Publicado: octubre 22, 2026, 10:07 pm
Me sorprende la histeria por la cautelar del Tribunal Supremo sobre la Ley de nietos. No sé, si la ley estableciera que todo aquel que acreditase ser hijo legítimo de Julio Iglesias tiene derecho a su herencia, a nadie le parecería razonable que, por una vulgar instrucción ministerial, se presumiera que todos los españoles nacidos entre 1975 y 1995 somos hijos de Julio Iglesias y, por tanto, sus legítimos herederos. Incluso a mí, beneficiario de dicha instrucción, me parecería un exceso. Y me parecería idiota cualquiera que afirmara que el Supremo deja sin herencia a 160.000 hijos de Julio Iglesias. ¡Si de lo que se trata es precisamente de acreditar si son sus hijos! Y cuando se trata de reparar a los descendientes de los exiliados, ¿qué sentido tiene presuponer que un hijo, pongamos, de Millán-Astray que emigró a Argentina persiguiendo a una porteña es una víctima del franquismo?
Esto, que entendería un niño de cinco años, es una ciencia inasequible para millones de compatriotas. Siempre que me preguntan digo que el peor destrozo del sanchismo, el más imperdonable, es el que ha causado en el sentido común de amigos y conciudadanos. No me entristece la discrepancia ideológica, sino la impresión de que han renunciado a ciertas exigencias intelectuales que antes compartíamos. El sanchismo no nos ha separado en lo ideológico, sino en lo moral.
Pienso a menudo en la paradoja de que, cuando hablamos de política internacional, coincido con esos amigos con los que tanto discuto. Detestamos a Donald Trump, a Orbán o Netanyahu, éramos más de Bernie Sanders que de Hillary Clinton, nos gustaría ver ganar a Raphaël Glucksmann en Francia y nos reímos juntos del payaso de Milei. Compartimos intuiciones políticas, una preocupación por la desigualdad y una idea bastante parecida de lo que debería ser una sociedad justa. Y, sin embargo, cuando la conversación regresa a España compruebo que habitamos universos morales distintos.
No querría enumerar los agravios, pero lo resumiría así: carece de sentido lógico (y ético) considerar la integridad moral una exigencia irrenunciable de la vida pública y seguir votando a Pedro Sánchez. Tampoco tiene sentido defender una concepción exigente del Estado y cerrar los ojos ante la ocupación partidista de las instituciones, la desaparición de la rendición de cuentas y los escándalos de corrupción que han alcanzado a su círculo de máxima confianza. Y si alguien reconoce todo esto, pero responde que la alternativa es un gobierno de extrema derecha que acabará con nuestras libertades, me gustaría hacerle dos preguntas.
¿Por qué no exigir entonces al PSOE que ofrezca al PP un acuerdo de gobierno que anule a Vox? ¿Por qué no reclamar que el PSOE sustituya al actual presidente del Gobierno por un dirigente que no arrastre semejante descrédito? Porque preservar las políticas progresistas no exige la continuidad de Sánchez. Lo que no se entiende es por qué están dispuestos a sacrificar todos sus principios menos uno: que Pedro Sánchez siga en el poder. Me cuesta no ver en esta renuncia a la lógica una forma de claudicación moral.
El sanchismo, como todo, pasará. Pero sus efectos perdurarán, y no solo en las instituciones del Estado. Quedará la huella de lo que tantos amigos y compatriotas justificaron o prefirieron callar. Y espero que comprendan que nosotros también tenemos derecho a practicar una cautelosa política de memoria.

