Publicado: octubre 12, 2026, 10:07 am

Pedro Sánchez ha llevado hasta el límite la estrategia de apurar los tiempos para esquivar la contestación social en el acto central de la Fiesta Nacional. El presidente del Gobierno ha esperado en el interior de su vehículo oficial en las inmediaciones de la plaza de Cánovas del Castillo hasta pocos minutos antes de la llegada de la comitiva de la Familia Real.
La maniobra, diseñada para disolver los abucheos entre los aplausos y vítores dedicados a Don Felipe, Doña Letizia, la Princesa de Asturias y la Infanta Sofía, no ha impedido que una sonora pitada volviera a resonar con fuerza al descender el jefe del Ejecutivo, con gritos de: ¡Pedro Sánchez hijo de puta! o ¡Ceuta no se vende!, evidenciando un desgaste en la calle que le persigue de forma ininterrumpida desde hace seis años.
Don Felipe rota los uniformes cada año, por lo que en esta ocasión, lleva el uniforme de gala de Ejercito del Aire. El jefe del Estado es el capitán general de las Fuerzas Armadas. Su hija, la Princesa de Asturias, lleva el uniforme del Ejército de Tierra. Este año ha terminado los tres años de formación castrense y el próximo curso recibirá su despacho de teniente en las tres academias y a pesar de que se le ha caído el toisón, con naturalidad lo ha guardado en el bolsillo y más tarde la Reina lo guardó en su bolso.
Por su parte, Doña Sofía se ‘salta’, el protocolo como ya lo hizo la Reina Letizia un año cuando era Princesa. Pese a que los actos castrenses exigen vestido corto para las mujeres, la joven -como tantos de su tiempo-, ha escogido un traje de chaqueta y pantalón rojo. Doña Letizia estrena un vestido rosa y, por primera vez, eleva la solemnidad de la jornada decorando su solapa con un broche del lote de joyas de pasar de la Reina Victoria Eugenia.
Los Reyes han sido recibidos con acaloradas muestras de afecto por los miles de ciudadanos congregados a lo largo del paseo del Prado. La estampa protocolaria ha servido de contraste frente al clima de fuerte polarización partidista que rodea a la Moncloa, donde los gestos de rechazo popular han vuelto a adueñarse de los prolegómenos de la parada militar.
El tablero político de la jornada deja al descubierto fisuras notables tanto en la representación territorial como en el propio Consejo de Ministros. A las bajas ya confirmadas de los presidentes autonómicos de Navarra y Andalucía se ha sumado la ausencia de un grupo de miembros del Gabinete, con asientos vacíos como los de Óscar Puente, Sira Rego o Pablo Bustinduy. Este vacío en la tribuna de autoridades refleja la calculada distancia ideológica con la que determinados socios del Ejecutivo continúan afrontando la festividad nacional.
EL PROPIO DESFILE
El diseño del desfile traslada este año su eje simbólico hacia la frontera sur. La ausencia de los efectivos militares destinados en Ceuta, retenidos en la ciudad autónoma debido a las exigencias del despliegue operativo tras los incidentes de finales de julio, deja la representación de los enclaves norteafricanos en manos de la escuadra de Regulares de Melilla. Esta unidad cerrará la marcha a pie con su pausado ritmo de 90 pasos por minuto, en un contrapunto evidente con la cadencia de 160 zancadas del tercio Don Juan de Austria de la Legión, flanqueado por la cabra Babieca.
El despliegue aéreo teñirá el cielo madrileño con 34 aviones de caza, 16 de transporte y 32 helicópteros, entre los que figuran tres aparatos Bombardier del 43 Grupo tras su campaña en los incendios forestales del verano. Por vía terrestre, el foco técnico y presupuestario estará puesto en tres vehículos 8×8 Dragón, los blindados que acumulan continuos contratiempos en su entrega al Ejército de Tierra y cuya exhibición busca proyectar normalidad en la gestión de la cartera de Defensa.
El trasfondo político de este año dibuja además un mapa de alianzas y rupturas de máxima tensión. Los abucheos al Ejecutivo en Madrid se cruza con el plante ya habitual de Santiago Abascal, quien volverá a desmarcarse de la tribuna de autoridades para desplazarse a la propia Ceuta. Esta maniobra busca capitalizar el malestar migratorio y marcar distancias con la Moncloa, mientras el Gobierno intenta amortiguar el desgaste de la calle a las puertas de la visita oficial que los Reyes realizarán a la ciudad autónoma.
