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Sánchez o muerte. Esa es la cuestión

Publicado: octubre 5, 2026, 6:07 pm

Pues he seguido la comparecencia del presidente del Gobierno y quería empezar mostrando mi decepción porque no haya rematado compartiendo una playlist de Spotify, un cómic o elogiando una de esas novelas que no ha leído. Dado que la disyuntiva es votarle a él o inmolarnos como sociedad, país e incluso especie, habría agradecido unas recomendaciones para reivindicar el poder salvífico del arte frente al infierno del fascismo.

Supongo que no ha habido tiempo. El momento se ha presentado casi sin avisar y hay que aprovecharlo. Sánchez ha encontrado su bandera electoral. Para los comicios de noviembre ondeará la bandera de la vivienda para presentarse como antagonista de los especuladores. Como en 2018 se presentó como antagonista de la corrupción y en 2023 como antagonista del fascismo. La no convalidación de sus improvisados decretos de vivienda le servirá para sumarse a la indignación general y para señalar a la oposición como causante del malestar.

Pero de aquí al 29 de noviembre pueden pasar muchas cosas. Quién sabe si mañana estaremos hablando de una colección de Ferraris dorados que Zapatero guardaba en el garaje, sin afán patrimonial, pero valorados en millones de euros. O de una revelación sobre las cloacas. Quizá incluso de la crisis de Ceuta. Dios no lo quiera, porque en ese caso Sánchez es capaz de provocar un nuevo desahucio de Maricarmen para que retomemos el tema.

Arrancó la comparecencia del presidente con una afirmación que podríamos considerar, si no falsa, por lo menos, despistada:

«Hace más de tres años, las urnas y el Congreso de los Diputados decidieron volver a apostar por un Gobierno de coalición progresista»

Bueno. Las urnas no decidieron ningún Gobierno de coalición: eligieron un Parlamento. Y el Congreso invistió después a Sánchez gracias a una suma de apoyos heterogéneos. Si algo demuestra el hecho de que durante la legislatura no se haya presentado siquiera un proyecto de Presupuestos Generales del Estado, o que la semana pasada decayeran los decretos Maricarmen es precisamente que nunca ha existido una mayoría parlamentaria progresista estable. Hubo un pacto de investidura, comprado con una amnistía, y después no hubo nada.

El propio presidente lo admite un poco después cuando lamenta haber tenido que lidiar con «un Congreso muy bronco en el que -absurdamente- muchos confunden «pactar» con «renunciar» y «bloquear» con «vencer»».

Resulta cómico que un hombre que tiene a Óscar Puente de ministro y a Gabriel Rufián de aliado se queje del tono bronco de la oposición.

Si el Congreso (tan bronco) podía bloquear las iniciativas del Gobierno es porque el Gobierno no tenía el apoyo de la Cámara, es decir, porque no existía esa mayoría de la que presume el presidente. Por lo demás, llamar «bloquear» a votar contra una iniciativa parlamentaria define bien el tono de la comparecencia. Votar contra una ley no es bloquear la democracia, sino ejercerla. Llamar obstruccionismo a una mayoría parlamentaria que rechaza una iniciativa implica suponer que esa mayoría estaba obligada a aprobarla. Y eso sí resulta una concepción bastante peculiar de la democracia.

Pero quizá el momento cumbre de populismo sea este:

«Hemos tenido que batirnos contra élites económicas y sociales muy poderosas que no se presentan a las elecciones pero que quieren seguir controlando nuestro país»

No porque criticar grupos de poder económico sea populista per se. Puede haber grupos de presión y concentración de poder perfectamente documentables. El problema es la construcción nosotros (representantes de la voluntad popular) frente a ellos (élites no electas que pretenden detener nuestra noble tarea de mejorar la vida de la gente).

Además, «élites económicas y sociales muy poderosas» carece de referente concreto. ¿Empresas? ¿Bancos? ¿Medios? ¿Fondos? ¿Equipos de fútbol? La indefinición permite construir un antagonista moral sin someter la acusación a comprobación.

Dicho esto, es justo reconocerle al presidente la transparencia de su populismo. No inventa fórmulas nuevas, ni disimula: se apunta a la contraposición tradicional entre pueblo virtuoso y élite corrupta. En materia de populismo, nuestro presidente es un clásico.

En este mismo marco se insertan sus lamentos sobre «la peor oposición que ha conocido nuestra democracia». No se explica por qué variable es la peor. ¿Respeto institucional? ¿Número de leyes bloqueadas? ¿Violencia verbal? ¿Pactos de Estado? ¿Corrupción? ¿Intentos de golpe de Estado? Pero volvemos a lo mismo: el truco para sufrir menos a la oposición es cuajar mayorías estables. Supongo que también ayuda no insinuar que trabajan para Spectre, el senador Palpatine o Gargamel.

«Nosotros hemos transferido […] más recursos que nunca […]. Y ellos han comprado áticos y privatizado hospitales»

Un momento, presidente. ¿Está usted a favor de recuperar competencias para el Gobierno central? Porque los centralistas, como un servidor, estaríamos encantados. En ese caso, sería bueno explicitarlo, porque lo que se deduce de sus palabras es que usted no reniega de las autonomías, siempre que las autonomías se plieguen a las políticas que dicta el Gobierno central. Y eso es un poquito tramposo. También lo es la caricaturización infantil del adversario: áticos frente a recursos públicos. El presidente ganaría si dejara de tratar a los españoles como si fuéramos Patxi López.

No miente el presidente cuando saca pecho por las cifras económicas de España (aquí las autonomías gobernadas por el PP, que son casi todas, parecen no haber estorbado), pero la asociación tácita que hace entre el crecimiento del PIB y el bienestar de los ciudadanos exige alguna cautela: PIB agregado y empleo agregado no equivalen automáticamente a prosperidad individual.

Dice Sánchez: «El poder adquisitivo […] ha aumentado el triple que en Francia y Alemania». Puede ser verdad en la ventana temporal que haya escogido. El problema es precisamente la ventana. Entre 2000 y 2024, según los datos de la OCDE, el poder adquisitivo de los salarios anuales en España aumentó apenas un 5,1%, frente al 19,4% de media en la OCDE. Y después del reciente episodio inflacionario, los salarios reales españoles han tardado particularmente en recuperar el terreno perdido: en el primer trimestre de 2025 los salarios reales españoles seguían un 4,2% por debajo de su nivel del primer trimestre de 2021. El truco de seleccionar período y contrincantes para maximizar el resultado deseado nos lo sabemos todos. También un niño de seis años crece más rápido que Pau Gasol.

Una de mis partes favoritas ha sido su orgullo al declarar: «Nos hemos negado a sacrificar nuestro estado de bienestar en el altar del 5%». Ya saben: ¿gasto en defensa o estado de bienestar? Entre tanques para asesinar niños inocentes y camas de hospital para curarlos, el Gobierno ha elegido lo segundo. Alabado sea. Insisto, presidente: no todos somos Patxi López.

Al pasar a limpio la comparecencia emerge el único leitmotiv: la elección del bien contra el mal. El bien se dedica a denunciar «genocidas cuando otros callaban» y se pasa los días «combatiendo a los tiranos, a los tecnoligarcas y también a los especuladores». Y el mal, naturalmente, se alinea con toda esta recua de villanos.

De ahí desembocamos en la gran elección del 29 de noviembre. Donde los españoles no elegiremos entre distintas concepciones del interés general, sino entre estar en el lado correcto de la historia o caer en perpetua desgracia. El 29 de noviembre tenemos dos opciones: votar a Sánchez o suicidarnos como nación. Que gane el mejor.

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