
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Solo han pasado dos dÃas desde que Nicolás Maduro fue extraÃdo de Venezuela en una operación relámpago estadounidense… y Caracas presenta una fachada de normalidad que desafÃa toda lógica polÃtica. A diferencia de cualquier otra sociedad, que ante una decapitación de su … liderazgo se sumirÃa en el caos, aquà la vida parece reanudarse con una extraña resignación. Más negocios abren sus puertas, el transporte público comienza a circular con regularidad y las compras nerviosas que vaciaron las estanterÃas en las primeras horas han disminuido. Es una calma antinatural, el silencio que precede a una tormenta o, quizás, la aceptación colectiva de que el verdadero poder nunca residió completamente en el hombre que ahora duerme en una celda federal en Brooklyn.
En el corazón de la capital, el chavismo intenta proyectar una imagen de control que nadie cree. La manifestación de lealtad en el centro de la ciudad, donde se ubican las sedes de los poderes públicos, se siente más como un ritual funerario que como una demostración de fuerza. Cientos de simpatizantes corean consignas que suenan a plegarias: «Maduro, aguanta, el pueblo te respalda». Pero las voces carecen del fervor revolucionario que caracterizó otras épocas.
La procesión de lealtad no logra ocultar la profunda incertidumbre que se ha apoderado de los revolucionarios. Entre la multitud, las conversaciones giraban en torno a la deslealtad. «Esto fue una traición del entorno, no hay otra explicación», susurra Gregorio Torres, un simpatizante que no salÃa de su asombro. La captura de Maduro, tan rápida y precisa, habÃa dejado al descubierto las grietas en la estructura de poder que hasta entonces parecÃa inexpugnable.
En la tarima, rodeado de la cúpula del Partido Socialista Unido de Venezuela, está José Vielma Mora, veterano del fallido golpe de 1992 junto a Chávez. Su presencia es un sÃmbolo de la resistencia histórica, un puente entre el pasado glorioso y un presente que se desmorona. «Estamos haciendo una evaluación de daños. SabÃamos que esto podÃa pasar», admite con una gravedad que contrasta con la euforia revolucionaria de otros tiempos. «Ellos utilizaron todos sus recursos y su mayor tecnologÃa para poder lograr su objetivo, pero seguiremos luchando. Nicolás Maduro es un gran hombre y es un revolucionario de corazón, aguantará». Sus palabras resuenan en un vacÃo de poder que se hace cada vez más evidente.
La designación de Delcy RodrÃguez como presidenta encargada, amparada en el artÃculo 233 de la Constitución, es un intento de mantener la continuidad del Gobierno. Pero la legitimidad del chavismo ya estaba comprometida desde las controvertidas elecciones del 28 de julio de 2024, que no reconoció la victoria de Edmundo González. Ahora, sin Maduro, el andamiaje constitucional se tambalea sobre cimientos de arena. Las fisuras profundas en la estructura del poder son imposibles de ocultar. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino, denuncia la agresión estadounidense, pero lo hace en solitario, sin el respaldo visible del alto mando militar. Es un detalle que no pasa desapercibido.
Al otro lado de la ciudad, en la plaza Altamira, el bastión histórico de la oposición, la atmósfera es de cautela casi palpable. Aquà no hay celebraciones desbordadas, sino una mezcla compleja de alivio y desconfianza. Milagros, una mujer que ha vivido en carne propia los rigores del chavismo, resume el sentir general con honestidad. «Me sentà liberada al ver que llegó el gran dÃa pero, al ver a Maduro encadenado y esposado, se me arrugó el corazón. Creo que Maduro se robó las elecciones, pero creo que no es un narcotraficante». Su ambivalencia es la de un paÃs que ha perdido la fe en las soluciones mesiánicas. El recuerdo del 11 de abril de 2002, cuando Chávez fue derrocado por unas horas, es una herida que no cicatriza. «Los venezolanos ya no creemos en nada ni en nadie», afirma. Su escepticismo es el eco de una sociedad traicionada demasiadas veces. La presencia de las fuerzas de seguridad, aún leales al chavismo, es un recordatorio constante de que el poder no ha cambiado de manos por completo.
El chavismo ha sacado este domingo a la calle a sus seguidores para hacer una demostración de fuerza y pedir la liberación de Maduro, pero las proclamas no se han cantado con tanto convencimiento y algunos de los asistentes no han ocultado sus sospechas sobre la traición dentro del régimen que ha permitido su captura por parte de EE.UU.
La comunidad internacional observa con una mezcla de aprensión y cálculo polÃtico que reconfigura el mapa geopolÃtico regional. Donald Trump, desde Washington, ha sido explÃcito en sus intenciones. Su equipo, integrado por el secretario de Estado Marco Rubio y el secretario de Defensa Pete Hegseth, asumirá el control del paÃs. La declaración abre la puerta a un protectorado ‘de facto’ estadounidense y amenaza con una «segunda oleada de ataques mucho mayor» si no existe cooperacción. La tensión se extiende por toda la región, con advertencias directas a Colombia sobre la producción de cocaÃna y un futuro incierto para los aliados de Maduro en el continente.
Más allá de las cifras que hasta ahora no existen oficialmente, la incursión militar estadounidense dejó un rastro de muerte y destrucción. Según noticias de la cadena Telesur, fueron más de 40 personas, entre civiles y militares, las que perdieron la vida en los bombardeos contra Fuerte Tiuna y otras instalaciones militares. Una cifra que añade una nueva capa de dolor a una sociedad fracturada por décadas de polarización.
El mundo, pendiente del paÃs
Luis Quiñones, un hombre que se declara no chavista pero que se encontraba a la salida de la iglesia de La Candelaria, donde se convocó la concentración en apoyo a Maduro, expresa una esperanza que resuena en muchos: «Yo solo pido que esto de Maduro sirva para sacar a los cientos de presos polÃticos que están en las mazmorras de este paÃs». La reciente excarcelación de algunas decenas de presos polÃticos en la noche de fin de año es un gesto que, para muchos, se queda corto ante la magnitud de la represión acumulada durante años.
La captura de Maduro no es el epÃlogo de la crisis venezolana, sino el prólogo de un capÃtulo mucho más complejo y peligroso. El paÃs se enfrenta a un abismo definido por la incertidumbre polÃtica. La pregunta ya no es si el chavismo puede sobrevivir, sino qué surgirá de sus cenizas y a qué costo. Con un liderazgo decapitado, una oposición fragmentada y la amenaza latente de la violencia interna, el vacÃo de poder es el mayor de los peligros. Los próximos dÃas determinarán si Venezuela transitará hacia una democracia restaurada o si se sumergirá en un caos aún más profundo.
