Publicado: junio 30, 2026, 4:08 am

La Unión Europea atraviesa una crisis existencial. El mundo estable, basado en normas al que estaba acostumbrada se derrumba a una velocidad de vértigo. Sus motores económicos no carburan, la energía barata que alimentaba las industrias procedente de Rusia se acabó con la invasión de Ucrania y la creciente agresividad de Estados Unidos y China amenazan con relegarla a un segundo plano geopolítico.
El escenario al que estaba acostumbrado el bloque durante todos estos años ya no existe. Hay problemas para acceder a materias primas críticas, las cadenas de valor fallan, se rompen, se levantan barreras arancelarias por doquier y las grandes potencias ‘dopan’ a sus industrias estratégicas con ayudas públicas para construir campeones nacionales.
En este clima de pesimismo, el bloque busca abrirse paso, afianzar su posición en un mundo que se aleja cada vez más de los valores europeos: la estabilidad, el respeto a las normas, el libre comercio. Con este telón de fondo, el ejecutivo comunitario -es decir, la Comisión Europea- busca soluciones de puertas para dentro. Y fía la recuperación a uno de los grandes activos de la unión: un mercado único con más de 450 millones de consumidores.
Este mercado único europeo, que permite la libre circulación de bienes, servicios personas y capitales por el territorio comunitario, fue alumbrado en 1993 por Jacques Delors, uno de los presidentes de la Comisión Europea más longevos y quizá el más influyente de toda la historia del club europeo.
Sin embargo, la obra de Delors quedó incompleta. Aunque esa libre circulación existe en la teoría, en la práctica el territorio comunitario está plagado de barreras. Hace aguas. En la UE no hay un único mercado de capitales que permita grandes operaciones de inversión, las empresas que buscan financiación se encuentran, en la práctica, con 27 mercados diferentes, cada uno con sus propias normas.
Lo mismo sucede con las empresas. La proliferación de decenas de normas diferentes en cada país -o incluso dentro de un mismo país- para hacer negocios supone una gran barrera para hacer negocios en el Viejo Continente. Tampoco hay una unión energética real, con una red de interconexiones que permita a los Veintisiete disfrutar de las ventajas de una energía barata. Una ventaja competitiva de la que sí disfrutan Estados Unidos o China, los grandes rivales comunitarios. Y también falta una libertad de movilidad real en investigación, ciencia o conocimiento.
Ante esta tesitura, la UE ha puesto en marcha recientemente una hoja de ruta para abordar estos desafíos en los próximos años y culminar, al fin, el mercado único europeo. Bajo el nombre One Europe, One Market, la Comisión, el Parlamento y el Consejo de la UE buscan implementar medio centenar de reformas con un denominador común: tapar los agujeros del mercado único y lograrlo antes de que llegue el año 2028.
El documento agrupa iniciativas políticas legislativas en cinco grandes grupos, que van desde simplificar la normativa, reforzar la integración del mercado único, potenciar los acuerdos comerciales con otros bloques, bajar los precios de la energía al tiempo que se descarboniza la economía y se impulsa la transformación digital y la IA.
De esta forma, se busca sacar el máximo rendimiento a un mercado en el que participan 26 millones de empresas, 450 millones de consumidores y que, si fuera una sola economía, sería la segunda más grande del mundo, con un peso sobre el PIB global del 18%, según refleja un informe reciente del Banco Central Europeo (BCE).
En Bruselas reconocen que es complicado abrir un negocio, que para una empresa es difícil operar en varios países europeos, que las reglas de la UE son excesivamente complejas. También hay voces que lamentan que se tarda mucho tiempo en reconocer las cualificaciones profesionales y que hay decenas de normativas diferentes para un mismo proceso.
En cualquier caso, en la Comisión Europea prefieren centrarse en los aspectos positivos. «Nos enfocamos demasiado en lo que nos falta, en nuestras debilidades, en lugar de centrarnos también en nuestras fortalezas», señalaba la comisaria europea responsable de Startups, Investigación e Innovación, Ekaterina Zaharieva en una conversación con periodistas españoles el lunes.
«Nuestro mayor desafío es que todavía estamos fragmentados. Cuando preguntas al sector privado, los científicos, los fundadores de startups a menudo dicen que necesitan expandirse a otros Estados miembros. Pero es difícil, se tarda mucho y es caro», admitía. Un problema que se suma a la cuestión de las financiación. «Nuestras scaleups [startups ya consolidadas que buscan seguir creciendo] deciden salir fuera de Europa porque todavía no tenemos una unión de mercados de capitales», añadía.
El éxito o fracaso de este impulso por cerrar la eterna tarea pendiente de culminar el mercado único dependerá del siempre difícil encaje entre la visión del Ejecutivo comunitario y de las veintisiete capitales europeas. A menudo reticentes a renunciar a aspectos de su soberanía para ceder competencias a la Unión Europea.
