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Las otras víctimas del 'crimen' ferroviario: «No deberíamos dejar que salga ningún tren hasta que se arregle esto»

Publicado: noviembre 1, 2026, 12:07 am

De aquella curva maldita de Angrois, a Margot le quedan 67 placas de titanio en la cara y una manía: cuando se dispone a cruzar un semáforo, piensa que va a ser atropellada.

De aquel túnel oscuro del Metro de Valencia donde perdió a su hermana Maika, a Beatriz le queda la obsesión de demandar siempre luz y transparencia.

De aquella rotura en el raíl en Adamuz que le arrancó a la madre, a Fidel le queda un pegamento universal: su fe descomunal en Dios.

Son tres víctimas de algo que sucedió hace tiempo, pero que -advertimos- lo siguen siendo hoy. Lo eran antes de la tragedia de Urda, claro: cada día. Pero sobre todo -otra vez- lo vuelven a ser después del nuevo accidente ferroviario del miércoles. Como un surco que se desborda cuando vuelve a llover sobre mojado.

Antes de las 20.41 horas del 24 de julio de 2013, Margot Viguera iba dormida llegando a la estación de Angrois (Santiago).

Antes de las 13.03 horas del 3 de julio de 2006, Beatriz acababa de comer y tenía el móvil sin batería.

Antes de las 19.45 horas, del 18 de enero de 2026, Fidel estaba viendo la tele.

Son cosas que se recuerdan lo mismo que la jornada de un apagón.

Y entonces, tan solo un segundo más tarde, el mundo patas arriba. Un antes y un después. La certeza de que ni la vida ni los semáforos volverán a ser igual.

-Hola, Margot. No sé si te acuerdas de mí.

-¿Eres el de EL MUNDO, verdad?

-El mismo.

-Pues estos días no estoy nada bien. Ya te puedes imaginar…

Margot Viguera. Angrois. 80 muertos.

El accidente.

«Entonces tenía 37 años. Iba desde Madrid a Coruña, porque mi padre se había caído y estaba hospitalizado. Mi hermana me dijo que cogiese el primer tren para ir hasta allí y así lo hice. Cogí el tren porque era un medio que me daba seguridad y los aviones, en cambio, me daban miedo. El viaje estaba siendo normal. Fui a la cafetería. Volví. Me quedé medio dormida… Hasta que noté que el vagón se despendolaba, que iba demasiado rápido. Desperté en el suelo. La persona que viajaba a mi lado estaba muerta encima de mí. Había un silencio muy bestial. Una de mis piernas era un saco de huesos rotos y tenía la cara destrozada. Al poco, la gente empezó a gritar, a pedir ayuda. Esas voces se fueron apagando poco a poco. Vi el caos de fuera, la gente atrapada, miembros de personas… Me rompí todos los huesos de la cara: la frente, la nariz, las cuencas de los ojos, la mandíbula; también el esternón, las costillas, las dos piernas; sufrí un aplastamiento de vértebras; tuve un neumotórax… Yo pensaba que iba a morir«.

Después del accidente.

«Fueron cuatro operaciones faciales: la primera, de nueve horas. Llevo 67 placas de titanio en la cara. Cuando me recuperé, veía un monstruo en el espejo. Y lo sigo viendo. Me cuesta mirarme: me pongo gafas de sol, me tapo con el flequillo. Trece años después, sigo en terapia psicológica y psiquiátrica. Tengo ansiedad crónica. Crees que avanzas y, a veces, algo hace clic dentro de ti y retrocedes, como cuando no pude volver a conducir hace dos años. Me he vuelto muy insegura. En los semáforos, pienso que me van a atropellar, en los aviones me imagino que nos estrellamos… Al principio, me sentía culpable porque había 80 muertos y yo seguía viva. No he querido ver nada del accidente de Urda. Va a ser un calvario para ellos. No podemos seguir así».

Beatriz, que perdió a su hermana en Valencia.

Beatriz, que perdió a su hermana en Valencia.DAVID GONZÁLEZ

Bea Garrote. Valencia. 43 muertos.

El accidente.

«Tenía el móvil sin batería. Me enteré del accidente del Metro por la radio. Estaba comiendo en un bar cercano al trabajo y en las noticias salían imágenes de la tragedia. Aquello me parecía morboso y no quise mirar. Pensaba que aquello no iba conmigo. Mi marido me contactó al final en el teléfono fijo y me dijo que no encontraban a mi hermana Maika, que iba en aquel metro. Serían las cuatro de la tarde. No acabas de creerlo. Es como una pesadilla. Me fui a casa y la familia nos repartimos para tratar de buscarla. La encontramos en el hospital de La Fe».

Después del accidente.

«Estaba en coma. Murió a los tres días. Tenía 41 años. Estos días revives las heridas. Si en 2006 me parecieron increíbles aquellos fallos de seguridad, 20 años después me dejan perpleja. Las heridas que me quedan son las del maltrato institucional. Las víctimas han de estar acompañadas desde el principio. Tiene que haber transparencia y luz con las familias, que no tengan el mínimo atisbo de que no se les dice la verdad… Nuestra asociación estuvo ocho años saliendo todos los días 3 de cada mes a protestar. Hasta que se reconoció la responsabilidad de lo ocurrido. A veces éramos 70 o menos. Con el tiempo, se va haciendo doloroso. El ruido mediático que hay ahora por intereses partidistas desaparecerá tras las elecciones. Lo importante es que la democracia sea madura, que se den todas las respuestas. Algo no funciona. No se pueden nombrar determinados cargos políticos en los que no prima el perfil técnico».

Fidel, junto a su madre, víctima del accidente de Adamuz en enero de este año.

Fidel, junto a su madre, víctima del accidente de Adamuz en enero de este año.

Fidel Sáenz. Adamuz. 46 muertos.

El accidente.

«Cuando me enteré de lo de Urda, volví a aquel maldito día de Adamuz, me trasladé a aquel 18 de enero… Estaba en casa, viendo la tele sin quitarme la ropa de trabajo. Tenía que ir a buscar a mi madre, que había ido el fin de semana a Madrid con mis dos hijos, mi sobrino y mi hermano para invitarles a ver El Rey León. Mi madre, Natividad, iba sentada con uno de mis hijos… Me llamó mi padre y me comentó lo del accidente. Yo pensaba que se trataba de una avería, que se habría atravesado un animal, pero no… Pasa lo de Urda y, en fin, vuelves a escuchar aquella llamada, a ir con el coche a toda velocidad hasta Córdoba para intentar saber, a recorrer pasillos, hospitales, a tratar de traerme a mamá, sin conseguirlo…».

Después del accidente.

«Entonces pones la radio y vas escuchando cifras y se te pone muy mal cuerpo. Alguien me llamó tras el accidente a la altura de Bonares para decirme que mi hijo estaba caminando descalzo por la vías. Imagina lo que sentí. Mis hijos se salvaron, mi sobrino y mi hermano también. Mamá murió. Dos días y medio después de buscarla por todas partes, la encontramos. Viendo la dimensión de la tragedia solo puedo darle las gracias a Dios por dejar que los niños sigan con nosotros… Los psicólogos me dijeron que tenía dos caminos: el de la luz y el de la oscuridad. Yo he pegado puñetazos a paredes de la rabia, he llorado, pero he elegido la luz, que es mi fe. ¿Mi sentimiento hoy? Es de incredulidad con lo que está sucediendo. No quiero que el odio se apodere de mí. Pido justicia. Que los españoles despierten y no dejemos que salga ningún tren de ninguna estación hasta que no se arregle esto… Después de lo de mi madre, decidí no volver a coger un tren. Los psicólogos me dijeron que tenía que superarlo. La semana pasada volví a hacer el mismo recorrido y llegué a mi destino. Y ahora esto… Se acabó el tren».

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