Publicado: octubre 15, 2026, 1:07 am
En tiempos de inmediatez, los ritmos de la Corona a veces resultan incomprensibles para los españoles. Pasó el 1 de octubre de 2017, tras el intento de desafío soberanista en Cataluña. Y volvió a ocurrir el 30 de julio de este año, mientras miles de personas cruzaban a nado de Marruecos a Ceuta en una violación de la frontera española. ¿Dónde está el Rey? ¿No va a hacer nada?, se preguntaban miles de ciudadanos. En ambos casos, la jefatura del Estado ha respondido. En las dos situaciones, a las 48 horas. A Felipe VI le ha tocado ser el jefe del Estado en los años de mayor inestabilidad de España. Y la primera institución del Estado no ha sucumbido a presiones: se ha tomado un tiempo prudente para diseñar los pasos con un objetivo: cumplir con el mandato constitucional de ser «símbolo de unidad y permanencia».
Felipe VI y Doña Letizia terminaron ayer dos intensas jornadas en Ceuta y Melilla. Dos días históricos del primer viaje del Rey a ambos territorios, con vocación de que la oportunidad no sea única y se normalice la presencia de la Corona en las ciudades autónomas. Su viaje se ha producido 75 días después de la amenaza marroquí. Tal vez mucho tiempo para algunos, pero en la fecha oportuna para entender todo. Porque el día previo a la visita, El País publicó que dos fragatas de la Armada marroquí violaron las aguas de soberanía española en Ceuta. Una situación que provocó la salida de hasta tres barcos españoles para defender las aguas y la gestión directa del Jefe de Estado Mayor de la Defensa para desactivar la ofensiva de Mohamed VI. Don Felipe fue informado de todo esto a posteriori. Pero le hizo tomar conciencia de la urgencia por pisar Ceuta y Melilla y por mandar desde ambas ciudades un mensaje al rey alauita.
El Rey, en su discurso tras el referéndum ilegal en Cataluña del 1 de octubre de 2017.EFE
Don Felipe ha vivido dos desafíos soberanistas desde que es rey, dos momentos de máxima tensión que han puesto en peligro la integridad de España. El primero fue desde dentro del territorio. El segundo, desde fuera. Pero ambos han llevado al Monarca a pronunciar discursos históricos y plenamente vigentes pese al paso del tiempo.
Felipe VI no dejó solos a los catalanes ante el desafío independentista. Y tampoco ha soltado la mano de los ceutíes y melillenses tras el ataque de Marruecos. El artículo 56.1 de la Constitución como mantra, como guía y casi como dogma. «El Rey es el jefe del Estado, símbolo de unidad y permanencia». La Corona permanece y España hace lo propio cuando el rey encarna ese artículo.
«La Constitución prevalecerá sobre cualquier quiebra de esa convivencia en democracia que es, ha sido y será base de nuestra vida en común», dijo entonces, cuando la unidad se tambaleaba. Nueve años después, en Ceuta recordó que «la soberanía e integridad territorial de nuestro país no son negociables». Y fue un paso más allá ayer en Melilla, donde afirmó: «Estamos preparados para defender nuestros valores y nuestras libertades». Además, dijo una frase ayer que pudo aplicarse al 3 de octubre: «Las discrepancias lógicas -e incluso necesarias en una democracia avanzada como la nuestra- deben ir siempre de la mano de la unidad institucional y la búsqueda del entendimiento, que es garantía de estabilidad y la mejor fórmula para un trabajo eficaz».
La Corona, siempre firme en sus pasos, siempre coherente en tiempos de Felipe VI: «Todas las instituciones del Estado debemos trabajar con la misma conciencia del bien común». Remite aquí al discurso de Navidad de 2024, cuando, marcados por la tragedia de la dana, el Monarca apeló al «bien común» para solucionar los problemas que asolaban a los ciudadanos españoles.
Tras la dana, Don Felipe también reafirmó su papel cuando visitó Paiporta con el presidente del Gobierno y los ciudadanos descargaron su ira contra ellos. Al Rey le aconsejaron marcharse. Entonces, Don Felipe quiso quedarse en Paiporta, dando un ejemplo de que, cuando todo se tambalea, la Corona permanece -«símbolo de unidad y permanencia», la Constitución una vez más-.
«Ceuta es España», «Melilla es España», ha dicho estos días Don Felipe. Y el 3 de octubre de 2017 también vino a decir que «Cataluña es España». Entonces y ahora, el Monarca ha seguido su papel y su estrategia de enviar mensajes, pero siempre con un paño de esperanza detrás. Como quien acompaña y arropa a los ciudadanos cuando todo parece caer, cuando es su institución la que hay que mirar en tiempos de fragilidad, lanzó mensajes para España. Todo va a salir bien, parece decir. Afirmaba un ciudadano en Ceuta que cuando el Rey va a un territorio es «España visitando a una de sus hijas», un símil de un ceutí que explica casi a la perfección el papel de la Corona. A los catalanes les recordó: «No están solos, ni lo estarán, tienen todo el apoyo y la solidaridad del resto de los españoles». El martes, a los ceutíes les dijo: «Hemos venido a daros un abrazo de parte de toda la sociedad española […] No os vamos a dejar solos ni indefensos». Y ayer, en Melilla, el Rey, máximo garante de la Constitución, se despidió con la promesa de volver y con un mensaje de «presente y futuro»: «Detrás del futuro de Melilla -impulsándolo- estamos todos. Está toda España y está una Unión que reúne 27 Estados democráticos».
Cataluña, Ceuta y Melilla, tres regiones de todas las que componen España que el Rey siente como propias. Tres lugares donde se ha puesto en peligro la integridad territorial. Tres coordenadas a las que el Rey no ha soltado de la mano como eje vertebrador de España.


