Publicado: octubre 7, 2026, 10:07 pm

Tras casi catorce años de felipismo, con un último periodo marcado por una corrupción indecente cuyo recuerdo se ha diluido con el paso del tiempo, y con la actual corrupción sanchista, José María Aznar llegó a la presidencia del Gobierno en 1996 con el propósito de regenerar la democracia, una agenda reformista y la voluntad de modernizar el centroderecha español. Esa nueva derecha que quería Aznar pasaba también por construir una nueva relación con la burguesía barcelonesa y el catalanismo conservador que resolviera el llamado «problema catalán».
Un movimiento clave en esta dirección fue el fichaje como ministros de Josep Piqué y Anna Birulés, dos personas que contaban con el aval de Foment y de Jordi Pujol, y con las que Aznar lanzaba a las élites catalanas un mensaje claro: el Gobierno del PP no sería un agente hostil. En el plano teórico, parecía una estrategia acertada. «Buscaba un cambio de tercio, con una mirada basada en dos locomotoras, Madrid y Barcelona», escribió el ensayista Valentí Puig. Sin embargo, en la práctica no funcionó, principalmente por la negativa de Pujol a que CiU entrara en el Gobierno para ayudar a la gobernabilidad del Estado y, sobre todo, por el Pacto del Majestic, donde Aznar cedió demasiado y permitió al pujolismo patrimonializar el poder autonómico.
Esta lección histórica sobre las complicadas relaciones del PP con el poder catalán se la sabe bien Alberto Núñez Feijóo. También que el error de Aznar no fue Piqué, sino confiar en Pujol. Y no parece que vaya a perder el norte por los cantos de sirena que ya llegan a sus oídos, aunque en Génova 13 vean como una posibilidad de futuro llegar a acuerdos con «la nueva» Junts tras el 29-N.
En las últimas jornadas del Cercle d’Economia en Barcelona, Feijóo pronunció el que es el discurso más importante, por su claridad y contundencia, que un líder del PP ha dirigido en décadas a las élites catalanas: les dijo que no venía a pedirles favores para seguir adelante con su proyecto de recuperar la vida pública e institucional española tras ocho años de arrasador sanchismo, y que tampoco iba a aceptar tutelas ni chantajes.
Un discurso de altura que escoció en Barcelona. Pero Feijóo sabe asimismo que Cataluña -como Carles Puigdemont y Ada Colau- volverá a tener un peso importante en la política española. Primero, por aritmética electoral: en las pasadas elecciones, 40 de los 48 diputados catalanes apoyaron la investidura de Pedro Sánchez. EL 29-n EL PP necesita, pues, reducir el excesivo diferencial catalán del que se beneficia el PSOE. Segundo, porque Cataluña puede ser uno de los principales focos de contestación callejera a su Gobierno y a sus políticas, con la alianza entre la izquierda y el nacionalismo contra «un Gobierno facha».
Los graves disturbios del lunes en Barcelona con ecos del procés, al concluir la manifestación por la vivienda, son un antecedente de lo que podría venir serio y un aviso de que para Feijóo es imprescindible contar con complicidades en la sociedad civil catalana. En este afán, lleva meses buscando a su «Piqué»: una persona con suficiente prestigio entre la clase dirigente para ser un interlocutor de confianza y que además tenga la determinación para asumir un papel complicado, pero decisivo para el porvenir del Ejecutivo de Feijóo.
No lo está teniendo fácil el líder del PP en esa búsqueda. Ninguno de los nombres que han sonado en diferentes quinielas –Javier Faus, Aurora Catà, Pau Relat o Helena Guardans, entre otros- parece que vaya a acabar en el Consejo de Ministros por múltiples y diferentes razones. El problema al que se enfrenta Feijóo es que son muchos años de estigmatización del PP en la opinión pública catalana, de campañas de acoso desde la izquierda y el nacionalismo para convertirlo en un partido paria, y lógicamente es complicado encontrar a alguien ajeno a la política que esté dispuesto a ser un mártir y enfrentarse al señalamiento que le espera.
