Publicado: octubre 24, 2026, 4:07 am
Ya saben ustedes que por propio gusto yo solo escribiría de libros de escritores muertos y exposiciones de arte renacentista, pero quizá convenga echarle una ojeada al curso de la precampaña electoral.
Terminamos la semana con la izquierda casi eufórica. Vaya usted a saber por qué. Fuera de la placenta algorítmica que los protege del contacto con la realidad, la llegada de la derecha al poder continúa siendo la única hipótesis válida en el 90% de los escenarios simulados por el 100% de los demóscopos fiables, incluidos los progresistas. Lo que explican estos mismos expertos es que esa suma de 200 escaños entre PP y Vox que desde su escaño voceaba Rufián -¿qué habrá sido de él?- siempre ha sido una ficción: de nuestro Luis Miller al mismísimo Iván Redondo, pasando por Kiko Llaneras o Ignacio Urquizu, todos coinciden en que la cifra ronda más bien los 190 y no se mueve de ahí en este momento procesal. O sea, con las elecciones convocadas, las maquinarias de los partidos tomando todavía velocidad de crucero (o de Titanic) y el común de los votantes desperezando sus opiniones al respecto.
Pero algo ha cambiado en la percepción del electorado sanchista, y qué otra cosa puede ser el progresismo del siglo XXI sino una percepción, tan subjetiva como la seguridad de los ceutíes para Marlaska. Lo importante nunca fue la realidad sino la expectativa que un elector que se ve derrotado se fabrica de ella. Sin desdeñar ese 10% de opciones que tiene siempre la derecha de cagarla, la batalla es de naturaleza puramente anímica: Moncloa y su loroparque mediático necesitan inducir al menos la moral del empate. Por eso me recitó Iván en Cope el haiku dadá de los «diez escaños y un penalti». Se trata de inocular la posibilidad del milagro en el alma escéptica del abstencionista de izquierdas, de modo que llegue al 29 de noviembre planteándose en serio levantarse del sofá. Pero una cosa es lo que quieren venderte los mercaderes y otra muy distinta lo que compran finalmente los clientes tras ocho años de trolas de zoco marroquí.
Cuando la realidad es tozuda, la izquierda y la adolescencia suelen refugiarse en el amor. La semana comenzó con un beso entre Pedro y Begoña en el marco incomparable de Fuenlabrada, escenario tan romántico como la incineradora de Valdemingómez, uno de los no-lugares favoritos de Ignacio Peyró. Pero había que borrar de la memoria del votante el rastro de plumas de buitre dejadas por Montse Mínguez, por cuyo horizonte alimenticio no hemos de temer mientras Sergi se comporte como un caballero. Y la semana ha terminado con Pedro en vaqueros confesando «una vida sexual activa» a Broncano. ¿Suficiente para creer en la remontada? A mí no me miren. Yo aquí solo puedo responder como el camarero de Pasión de los fuertes cuando le preguntan si ha estado enamorado alguna vez. «No, señor. Yo he sido camarero toda mi vida». Lo mismo me ocurre con la fe de la izquierda.
De esperanza también se vive y el no ya lo tienes, como le decíamos al amigo que se había fijado en la chica equivocada. Desde la lucidez que otorga la distancia sentimental, uno solo ve razones para el desencanto. Maricarmen ya duerme el sueño de los justos. Ada Colau ilusiona tanto como otro invierno en el Donbás. El caos en las calles alimenta la añoranza de orden. Milei se fue sin el abrazo de Abascal, que de momento está evitando con inteligencia avivar la estrategia movilizadora del sanchismo. Cándido se alinea con el Supremo, que envía un ultimátum a Bolaños y al pequeño Albares mientras a Pedraz se le agota la paciencia. Y podríamos seguir. Pero oye, Begoña y Pedro dan uso al colchón. ¡Empate!

