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La España que va de Fátima Báñez a Óscar Puente

Publicado: octubre 31, 2026, 3:07 am

Actualizado Viernes,
30
octubre
2026
–
22:48

El tuit que puso en la mañana de la ¿última? tragedia ferroviaria el todavía titular del Ministerio de Transportes rezaba escuetamente así: «La superioridad moral de la izquierda». Es una declaración de inocencia preventiva que deberá estudiar el juzgado de Orgaz que ya investiga las posibles responsabilidades penales de la nueva masacre. Lo previsible es que descarte este argumento del ministro, porque el derecho, desde los romanos, se ha especializado en la distinción entre los hechos y las presunciones. Este proceso racional de escrutinio jurídico, invulnerable al embrujo del relato, ha acertado a calificarlo con precisión el propio Puente: «El calvario que me espera». Su calvario, en todo caso, será mucho menor del que ya están viviendo los familiares de las víctimas cuyos restos han tenido que ser localizados por los perros de la policía forense. Su proceso de identificación ha debido comenzar por el olfato de un perro porque los cuerpos han quedado irreconocibles para la vista humana.

Digamos ya que Óscar Puente no ha matado a Fátima Báñez. Este hombre, que cualquier día se dará cuenta de que bastante tiene con lo que tiene, ha reconocido ser él mismo una pequeña pieza de ese proyecto de país que llamamos sanchismo. Un proyecto donde mueren 115 usuarios de la alta velocidad española con nueve meses de diferencia. Entre ellos estaba Fátima Báñez. Un destino macabro se ha complacido en ofrecernos en la hora final el antagonismo perfecto, la madre de todos los contrastes morales, la refutación silenciosa que la talla política de la difunta hace de sus censores. Báñez era todo lo que la política española no se podía permitir perder; Puente es toda la mezquindad que vino a sustituirla. El resultado, ocho años después de la moción, se cuantifica por sumarios de corrupción, por estadísticas de pobreza, por odio, vergüenza.

Pasadas las diez de la mañana del miércoles me entró un mensaje de Lorenzo Amor, presidente de los autónomos españoles, enviado desde la estación de Santa Justa, en Sevilla. Se había desplazado hasta allí junto con otros compañeros de la patronal para recibir a Fátima Báñez, que viajaba en el último vagón del Iryo. Lorenzo me contó preocupado que Fátima no respondía a sus llamadas. Decidí escribirle a ella un escueto mensaje: «¿Estás bien?». Antiguamente cobrábamos conciencia de la muerte visitando cementerios; ahora contemplamos aterrados la pantalla muda de un chat de Whatsapp.

Con la miserable excepción de RTVE, que calzó en el mismo titular el anuncio del deceso y la contestación de los sindicatos a su reforma laboral -copiada luego por Yolanda Díaz para asegurar el único legado económico positivo del que puede presumir este Gobierno-, la opinión pública ha despedido a Báñez con rara unanimidad en el elogio. Sabemos que el carácter nacional predispone a la generosidad necrológica, pero del arte de enterrar bonito han estado excluidos a menudo los políticos, no digamos ya si son políticos de derechas. O incluso de centro. Adolfo Suárez murió en plena erupción quincemista, y todavía recuerdo los ataques furibundos de los indignados de Sol al hombre que reposa bajo este epitafio: «La concordia fue posible».

El ministro tiene razón: su dimisión ya es irrelevante. Su futuro está en manos de las urnas, después de los tribunales, en todo caso de la historia que ya lo ha condenado. Él encarna como nadie la catadura del puto amo, que no acepta la dimisión porque Puente es, con perdón de los muertos, su última víctima. Y la usará hasta que no quede nada.

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