Publicado: noviembre 4, 2026, 12:07 am

Durante la presentación de Tierra firme, segunda parte de su autohagiografía Manual de Resistencia, Pedro Sánchez intercambió unos chascarrillos en público con Óscar Puente. En un Círculo de Bellas Artes abarrotado de fieles, reveló que había tomado dos decisiones importantes en su vida: «Una, dejar de fumar hace 20 años y, hace diez, poner las redes sociales en manos de un community manager». La sala carcajeó mientras el aludido Puente negaba con mohín de mastín enfurruñado («El presidente sabe que mis redes sólo las toco yo», diría más tarde). Aquel día Sánchez agregó, cómplice, que él tenía su estilo y el ministro el suyo, «y lo hace muy bien». Una manera como cualquier otra de decirle «mátalos a todos». Era diciembre de 2023, cinco meses después de haber perdido las elecciones generales, pero sólo 25 días desde que fuera investido.
Si Sánchez encontró en un muro divisorio entre españoles la solución para atrincherarse en el poder sin mayoría en el Parlamento, Óscar Puente debía ser el arquero que vigilase que nadie se acercara al foso. Y el francotirador se dedicó a perpetrar una masacre diaria desde Twitter, una canal tecnológico de agresión, más que de comunicación. Lo que ha traído el ya ex ministro a la política española es fundamentalmente el empleo de la violencia verbal desde el poder contra el ciudadano de a pie.
Las maneras tarugas de Puente no son incompatibles con una mirada larga en política. Hace casi un año, entrevistado por el director de EL MUNDO de Castilla y León, Pablo Lago, el también ex alcalde de Valladolid dejó abierto su regreso a la política local: «Cuanto más vuelvo a la ciudad, más ganas me entran». Lago, un pedazo de periodista, no mordió el anzuelo. Puente se estaba quitando presión de los Bolaños, oscareslópeces y mariajesusesmonteros ante una carrera por la sucesión en el PSOE que ya estaba lanzada.
El ex ministro no ha vuelto a Valladolid ni volverá. Se ha casado en segundas nupcias, ha sido padre de nuevo (el día del apagón su mujer embarazada de ocho meses se quedó atrapada en un ascensor) y ha adquirido un inmueble en una urbanización alicantina de nacionalsocialista denominación. Por Elche y El Campello es donde ha buscado esparcimiento y allí a unos y otros ha asegurado que lo que le dijo a la Ser en agosto sobre su aspiración sucesoria era verdad: «Sánchez es Michael Jordan pero, si hay que jugársela en un tiro a canasta y quedan tres segundos, yo no soy de los que paso el balón».
Esa declaración causó cierto revuelo interpretativo en Ferraz. Como si, igual que en su entrevista anterior, hubiera soltado un señuelo para desviar el foco sobre un presidente que afrontaba la crisis de Ceuta después de su merecido descanso en Lanzarote. Un objetivo y otro -la ayuda al líder y el posicionamiento para su sucesión- son compatibles. Hay quien entiende la obsesión tuitera de Puente como una pulsión enfermiza mal curada. Sin embargo, el ex ministro siempre ha tenido claro que a quien se dirigía con sus insultos diarios no era al periodista crítico, al opositor cándido o al peatón que pasaba por allí, sino al afiliado socialista. Por encima de todo, el ex ministro era, es y será un héroe de la militancia de este PSOE transformado por Pedro Sánchez en una trinchera populista. Nadie duda de que si Sánchez se retirara tras una derrota y Puente se presentara a unas elecciones primarias, arrasaría entre las bases. El PSOE ahora es así.
Entretanto, Puente le ha hecho a su líder el mejor favor que le podía hacer: bajarse de la peana del poder e intentar que la campaña encuentre un asidero en el «no todos somos iguales». Igual Puente se pone a buscar un peugeot por si Sánchez cae el 29N. Poco coche parece para cargar a 115 muertos.
