De una infancia errante a reinventarse en Bélgica, la epopeya que empezó con un curso de francés: “Me siento bien y tiene sentido” - Argentina
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De una infancia errante a reinventarse en Bélgica, la epopeya que empezó con un curso de francés: “Me siento bien y tiene sentido”

Publicado: septiembre 21, 2026, 6:00 am

Creció en San Isidro y Mar del Plata, hija de una madre soltera que “decidió tenerme sola y seguir adelante”, y aprendió temprano que una familia puede construirse por fuera del molde esperado. Un curso de francés por aplicación la conectó con un joven belga, y aquella charla diaria de treinta minutos, camino al trabajo, terminó convertida en el amor de su vida. Entre papeles, idiomas y la sensación de “valer menos que una ciudadana”, tejió en Namur una vida con sentido, dedicada hoy a acompañar a personas con discapacidad.

En Bélgica existe una maquinaria descomunal capaz de levantar barcos enteros de un nivel de agua a otro, como si el canal decidiera, por un instante, desafiar la gravedad. Quienes la observan por primera vez sienten asombro: una embarcación completa suspendida en el aire, cambiando de altura sin perder jamás el rumbo. Migrar se le parece bastante. También implica soportar el peso propio, sostenerse en una estructura ajena y aceptar el tiempo que exige el ascenso, hasta tocar, del otro lado, un nivel nuevo de vida. Marcela Ivars, nacida en Los Polvorines y hoy vecina de Namur, conoce ese mecanismo mejor que casi cualquiera. Lo vivió en carne propia.

“Le pregunté si era verdad que yo no tenía un padre”

Todo empezó mucho antes del canal, incluso antes que Bélgica, en un jardín de infantes de San Isidro. Una compañerita le dijo, “como si eso fuera una falta”, que carecía de padre, y la frase la sacudió tanto que le tiró del pelo, episodio que hoy recuerda entre risas. “Le pregunté en ese momento si era verdad que yo no tenía un padre”, cuenta, y ese día marcó el comienzo de una identidad familiar armada a pulso, distinta a la de manual: una madre trabajadora en casas ajenas, un padre que llegaría después, desde Miramar, “el que me dio el apellido y el que considero mi verdadero padre”.

De Buenos Aires a Mar del Plata y, a los nueve años, a Miramar, un pueblo costero que al principio le resultó chico. “Mi mamá me supo convencer de que había animales”, relata, y el primer encuentro con una vaca “en vivo y en directo” quedó grabado como una revelación de infancia. Ahí también empezó a soñar, primero con ser princesa, luego bailarina, cantante, y finalmente locutora o periodista, “la idea de poder estar cerca de la verdad, cerca del acontecimiento y poder hacer las preguntas”. La adolescencia trajo baja autoestima, una comunidad evangélica que le dio pertenencia y un largo rodeo profesional: estudió maestra especial, abandonó, y terminó formándose como psicopedagoga, “un largo camino para llegar acá”.

Un idioma, una aplicación y un destino compartido

Aprender francés parecía, por años, un capricho sin urgencia. Para sostener la motivación, una amistad le recomendó Tandem, una aplicación que conecta hablantes nativos de distintas lenguas. Puso un apodo corto, Mar, y ese nombre atrajo la atención de un usuario belga. “Empezamos a hablar, pero tuvimos buen feeling”, relata, y desde ese primer contacto la conversación se volvió diaria, treinta minutos camino al hospital donde trabajaba, coincidentes con la diferencia horaria entre ambos países. “De a poquito nuestro vínculo se fue transformando, hasta que al final se empezó a sentir como si fuéramos una pareja”, describe, “eso fue como algo mágico, porque ocupamos el lugar sin haberlo dicho”.

Cuando él anunció su primer viaje a la Argentina, la relación salió del secreto familiar. Las reacciones fueron dispares: un hermano respondió apenas con un “ah” que le dolió, otro investigó hasta la genealogía del pretendiente para confirmar su identidad, y su padre, al escuchar “belga”, imaginó equivocadamente que sería oriundo del Congo (Belga, claro). El primer encuentro incluyó una noche en el Teatro Colón viendo “Romeo y Julieta”, y ella lo describe con una imagen que repite hasta hoy: “transmite paz, con sus ojos celestes calmos, tranquilos, como si fuera el mar”.

Viajó a Bélgica en diciembre de 2018, conoció a la familia de él durante las fiestas navideñas y fue recibida “con respeto”, pese al comentario curioso de la suegra sobre “por qué iba tan lejos a buscar una mujer”. Recién en 2021 tomaron la decisión definitiva de vivir juntos, un proceso que exigió tramitar el divorcio pendiente de su matrimonio anterior y despedirse, al menos temporalmente, de su hijo adolescente, quien eligió quedarse en la Argentina “por sus amistades, por el resto de su familia”. Emigrar significó abandonar un país que apenas conocía por dentro: “Provengo de un hogar bastante pobre, puedo decir incluso que vacacionar era algo muy difícil, así que para mí era un montón irme a vivir afuera”.

El precio y el premio de reinventarse

El idioma se transformó en el primer obstáculo serio. Aprendió, entre otras cosas, que pedir pan exigía cierta ceremonia lingüística ajena a su costumbre argentina: “Hasta que comprendí que se dice yo quisiera”, explica, tras notar miradas incómodas en la panadería por su modo directo de pedir. Pero el idioma resultó apenas el principio de una travesía burocrática mucho más dura. Sin residencia definitiva, carecía de autorización para trabajar y, durante un tiempo, ignoraba que existían organizaciones capaces de enseñarle francés aún sin papeles en regla. “Me sentí menos que un ciudadano por bastante tiempo -confiesa-, “lloré bastante por eso.

Poco a poco encontró organizaciones especializadas en acompañar a migrantes: talleres de francés, orientación laboral, seguimiento individual para “fortalecer” y “trabajar tu estima”. Sacar el registro de conducir belga, indispensable para su trabajo actual, le tomó cuatro intentos del examen teórico. Terminó formándose otra vez, esta vez en Bélgica, y hoy trabaja como “educatriz” en un centro diurno para personas adultas con discapacidad, donde los martes coordina un taller de cocina. “Me siento bien y tiene sentido”, resume sobre esa tarea que, según cuenta, le devolvió el propósito perdido durante los años de trámites.

La vida cotidiana en Namur incluye bicicleta hasta el trabajo, lecturas compartidas con su pareja en dos idiomas al mismo tiempo, escapadas en kayak y caminatas por la naturaleza, además de un ritual curioso: cada año eligen un personaje histórico, de Miguel Ángel a Leonardo da Vinci, y dedican meses a investigarlo por placer. Extraña, dice, “esa sencillez” argentina de caer de visita a lo de una amiga sin avisar, aunque compensa con mate importado y con la certeza de haber elegido bien. Sobre su familia de origen guarda gratitud explícita: “Mi mamá me parece una mujer muy valiente” y su padre, agrega, “me ha tratado como su verdadera hija”.

Mar, de una infancia errática a reinventarse en Bélgica

El proyecto más cercano ya tiene fecha tentativa: pasar tres meses recorriendo la Argentina junto a su pareja durante este año. Entre viajes, formaciones y un trabajo que la convoca por entero, Mar describe su presente con una frase que funciona casi como cierre natural de la epopeya: seguir formándose, seguir viajando, seguir, sencillamente, “construyendo una vida propia del otro lado del océano”.

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