Publicado: mayo 9, 2026, 1:07 am
Herminda Bouzas, de 51 años, se lleva la mano a los ojos mientras el viento azota. Néstor, su pareja, le dice: «Cuéntales, cuéntales lo que pasó ayer», y se apoya en la casa de ambos: una autocaravana Fiat aparcada en un descampado al borde del mar, desde el que se ve, justo detrás de nosotros, el puerto tinerfeño de Granadilla de Abona. Justo donde va a fondear, en unas horas, el MV Hondius, desde hace días bautizado mundialmente como el crucero del hantavirus.
Herminda y Néstor llevan dos años viviendo aquí, en esta especie de pequeño pueblo flotante -unos van y otros vienen, pero muchos habitan el lugar de forma estable-, al lado del puerto que el mundo observará fijamente, cruzando los dedos para que la seguridad sanitaria sea total y no creemos entre todos otro covid, en la madrugada del próximo domingo.
Cuando haya que sacar a 147 pasajeros potencialmente contagiados de un hantavirus mortal de la tripa del crucero de lujo, para enviarlos o bien de vuelta a sus países en aviones, o al hospital tinerfeño de Candelaria .«Cuidamos del sitio, por eso está limpito y no ves basura, ¿a que está limpito?», dice Herminda, locuaz, descargando la comida que ha comprado, en un supermercado a kilómetros de aquí, en una pequeña alfombrita de cesped artificial junto a su incierta «casita».
«Otra cosa es que nos guste vivir aquí, en una caravana, que la verdad que no, pero es lo que hay», explica, mientras su perrita, Aquila, ladra a los desconocidos redactor y fotógrafo. «Pero es que la vida está muy perra… Dos años llevamos aquí. Tenemos los dos trabajo y antes vivíamos en una casa, ¿eh? Pero…».
Tanto el alquiler como la compra de vivienda en Canarias se han incrementado entre un 12% y un 15% entre 2025 y 2026, según diversos indicadores. Empujando a muchos locales a vivir en infraviviendas.
Y vuelve Néstor con lo de «pero cuéntales, cuéntales». Y se arranca Herminda, que en realidad es gallega, pero llegó aquí un poco errando, como todos los gallegos, y tiene una hija que «nació aquí pero se fue a Galicia porque le gusta más allí [sic]».
«Pues que estuve ayer en el hospital de Candelaria. Y bueno, llevaba muchas semanas quejándome de dolores en el cuello, y en la cabeza, ya no me podía peinar, ¿sabes? Porque me duele toda esta mitad de la cabeza», se señala a la testud. «Y resulta que me dicen que tengo un bulto malo en la garganta… Y dicen: ‘Pero señora, ¿cómo no vino usted antes?’. ¡Pero si yo he ido a la Candelaria un montón de veces, por estos dolores! Pero no me hicieron ni una prueba… Y ahora resulta que el bulto es malo, ay, dios mío».
Remata Néstor: «Te lo contamos porque todo el mundo en esta isla sabe que la Sanidad está fatal, que te atienden y te despachan de cualquier manera, pero anda, ahora vienen estos del crucero de lujo, y el Gobierno quiere hacer aquí un desembarco de la leche, y que vengan los ministros, y para eso no hay ningún problema. Pero vas siete veces a la Candelaria a que te vean, y sólo te encuentran el bulto malo a la octava, ya ver ahora si lo arreglan».
Cuando la ministra de Sanidad, Mónica García, anunció que sería en el puerto industrial de Granadilla, mastodóntico pero apenas utilizado, donde el MV Hondius evacuara a sus pasajeros, los periodistas comenzaron a buscar reacciones en los pueblos cerca de los cuales iba a desembarcar, tras aceptarlo el Gobierno español, el barco con el brote mortal de hantavirus.
El alcalde de Granadilla pueblo, en realidad a 12 kilómetros del puerto, se apresuró a rechazar el atraque, que finalmente será fondeo… Pero los únicos vecinos reales del lugar son los habitantes de las entre 20 y 30 caravanas que ocupan un descampado con vistas privilegiadas a la dársena, que viven aquí expulsados por la crisis de la vivienda que sufren las Canarias, que ha provocado un rosario de manifestaciones y expulsado a muchos locales a infravivir donde pueden, dado que la vivienda se ha convertido en un bien escaso, prohibitivo, «y sobre todo turístico, porque al final todo en Canarias es turismo, y por eso ya sólo pueden vivir aquí los turistas».
Lo dice Carolina, una mujer de mediana edad, profesora de instituto en Granadilla, que vive aquí «cuatro días de la semana», y el resto «en La Laguna». «Hay un montoncito de gente viviendo en este lugar siempre. Unos van y otros vienen, pero muchos están estables. Yo, bueno, aquí no molesto a nadie, hago mi vida», explica desde su Renault.
«Lo que no puede ser», agrega, «es que, cuando hay una urgencia así [los poderes públicos] echen el resto, y a los que vivimos aquí ni se nos escuche, ni se nos informe, y encima tengamos una Sanidad que te deja dos días en un pasillo porque no hay camas. Que a mí me ha pasado, hace nada. Yo estoy muy de acuerdo con ayudar a esta gente, y con que es una cuestión de humanidad: desde luego. Pero tenemos una Sanidad que es un desastre… Bueno, y que ni siquiera hay más de una cama en Candelaria para infecciosos, ¿eh? Que traen a estos aquí, pero si se ponen varios malos, a ver qué medios tienen».
Un poco más allá está Raúl, que trabaja desde hace 22 años en el almacén de Mercadona a escaso kilómetro y medio del muelle -que «abastece a toda la isla»-. «Trabajo ahí y vengo pa acá», explica. «Bueno, la gente aquí se monta unos chiringuitos que lo flipas, ¿eh? Y es muy tranqui».
Un poco más arriba está «el gallego», luego están «los alemanes», más allá «los de cerca de la playita [de pedruscos]», cuenta Herminda.
Que trabaja de camarera «en Los Cristianos», y Néstor, su pareja -a quien ella llama, muy canariamente, «papá»-, «recoge residuos». «Pues esta es nuestra vida, nos gustaría que fuera otra, pero bueno», dice, encogiendo los hombros. «Aquí se está bien, limpitos, y no molestamos a nadie. Y mira, así vienen a entrevistarnos por el… ¿Cómo se llama el virus ese?».

