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Ghosting al boomer: un amigo para Ábalos

Publicado: mayo 4, 2026, 2:07 pm

Supongo que podría haber sido amigo de José Luis Ábalos. No sé. Entre los hombres se produce una camaradería instantánea denostada en los últimos tiempos. Es una versión masculina de la sororidad, para que lo entiendan las teóricas. No se trata de la fascinación por la distribución de los tentáculos de su poder en los catálogos de mujeres -la prostitución es un vicio obsoleto- sino por la manera en que parece afrontar los problemas buenos y los problemas malos. Tener novia era un problema bueno. Ser juzgado por el Tribunal Supremo es un problema malo. Desde lejos, a cuatro banquillos de distancia, Ábalos resulta un tipo que cuenta bien las anécdotas, con cintura para afrontar lo que los mayores llaman vivir. Entre hombres suele ser suficiente. Sobre todo los que no presidimos la Sala Segunda del Tribunal Supremo escuchamos y no juzgamos. Por la nuca relucía la importancia que le había dado al día: el peluquero había perfilado su cuello al milímetro.

Al escuchar a Ábalos, un hombre criado en este milenio puede concluir que hay mejores maneras de afrontar la vida. La Generación Ábalos va sobrada de confianza. El sistema cumplió su parte del pacto y se nota. Ábalos tuvo más aplomo que los otros dos acusados, era un hombre enfrentado a su destino, tratando de surfear la ola negra de su biografía. Diluyó la declaración de Aldama con la primera frase. Al contrario del conseguidor, no le sorprendía nada la presencia de la selección socialista mundial. Dijo tener sensibilidad con Latinoamérica, aunque no aclaró cuál. Las relaciones extramatrimoniales van y vienen como si fuese lo más natural del mundo. Y los ordenadores resultan un asunto distante, cosas de chavales, sobre todo si son portátiles y mantienen al trabajador unido a la empresa fuera del horario, como decía que le ocurría a Jésica. La pareja no hablaba demasiado de aquel no-trabajo porque, francamente, había cosas más interesantes que hacer.

Declaró con voz tronante. Sonaba a Hotel Savoy. Pero qué hermosas eran es una canción de Joaquín Sabina que podría haber escrito Ábalos. Describe la vida y muerte de un puñado de matrimonios. Jésica fue la mejor de todas. Gracias a ella puso nombre a la cara de idiota que se le queda a los hombres en estos casos: ghosting. A un boomer le pasan cosas de toda la vida con otro naming. Aquel proyecto en común quedó varado en el limbo de las circunstancias: estaba casado. Jésica le rompió el corazón y la coartada: «No pasé ninguna noche en el piso de plaza de España».

Todo el mundo pudo ver que no había perdido el toque cuando salió al receso haciendo reír a la oficial. Sobre el menudeo de inmuebles en Madrid y su falta proverbial de dinero, algún amigo debería hablarle como un padre. Decirle ya basta al maestro de los sinvergüenzas. Con cariño.

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