Publicado: julio 26, 2026, 10:07 am

Donald Trump ya está consiguiendo resultados con sus aranceles, sus amenazas comerciales y su forma de tratar a los aliados. El problema es que uno de esos resultados beneficia directamente a China, que acaba de superar a Estados Unidos en buena parte de las principales mediciones mundiales de popularidad y confianza. El último estudio de Pew Research Center coloca a China por delante de Estados Unidos en 25 de los 36 paÃses comparables y encuentra más confianza en Xi Jinping que en Donald Trump en 22.
PekÃn ha conseguido incluso superar a su rival entre los dos vecinos estadounidenses, Canadá y México. Al mismo tiempo, Gallup sitúa la aprobación del liderazgo chino en el 36%, frente al 31% estadounidense. ¿Es que China se ha vuelto de repente más simpática, abierta y democrática que Estados Unidos o es que Washington ha empezado a caer peor?
China entra por la fábrica
Otro estudio apunta en la misma dirección, aunque esta vez no mide únicamente popularidad. Brand Finance analiza desde la reputación y la influencia diplomática hasta la innovación, la educación o la facilidad para hacer negocios, y sitúa ya a China por delante de Estados Unidos en 19 de los 35 atributos de su Ãndice mundial. PekÃn ocupa el primer puesto en tecnologÃa e innovación, ciencia avanzada, potencial de crecimiento y facilidad para hacer negocios, mientras Washington conserva todavÃa el liderazgo general.
La ventaja general de Estados Unidos sigue siendo enorme. Sus universidades, Wall Street, Hollywood, las grandes tecnológicas, el dólar y una red de aliados construida durante más de siete décadas ofrecen algo que China todavÃa no puede reproducir. El problema es que buena parte de ese capital acumulado convive ahora con una polÃtica exterior que amenaza con imponer aranceles a los socios, cuestiona acuerdos ya firmados y convierte cada negociación en una nueva prueba de lealtad.
En este sentido, China ha escogido una vÃa bastante menos atractiva, pero también mucho más práctica. Asà que, en lugar de pedir a otros paÃses que admiren su modelo, les vende baterÃas, paneles solares, coches eléctricos, maquinaria, redes de telecomunicaciones y una parte creciente de los productos que necesitan para modernizar sus economÃas. PekÃn puede mantener la presión sobre Taiwán, disputar aguas con Filipinas y conservar un sistema polÃtico que sigue provocando rechazo, pero sus acuerdos económicos suelen plantearse a largo plazo y cambian menos con cada ciclo electoral.
El resultado es que China empieza a aparecer ante parte del mundo como un socio más constante y menos imprevisible. Brand Finance detecta, de hecho, mejoras muy fuertes en atributos como la amabilidad, la facilidad de comunicación, la generosidad o el atractivo de su estilo de vida, categorÃas en las que PekÃn partÃa desde posiciones muy retrasadas. No se ha convertido en un paÃs abierto de la noche a la mañana, pero empieza a caer menos mal justo cuando Estados Unidos pierde terreno.
Claro que esa imagen no se construye únicamente con discursos, viajes oficiales o grandes campañas de propaganda. También se apoya en un músculo industrial que obliga a muchos gobiernos a mirar hacia China incluso cuando preferirÃan reducir su dependencia. PekÃn fabrica siete de cada diez coches eléctricos producidos en el mundo y más del 80% de las baterÃas, además de controlar alrededor del 85% de los materiales para cátodos y más del 90% de los utilizados en los ánodos. Y no solo vende más coches.
Las marcas chinas ya representaban en 2025 más del 70% de todos los vehÃculos eléctricos importados desde China por otros mercados, frente al 50% de apenas dos años antes. Durante ese mismo periodo, el peso de los modelos de Tesla fabricados allà cayó desde el 30% hasta el 10%. China ha pasado de prestar sus fábricas a las multinacionales occidentales a colocar sus propias marcas en los concesionarios de medio mundo.
Europa aprende en Shanghái
Pero la consecuencia más importante quizá no esté en las ventas. Los fabricantes occidentales están empezando a copiar la velocidad de desarrollo de sus rivales chinos, y Renault ofrece uno de los ejemplos más claros. El grupo francés utilizó su centro de Shanghái para desarrollar el nuevo Twingo eléctrico en 21 meses, prácticamente la mitad de los cuatro años que tradicionalmente necesitaba la industria, y espera reducir ese plazo hasta los 16 meses con su siguiente modelo.
Europa teme esa capacidad, impone aranceles para proteger a sus fabricantes y, al mismo tiempo, manda a sus ingenieros a China para aprender cómo funciona. Renault sostiene que sus fábricas europeas siguen siendo más eficientes, pero reconoce que el conocimiento adquirido en su centro chino le ha permitido acelerar proyectos y reducir costes sin trasladar allà todo el desarrollo de sus modelos europeos.
Cada baterÃa, cada panel y cada contrato de suministro abre relaciones comerciales que duran años, obliga a mantener rutas logÃsticas y da a PekÃn más peso cuando llega una negociación polÃtica. El Lowy Institute coloca ya a China en el primer puesto de Asia tanto en relaciones económicas como en influencia diplomática, mientras Estados Unidos conserva el liderazgo general gracias a su capacidad militar, sus alianzas y su enorme poder financiero.
Ahà está el verdadero problema para Washington, porque varios de sus aliados pueden depender de la protección militar estadounidense y, al mismo tiempo, de las fábricas chinas para mantener en marcha buena parte de su economÃa. Japón, Corea del Sur, Filipinas o Australia quieren que Estados Unidos contenga la expansión de PekÃn, pero ninguno puede permitirse una ruptura económica completa con el mayor mercado y el principal centro industrial de la región.
