Publicado: mayo 16, 2026, 12:08 pm

Ha sido un mes de fuertes ganancias, con el menor número de decepciones empresariales en 25 años, al margen de la recuperación tras la pandemia, y con muy poca actividad militar directa en el estrecho de Ormuz, aunque también con pocos barcos atravesando esta vía marítima clave. Mientras esa calma sostiene a los mercados, la eurozona acaba de crecer solo un 0,1% y los primeros indicadores de actividad ya han empezado a mandar señales de alerta.
El desfase entre mercado y economía vuelve a colocar a los inversores ante un problema conocido. El PIB puede seguir en positivo, el empleo puede resistir y los beneficios empresariales pueden salir mejor de lo esperado mientras la inversión se enfría, los bancos cierran el grifo y las encuestas de actividad se deterioran antes de que llegue una señal oficial de recesión.
Ese retraso es lo que vuelve tan difícil anticipar el cambio de ciclo. La recesión rara vez se ve primero en el dato que la confirma. Antes suele aparecer en la financiación, en los pedidos, en los márgenes y en las decisiones de inversión.
La tasa de paro de la eurozona se mantuvo en el 6,2% en marzo, cerca de mínimos históricos, y el empleo todavía avanzó en el arranque del año. Ese dato mantiene viva la lectura de resistencia, pero el crecimiento interanual del PIB ya se moderó al 0,8%, desde el 1,3% registrado al cierre de 2025.
Mientras tanto, el PMI compuesto de la eurozona bajó en abril a 48,8 puntos, desde 50,7 en marzo, y volvió a situarse por debajo del umbral de 50 que separa expansión y contracción. La señal más relevante llegó de los servicios, que cayeron a 47,6 puntos, su peor lectura en 62 meses.
Mientras el empleo aguanta, el diagnóstico se vuelve más difícil, porque una economía puede perder velocidad durante meses antes de que las empresas empiecen a destruir puestos de trabajo.
Y lo que más preocupa: la inflación de la eurozona subió al 3% en abril, desde el 2,6% de marzo, con la energía creciendo a una tasa anual del 10,9%. El dato llega después del giro de los PMI y del endurecimiento de los préstamos bancarios, en un momento en el que el Banco Central Europeo (BCE) ya no mira solo al crecimiento. Con inflación más persistente y los gobiernos más endeudados, la hipótesis de estanflación e incluso una recesión no parece tan descabellada.
El riesgo para el inversor no está solo en que la actividad se frene, sino en que se frene sin que los bancos centrales tengan margen para responder con la rapidez de otros ciclos.
Estados Unidos ofrece otra cara más amable porque su economía todavía corre más que la europea. En el primer trimestre, el PIB estadounidense avanzó un 0,5% trimestral y un 2,7% interanual. El FMI también mantiene una previsión más alta para el país, con un crecimiento del 2,3% en 2026, pero el punto débil aparece en la capacidad de respuesta si el ciclo se tuerce.
Desde la gestora Apollo advierten que las finanzas públicas estadounidenses no están preparadas para una recesión. Su análisis recuerda que, durante las recesiones, el déficit suele ampliarse alrededor de cuatro puntos de PIB por el aumento de las prestaciones por desempleo y la caída de los ingresos fiscales. Con una deuda pública cercana a los 39 billones de dólares y tipos largos todavía elevados, una nueva emisión de deuda llegaría en un momento menos favorable para repetir el manual de 2008 o 2020.
Activos contra la recesión
Morningstar ha revisado ocho recesiones en Estados Unidos para ver qué activos protegieron mejor el dinero de los inversores. La conclusión es que cuando la economía se complica, los bonos de buena calidad suelen aguantar mejor que casi todo lo demás.
Las grandes empresas estadounidenses no siempre sirven de refugio. En cinco de esas ocho recesiones, las acciones de gran capitalización terminaron en negativo. En la crisis financiera, por ejemplo, la caída durante el periodo oficial de recesión fue del 24%, y el golpe real entre máximos y mínimos fue todavía mayor.
Los bonos de alta calidad, en cambio, acabaron en positivo en las ocho recesiones analizadas. Tiene lógica. Cuando aumenta el miedo, los inversores buscan activos más seguros y líquidos. Además, la Reserva Federal (Fed) suele bajar tipos en esos momentos, algo que ayuda al precio de los bonos.
También funcionaron bien los bonos del Tesoro a largo plazo, aunque no siempre fueron los grandes ganadores. La deuda de alto rendimiento, en cambio, fue menos fiable.
El oro también ganó terreno en las recesiones, aunque el resto de materias primas fue mucho más irregular. Las compañías de pequeña capitalización y la bolsa internacional ofrecieron resultados mixtos y, en varias ocasiones, llegaron a caer tanto o más que Wall Street.
Las carteras 60/40 y las más diversificadas quedaron en un punto intermedio. Protegieron mejor que una cartera cargada solo de acciones, pero no tanto como una exposición más clara a bonos de calidad. La diversificación ayudó, aunque no siempre fue suficiente para evitar pérdidas.
