Publicado: octubre 24, 2026, 10:08 am

Europa sigue creciendo y creando empleo, pero sus trabajadores apenas habrán recuperado un 1,4% de poder adquisitivo desde 2019, según las previsiones de la Comisión Europea para este año. Siete años de recuperación económica que contrastan con las protestas que vuelven a recorrer Francia, Italia, Bélgica, Portugal y España, donde miles de personas reclaman mejores salarios, viviendas asequibles y servicios públicos. La economía de la Unión Europea avanzó un 1,4% interanual en el segundo trimestre de 2026, pero esa mejora apenas se refleja en los ingresos reales acumulados de sus trabajadores. Y el malestar ya está llegando también a las empresas y los mercados financieros.
Francia se ha convertido en el epicentro de las movilizaciones. Las protestas estudiantiles por la falta de profesores y el deterioro de las instalaciones escolares se han extendido a las calles, donde las reclamaciones por el coste de la vida han terminado mezclándose, en algunos lugares, con disturbios y saqueos. Unas 1.500 tiendas y establecimientos comerciales han sufrido daños, mientras los inversores exigen más del 5% de rentabilidad para comprar deuda francesa a diez años, un nivel que no se veía desde 2002.
El descontento también ha provocado enfrentamientos en Milán, Turín y Bolonia, mientras Bélgica registra movilizaciones contra las medidas de austeridad y Portugal reúne a decenas de miles de manifestantes que reclaman salarios y pensiones más elevados. Allí, el encarecimiento de la vivienda ha llevado incluso las tiendas de campaña hasta el centro de Lisboa y Oporto, una protesta que tiene su reflejo en Madrid, donde la Puerta del Sol acoge desde finales de septiembre una acampada iniciada tras el desahucio de Maricarmen Abascal, de 87 años.
Las reivindicaciones varían entre países, aunque buena parte de ellas coincide en denunciar el encarecimiento de los gastos cotidianos. Eurostat acaba de confirmar que la inflación de la eurozona alcanzó el 3,8% en septiembre, frente al 3,2% de agosto, impulsada especialmente por la energía, cuyos precios aumentaron un 18,8% interanual. Un nuevo repunte que llega cuando los hogares todavía están intentando recuperar el terreno perdido durante los años anteriores.
Siete años después
Los alimentos y las bebidas no alcohólicas se han encarecido un 34% en la Unión Europea desde agosto de 2021, según datos de Eurostat. Los salarios también han aumentado, pero no todos han conseguido compensar esa subida. En España, el salario mínimo bruto permite comprar aproximadamente un 5% menos de alimentos que hace cinco años, mientras en Francia la pérdida alcanza el 4%.
La pérdida de capacidad de compra frente a determinados productos coincide con otra cifra. Según las previsiones de la Comisión Europea, los salarios reales de la Unión apenas serán un 1,4% superiores a los de 2019 al finalizar 2026. Y ese promedio esconde situaciones muy distintas, porque en Francia los trabajadores seguirán acumulando una pérdida del 2,4% y en Italia del 3,9%, mientras Portugal registra una mejora del 18,1%.
¿Cómo se explica entonces que también los portugueses estén protagonizando algunas de las mayores movilizaciones por el coste de la vida? Una parte de la respuesta aparece en la vivienda, cuyo encarecimiento ha avanzado mucho más deprisa que los ingresos de numerosos hogares. En Portugal, los precios inmobiliarios se han más que duplicado desde 2017, mientras miles de personas denuncian las dificultades para encontrar alquileres asequibles en las principales ciudades.
El problema se extiende a otros mercados europeos, donde quienes compraron una vivienda hace años han visto revalorizarse su patrimonio mientras los nuevos compradores necesitan dedicar cantidades cada vez mayores para acceder a ella. Desde 2015, los precios residenciales han aumentado alrededor de un 60% en la Unión Europea, una evolución que ha abierto una distancia creciente entre quienes ya son propietarios y quienes intentan independizarse.
Y esa dificultad queda parcialmente oculta cuando se observan únicamente los datos agregados de renta, empleo o consumo. La Comisión Europea señala que casi la mitad de los jóvenes de entre 18 y 34 años continúa viviendo con sus padres, una situación que responde a circunstancias diferentes, pero que también refleja las dificultades para formar un hogar independiente en numerosos países.
El crecimiento engaña
La contradicción resulta especialmente llamativa al comparar esos problemas con las cifras de actividad económica. Según Eurostat, el PIB de la Unión Europea creció un 0,7% en el segundo trimestre de 2026, mientras la eurozona avanzó un 0,6%. En términos interanuales, los aumentos fueron del 1,4% y del 1,2%, respectivamente, confirmando que ambas economías mantienen una expansión moderada pese a las dificultades de los últimos años.
Pero ese crecimiento mide la producción total y no cuánto mejora el nivel de vida de cada ciudadano. Una economía puede producir más porque incorpora trabajadores, aumenta sus exportaciones o eleva la inversión, sin que todos esos avances se traduzcan en incrementos equivalentes del consumo por habitante. Tampoco los beneficios se reparten de forma homogénea entre asalariados, pensionistas, propietarios de viviendas y personas que dependen de prestaciones sociales.
Por otro lado, la limitada recuperación salarial coincide con unas demandas de protección social que encuentran a los gobiernos comprometidos con un gasto público muy elevado. En 2024, la Unión Europea destinó 4,93 billones de euros a prestaciones sociales, equivalentes al 27,3% del PIB. De esa cantidad, unos 2,04 billones correspondieron a prestaciones de vejez, principalmente pensiones, la partida más cuantiosa dentro de unos sistemas que también financian sanidad, desempleo, vivienda y ayudas familiares.
La desconexión entre las estadísticas y la realidad de muchos hogares también aparece en la vivienda, principal foco del debate político en España. Según la Comisión Europea, el esfuerzo medio para pagarla se redujo ligeramente en 2025, pero el porcentaje de ciudadanos que teme perder su hogar por dificultades económicas alcanzó el 7,6%, frente al 1% anterior a 2020. Una contradicción que ayuda a entender por qué las protestas continúan incluso donde los indicadores económicos muestran una mejoría.
