Publicado: mayo 15, 2026, 1:07 am
«En la década de 2010 a 2020, el mundo fue testigo de una explosión de protestas y manifestaciones masivas que anunciaban cambios profundos. Sus participantes las vivieron como un triunfo lleno de euforia. Años más tarde, las revueltas precedieron, cuando no causaron, resultados muy distintos a los objetivos de los movimientos. En ningún lugar las cosas salieron como se habían planeado, en demasiados casos, la situación empeoró. Las protestas condujeron a lo contrario que reclamaban».
El periodista norteamericano Vincent Bevins relata en su libro Si ardemos el fracaso del último intento de revolución pendiente. La revolución de los indignados, a la que dio nombre el ya fallecido pensador francés Stéphane Hessel. Insurrección pacífica, la llamó. Los indignados salieron a la calle en todo el mundo. De la plaza de Tahrir a Grecia, de Brasil a Washington, y de Túnez a Madrid.
En España, todo empezó con una manifestación masiva que nadie esperaba. El día de San Isidro de 2011, decenas de miles de personas abarrotaron el centro de la capital de España protestando contra la corrupción política, los abusos de los bancos y los desahucios. Un mayo revolucionario, bastante transversal en términos ideológicos aunque con más protagonismo de los movimientos de izquierda, le estalló al Gobierno de Zapatero en sus últimos coletazos.
El 15-M fue el centinela que anunció un profundo malestar ciudadano contra los dos grandes partidos, PSOE y PP, que habían gestionado la estabilidad del sistema político español desde la Transición, turnándose en el Gobierno. Las dramáticas consecuencias sociales de la gran recesión que empezó en 2008, derivada de la caída de Lehman Brothers y el posterior derrumbe del sistema financiero, llegaron años más tarde a España. Pero llegaron, y aún siguen aquí.
Aquí continúa el malestar, aunque la ira ha cambiado de bando, quince años después. «¡Qué pasa, qué pasa, que no tenemos casa!»; «Casas sin gente, gente sin casa». Los lemas del 15-M no sólo siguen vigentes, sino que la situación que denunciaban ha empeorado cualitativamente.
El precio de la vivienda ha aumentado un 35% desde entonces. El alquiler se lleva más del 50% del sueldo medio. Una habitación en Madrid cuesta 850 euros. La vivienda es un derecho, no una mercancía, decían los manifestantes. Aunque fue un movimiento horizontal y sin líderes, los activistas en pro de una vivienda digna y contra los desahucios se extendieron por todo el territorio el 15-M y alcanzaron un gran eco político y mediático.
Allí, en la acampada de la Puerta del Sol que duró semanas y en las manifestaciones posteriores que llegaron a reunir en todo el país hasta a un millón de personas, nacieron también plataformas cívicas en busca de propuestas para la regeneración política del sistema, surgieron los politólogos como divulgadores mediáticos, se produjo la explosión de tertulias televisivas y radiofónicas como sustitutivo del Parlamento, y la entronización de las redes sociales como el nuevo Che Guevara del siglo XXI en palabras de Alec Ross, responsable digital del Departamento de Estado de Hillary Clinton.
Las consecuencias políticas del 15-M no se apreciaron hasta años más tarde, cuando los estragos sociales se abatieron sobre las familias españolas, la corrupción del Gobierno del PP escandalizó a todos y los recortes sociales crearon un clima de indignación. España despertó de golpe y porrazo del sueño de la prosperidad sostenida de padres a hijos. Algunos de aquellos protagonistas de la revolución que nunca fue, como las que relata Bevins en su libro, aseguran que el espíritu del 15-M murió cuando Podemos se apropió de él.
Albert Rivera y Pablo Iglesias en 2015.EFE
Cuando el clima de indignación con el sistema político y el funcionamiento de la democracia hizo crisis, surgieron de repente dos nuevas fuerzas políticas, Podemos y Ciudadanos, que lograron casi diez millones de votos en las generales de diciembre de 2015. El 15-M había sido una llamada de atención que el bipartidismo imperfecto no quiso escuchar demasiado. Lo que pasó en los años siguientes fue muy efervescente y llamativo, tanto como los liderazgos de Pablo Iglesias y Albert Rivera, pero se puede resumir en una palabra: fracaso.
Fracaso absoluto de los nuevos partidos que prometieron una nueva política, y gobernaron en ayuntamientos y comunidades. Diez años después de nacer, Ciudadanos no existe y Podemos ha adelgazado hasta quedarse en el chasis. El caso de este último partido merece un capítulo especial, dado que sus líderes se declararon herederos del 15-M. Los activistas en pro de una vivienda digna y antidesahucios dirigieron gobiernos municipales, Ada Colau fue alcaldesa de Barcelona, y el problema de la vivienda no hizo más que empeorar. Desde el 15-M España ha tenido gobiernos de distinto signo político, y ninguno de ellos ha podido evitar que un porcentaje escandaloso de jóvenes españoles no puedan independizarse, fundar una familia y tener hijos, porque no pueden comprar, ni alquilar una vivienda en la ciudad donde trabajan. Aún ahora, en el Gobierno de coalición presidido por Pedro Sánchez, hay ministros que participaron activamente en las manifestaciones del 15-M. Primero Podemos y después Sumar consideran un triunfo haber llegado al Consejo de Ministros. Aunque de las reivindicaciones del 15-M a sus logros reales hay una diferencia abismal. Y sus votantes no han cesado de menguar.
El rápido ascenso y la no menos rápida caída de Podemos y Ciudadanos dejó tras de sí un sentimiento de decepción y fracaso, después de los meses de efervescencia revolucionaria del 15-M. Incluye Bevis en su libro una cita a propósito del fracaso del Mayo francés. «El filósofo francés André Gorz se preguntó, tras la revolución de 1968 por qué el pueblo francés iba a premiar con su voto a los revolucionarios después de que hubieran demostrado que eran incapaces de hacer valer su poder para gobernar cuando tuvieron la oportunidad».
Quince años después de que el centinela anunciara cuáles eran las demandas para regenerar una democracia que empezaba a perder credibilidad ante los españoles, especialmente en las nuevas generaciones. Los jóvenes que ahora tienen de 18 a 20 años eran bebés el 15-M de 2011. Los que eran jóvenes entonces y participaron en aquellas protestas son ahora más que treinteañeros, y sus lemas de entonces son tan actuales que casi parece mentira. «Juventud sin futuro». «Lo llaman democracia y no lo es». «No tenemos pan para tanto chorizo». «Nietos en paro, abuelos trabajando». «Me sobra mes a final de sueldo». «Esto no es cuestión de izquierdas contra derechas, es una cuestión de los de abajo contra los de arriba». La corrupción ha regresado y los sueldos están estancados.
El bipartidismo a punto estuvo de naufragar, pero resistió la fuerte sacudida. PSOE y PP se quedaron en los huesos en algunos procesos electorales, pero la incapacidad de los nuevos partidos les devolvió el aliento y la capacidad de administrar el sistema de acuerdo con sus criterios. De momento, han optado por la pelea diaria y sin cuartel. Pero las promesas de regeneración democrática han caído en saco roto. El concepto ya no es ni siquiera motivo de debate en la conversación pública. La indignación, sin embargo, sigue existiendo en la calle. Los ciudadanos siguen en busca de alternativas para el voto de protesta. Si en 2015 fue Podemos el que se acercó al PSOE peligrosamente, ahora es Vox quien amenaza la hegemonía del PP en el centroderecha español, una vez que se desembarazó sin muchos problemas de Ciudadanos.

