Publicado: septiembre 5, 2026, 3:00 am
China llegó a quedarse con ocho de cada diez barriles que exportaba Venezuela, pero Estados Unidos acaba de entrar en ese reparto de una forma que va bastante más allá de comprar petróleo. Washington se ha asegurado acceso privilegiado a 65.000 millones de barriles venezolanos, más que los cerca de 46.000 millones que mantiene como reservas probadas dentro de sus propias fronteras, mediante 17 campos concedidos durante un siglo a North American Blue Energy Partners, una petrolera privada venezolana conocida por sus siglas NABEP. La paradoja resulta difícil de pasar por alto porque el mayor productor mundial de crudo acaba de reservarse durante décadas petróleo de otro país.
El acuerdo va además mucho más allá de una inversión empresarial. El Gobierno estadounidense controlará el 35% de la matriz de NABEP, podrá comprar a coste una quinta parte de toda su producción y tendrá derecho preferente sobre el 80% restante en determinadas emergencias. Washington contará incluso con capacidad de veto sobre los nombramientos de su consejo de administración.
¿Para qué quiere Washington semejante control si ya produce más petróleo que ningún otro país? Estados Unidos bombeó una media récord de 13,6 millones de barriles diarios en 2025, alrededor de un 40% más que Rusia o Arabia Saudí, y a finales de agosto su producción rozaba ya los 13,9 millones.
Precisamente esa abundancia hace que el interés por Venezuela resulte más llamativo ahora que el conflicto con Irán ha vuelto a recordar que producir mucho petróleo no garantiza tener siempre suficientes barriles disponibles donde y cuando se necesitan. El tráfico por el estrecho de Ormuz continúa alterado y el crudo vuelve a cotizar bajo la presión de una posible interrupción del suministro, lo que convierte cualquier fuente situada fuera de Oriente Medio en una pieza mucho más valiosa.
Y Venezuela tiene petróleo de sobra, pero durante años buena parte de esos barriles estuvo prácticamente fuera del alcance de Estados Unidos. Las sanciones empujaron a Caracas hacia los pocos compradores dispuestos a recibir su crudo y China terminó absorbiendo alrededor del 80% de sus exportaciones, mientras Venezuela aceptaba fuertes descuentos para mantenerlas abiertas.
De manera que Washington no está entrando ahora en un mercado vacío, sino en uno en el que Pekín había conseguido ocupar una posición de privilegio.
El barril que falta
La respuesta a por qué Estados Unidos vuelve a mirar hacia Venezuela empieza en un detalle que suele perderse cuando se habla de producción de petróleo. EEUU bombea casi 14 millones de barriles diarios, pero buena parte del crecimiento de los últimos años procede del shale, el petróleo que se extrae mediante fracturación hidráulica de formaciones rocosas y que, en el caso del crudo estadounidense, suele ser más ligero y contener menos azufre que el venezolano.
Muchas refinerías de Texas y Luisiana fueron construidas, sin embargo, para trabajar con petróleos más pesados y con mayor contenido de azufre, justo las características de buena parte del crudo de Venezuela. Esa diferencia explica por qué Estados Unidos sigue necesitando importar determinadas variedades pese a la enorme cantidad de petróleo que produce.
El barril venezolano no tiene, por tanto, que sustituir necesariamente al que sale de Texas o Nuevo México, sino que puede complementarlo. De ahí que recuperar ese suministro tenga sentido incluso para un país que ya produce más crudo que ningún otro.
Chevron parece dispuesta a apostar dinero por esa lógica. La petrolera ha anunciado más de 7.000 millones de dólares de inversión durante los próximos cinco años y quiere más que duplicar su producción venezolana hasta alrededor de 600.000 barriles diarios. La compañía calcula además costes totales inferiores a 20 dólares por barril, lo que dejaría margen incluso si el precio internacional del petróleo retrocede con fuerza.
¿Y dónde irán?
Hasta aquí podría pensarse que el misterio está resuelto. Venezuela produce crudo pesado, las refinerías estadounidenses lo necesitan y, por tanto, los nuevos barriles terminarán en Estados Unidos. Pero la letra pequeña del acuerdo apunta a algo bastante más amplio.
Washington podrá comprar a coste de producción el 20% de todo el petróleo que extraiga NABEP. ¿Qué significa eso? Que no tendrá que acudir al mercado y pagar el precio internacional por esos barriles, sino que podrá adquirirlos por lo que cuesta producirlos. Además, mantendrá derecho preferente sobre el otro 80% cuando aparezcan determinadas situaciones de emergencia.
Esto ya no se parece tanto a una compra normal de petróleo. Se parece más a asegurarse una opción de compra sobre una enorme fuente de suministro para utilizarla cuando resulte necesario.
La propia Casa Blanca ofrece una pista al señalar que una parte de ese petróleo puede utilizarse para ayudar a rellenar la Reserva Estratégica de Petróleo, el gran almacén de emergencia que Estados Unidos mantiene para responder a guerras, interrupciones de suministro o crisis energéticas. No quiere decir necesariamente que los barriles venezolanos vayan directamente a esas reservas. El crudo pesado puede ir a las refinerías y permitir que otros barriles estadounidenses, más adecuados para almacenarse, terminen en la reserva.
La diferencia parece pequeña, pero cambia bastante la pregunta inicial. Estados Unidos no solo se asegura petróleo para consumir hoy. También gana margen para decidir qué petróleo entra en sus refinerías, cuál puede reservar para una emergencia y qué volumen podría reclamar si el mercado internacional vuelve a sufrir un corte importante.
¿Quién manda ahora?
Ese derecho preferente cuando falte petróleo puede terminar siendo más importante que los barriles que lleguen ahora a Estados Unidos. Venezuela todavía necesita años de inversión para recuperar buena parte de la producción perdida, pero Washington se ha asegurado ya una posición privilegiada sobre una parte de lo que pueda bombear en el futuro.
El petróleo venezolano seguirá teniendo muchos destinos. Una parte irá a las refinerías estadounidenses, otra continuará viajando hacia Europa o Asia y algunos barriles pueden ayudar indirectamente a reconstruir la Reserva Estratégica de Estados Unidos. China tampoco desaparecerá necesariamente como comprador.
El reparto será bastante distinto cuando llegue la próxima crisis. Washington tendrá derecho a comprar una quinta parte a coste y, sobre todo, podrá ponerse el primero en la fila para reclamar buena parte del 80% restante.
