Publicado: octubre 11, 2026, 4:08 am

Europa lleva más de cuatro años gastando miles de millones de euros para dejar de depender del gas ruso, y ahora Estados Unidos estudia la posibilidad de participar en el negocio de volver a llevar ese mismo combustible hasta Alemania. La operación, todavía en fase exploratoria, incluiría la entrada de inversores estadounidenses en los gasoductos Nord Stream, el sistema de gasoductos que durante años llevaron el gas ruso directamente hasta Alemania a través del mar Báltico y que quedó fuera de servicio en 2022, cuando la guerra de Ucrania precipitó la ruptura energética entre Moscú y Europa.
Las conversaciones, reveladas el 8 de octubre, implican a Jared Kushner, enviado estadounidense y yerno de Donald Trump, y Kirill Dmitriev, representante económico cercano a Vladímir Putin. Ambos están explorando la posibilidad de incorporar capital estadounidense a la infraestructura, aunque todavía se desconoce quién asumiría la inversión, cuánto dinero estaría dispuesto a aportar y bajo qué condiciones podría reanudarse el suministro.
La iniciativa se enmarca en contactos económicos más amplios vinculados a un eventual acuerdo para poner fin a la guerra de Ucrania, lo que abre la puerta a que Washington participe en un negocio del que sus propias empresas energéticas se han beneficiado enormemente desde que Rusia perdió buena parte del mercado europeo.
Nord Stream 1 tenía capacidad para transportar 55.000 millones de metros cúbicos de gas al año desde Rusia hasta Alemania, mientras que Nord Stream 2, que nunca llegó a entrar en funcionamiento, estaba diseñado para mover otros 55.000 millones. Entre ambos sumaban una capacidad de 110.000 millones de metros cúbicos anuales, un volumen de gas que, tomando como referencia los precios europeos de estos días (77–78 euros por megavatio hora) y suponiendo que ambos gasoductos funcionaran a plena capacidad, tendría un valor bruto cercano a los 90.000 millones de euros anuales.
Para Moscú, recuperar una parte de ese negocio supondría volver a ingresar miles de millones de euros de un mercado que prácticamente ha perdido desde la invasión de Ucrania. Según la Comisión Europea, Rusia suministraba a la UE unos 150.000 millones de metros cúbicos de gas al año antes de la guerra, frente a los 36.000 millones de 2025. En apenas cuatro años ha perdido más de tres cuartas partes de ese mercado y su participación en las importaciones europeas se ha reducido del 45% al 13%. Un espacio que han ocupado otros proveedores, especialmente Estados Unidos, cuyas compañías energéticas se han convertido en grandes beneficiarias de la ruptura comercial entre Moscú y Bruselas.
Según la Administración de Información Energética estadounidense (EIA), las exportaciones de gas natural licuado de Estados Unidos hacia Europa alcanzaron en 2025 una media récord de 10.300 millones de pies cúbicos diarios, frente a los 6.300 millones del año anterior. Europa absorbió aproximadamente el 68% de las exportaciones estadounidenses de este combustible, convirtiéndose en un mercado fundamental para las compañías que han ampliado sus instalaciones para atender una demanda que antes cubría en buena medida Rusia.
Ahora Washington podría encontrar una segunda vía para hacer negocio en ese mismo mercado. De materializarse la operación, las empresas estadounidenses seguirían vendiendo su propio gas licuado a Europa, mientras otros inversores del país podrían obtener ingresos por utilizar Nord Stream para transportar el gas ruso.
¿Gana Europa?
El regreso del gas ruso obligaría a las compañías estadounidenses a disputarse de nuevo los clientes europeos con el proveedor al que habían sustituido y, si el suministro aumentara considerablemente, podría provocar una caída de los precios. Sería un alivio para industrias como la química o la siderúrgica, que llevan años soportando una factura energética muy elevada. Sin embargo, también devolvería a Moscú una importante fuente de ingresos y abriría la puerta a recuperar una dependencia que Europa ha gastado miles de millones de euros en reducir.
Lo más sorprendente es que Washington y Moscú están estudiando esa posibilidad cuando Bruselas acaba de aprobar precisamente lo contrario. La Unión Europea ha puesto fecha al final de las importaciones de gas ruso, que deberán desaparecer prácticamente por completo durante 2027. Eso significa que la entrada de inversores estadounidenses en Nord Stream no bastaría para reabrir el negocio. El gas seguiría siendo ruso y su llegada a Europa continuaría prohibida, independientemente de quién fuese el propietario de las tuberías.
A las dificultades legales se suma el estado de los propios gasoductos, porque las explosiones de 2022 dañaron gravemente tres de sus cuatro tuberías y cualquier inversor tendría que asumir el coste de recuperarlas. Washington y Moscú pueden negociar su futuro, pero antes tendrán que resolver cuánto vale una infraestructura que lleva años sin generar ingresos y, sobre todo, quién estaría dispuesto a pagar por unos gasoductos que podrían no volver a transportar una sola molécula de gas.
