Publicado: octubre 29, 2026, 5:07 am

Este 29 de octubre se cumplen dos años de una fecha que quedará para siempre grabada en nuestra memoria colectiva, en la que la DANA devastó la provincia de Valencia y amplias zonas del área mediterránea. La historia parece repetirse con mayor frecuencia, tal y como hemos comprobado hace apenas unos días con las graves consecuencias de la DANA Adam en el archipiélago balear y el litoral peninsular, lo que demuestra que, dos años después, seguimos sin priorizar la prevención.
Más allá del análisis técnico o económico, nuestro recuerdo respetuoso debe permanecer siempre con las víctimas y sus familias, impulsándonos a mejorar en la anticipación a estos fenómenos. Aquella noche no solo supuso un trauma humano irreparable, también una de las peores catástrofes climáticas en la historia de España, un evento que marcó un antes y un después en la evaluación del riesgo y la siniestralidad en nuestro país.
Según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), aquella noche algunas estaciones locales registraron precipitaciones equivalentes a las de todo un año, registrando entre 300 y 400 litros por metro cuadrado en apenas unas horas, un volumen capaz de colapsar cualquier red de drenaje moderna.
Dicho impacto sin precedentes se tradujo en numerosas pérdidas y unos costes financieros históricos, con más de 250.000 expedientes y una factura asegurada superior a los 5.200 millones. Frente a esta magnitud destructiva, el Consorcio de Compensación de Seguros absorbió el principal golpe, liquidando indemnizaciones que superaron los 4.400 millones, la factura más elevada en sus 70 años de historia.
«La DANA nos demostró que el cambio climático está intensificando los eventos extremos en Europa»
Semejantes implicaciones económicas obligaron al Consorcio a revisar exhaustivamente su nivel de exposición ante eventos futuros, asumiendo que un impacto de similar magnitud tendría efectos devastadores. Por este motivo, el organismo analiza actualmente si la adopción de un modelo de resiliencia compartida entre los sectores público y privado constituye la estrategia más idónea para abordar los desafíos del riesgo climático.
Esta fórmula estaría alineada con las recientes advertencias dirigidas por el MITECO a la Comisión Europea, en las que insta a la UE a evaluar mecanismos financieros comunitarios, como un esquema público-privado de reaseguro europeo, para afrontar los daños ocasionados por fenómenos meteorológicos extremos.
Dicha propuesta adquiere mayor sentido cuando comprobamos que más del 20% de las viviendas afectadas en aquella DANA carecían de cobertura y que el 73% de las pymes no contaba con seguros de lucro cesante, a pesar de operar en una zona de alta exposición climática. Además, solo en la zona cero, cerca de 500 comercios y negocios de proximidad se vieron forzados a bajar la persiana para siempre, al no poder asumir sueldos y alquileres durante esos meses de inactividad.
La DANA nos demostró que el cambio climático está intensificando los eventos extremos en Europa, haciendo que este tipo de precipitaciones torrenciales sean cada vez más recurrentes y severas.
Pero la lección más urgente es comprender que ninguna indemnización, por cuantiosa que sea, puede sustituir a la prevención, ni garantizar por sí sola la asegurabilidad a largo plazo de las zonas más expuestas si no reducimos el riesgo físico. Necesitamos una ordenación del territorio valiente y coherente con el riesgo real y adoptar modelos predictivos avanzados que entiendan la volatilidad del clima actual y que nos permitan dimensionar con precisión los peores escenarios antes de que ocurran.
Pero no todo es negativo. El reciente paso de la DANA Adam ha evidenciado que los sistemas de aviso a la población se están utilizando más y mejor. Frente a los tres únicos mensajes que llegaron a deshora en 2024, en este último episodio se han enviado cerca de una veintena de avisos Es-Alert para anticipar riesgos y restringir la movilidad. Estas alertas tempranas salvan vidas y marcan un avance indiscutible en la concienciación social e institucional.
A dos años de la tragedia, el mejor homenaje que podemos rendir a quienes lo perdieron todo en esta catástrofe es seguir anticipándonos al futuro. El sector asegurador y reasegurador global tiene los datos, el capital y la capacidad analítica no solo para indemnizar, sino para erigirse como el gran aliado de la acción climática. Solo asumiendo esa responsabilidad compartida, en la que la administración planifica y previene mientras la industria modeliza y respalda financieramente, lograremos que el próximo evento extremo no se convierta, de nuevo, en otra gran catástrofe humana.
