Publicado: junio 4, 2026, 1:00 am
Parece que el término conservante siempre tiene consideraciones peyorativas. Cuando se habla de estas sustancias, muchas personas intuyen oscuras moléculas, con devastadores efectos para la piel y el medio ambiente, y una amenaza potencial sobre nuestra salud. Afortunadamente nada es cierto, y estas sustancias son seguras y eficaces.
Pero, ¿qué es un conservante y para qué se usa?
Un cosmético es una mezcla de sustancias grasas, factores hidratantes, activos y moléculas que cumplen distintos propósitos. Estabilizantes para mantener la estabilidad y la consistencia, emulsionantes que en el caso de las cremas producen la mezcla de la emulsión. Quelantes y antioxidantes, que impiden que el producto se oxide y por tanto se deteriore, absorbentes del olor, polímeros para mantener la viscosidad, además de perfume, colorantes y por supuesto conservantes.
Cuando en un laboratorio fabricamos un cosmético, siguiendo las buenas prácticas de fabricación. El producto es estéril (sin carga microbiológica) o esta es muy escasa. La Unión Europea establece los parámetros de seguridad microbiológica, que varían en el caso de los productos para bebés, contornos de ojos, o situaciones especiales. Indica también que el producto tiene que tener una completa ausencia de patógenos, es decir, de microorganismos que puedan producir enfermedades en la piel. Todos estos parámetros son cumplidos a rajatabla por los laboratorios y la Agencia del Medicamento supervisa que las normativas se cumplan.
Los laboratorios tenemos que garantizar la seguridad del cosmético dentro de sus dos fechas de caducidad. Una con indicación del mes y del año que indica que el cosmético sin abrir estará en condiciones de utilizarse de forma segura. Y otra que pasa más desapercibida que se llama ‘tarro abierto’ y que suele indicarse con el signo de un envase abierto y una cifra que puede ser 3/6/12 meses.
Esto indica que una vez abierto el envase tenemos que usarlo antes de ese periodo. Para mayor seguridad yo siempre recomiendo si no vamos a ser constantes en el uso del producto, guardarlo en la nevera o en un sitio fresco donde la estabilidad es mayor para el cosmético. Esto es especialmente importante en los meses cálidos, en los que las altas temperaturas favorecen el crecimiento de los microorganismos.
Así que hemos comprado un tarro de crema, lleno de estupendas posibilidades para nuestra piel y lo vamos a empezar a usar. ¿Qué pasa a partir de ese momento? Desde el momento en que introducimos los dedos en la crema para aplicárnosla, introducimos los hongos, virus y bacterias que hay en nuestra piel. Y aunque nos lavemos las manos previamente (lo que es muy aconsejable), seguimos teniendo una carga microbiana importante. La emulsión que hemos comprado es una mezcla extraordinariamente rica de lípidos, agua y moléculas nutritivas. Y con todo ese festín cualquier bacteria se pone a comer como el kiko y a multiplicarse, aprovechando ese medio tan rico.
Para evitarlo, contamos con unas moléculas especiales que se conocen genéricamente como conservantes. Estas materias pueden ser bactericidas o bacteriostáticas. Las segundas impiden que los microbios se multipliquen, pero no matan a los que ya existen. Mientras la bactericida sería un ejemplo de asesino general. Un antibiótico, a nivel humano, es un ejemplo de bactericida. Si tenemos una infección, el antibiótico destruye al enemigo.
Así que con la excepción de los envases monodosis (que por otro lado suponen un enorme desperdicio medioambiental) todos los cosméticos necesitan conservantes que impidan que el producto se estropee o nos produzca problemas. Muchas veces se usan como complemento unas sustancias llamadas ‘boosters’ que potencian la acción del conservante. Así estos se pueden utilizar aún a menor dosis, con la misma eficacia.
La Unión Europea verifica que solo sustancias seguras se usen en cosméticos. Existe una lista de sustancias prohibidas y permitidas y aún estas tienen fijados unos márgenes. Siempre y por encima de todo está la seguridad del consumidor.
Desde hace unos años se usan moléculas que no tienen la categoría oficial de «conservantes» aunque tengan el mismo efecto y que químicamente se llaman glicoles. Se usan en marketing porque permiten poner la frase SIN CONSERVANTES. Esto es posible porque los glicoles tienen otros usos en cosmética y no solo como antimicrobianos.
Es decir, que puedes poner en el cosmético que no contiene conservante. Aunque lo contenga, porque esa sustancia puede servir para más acciones, como emoliente, estabilizante o viscosizante; independientemente de su efecto para acabar con los microorganismos
He de decir que no me gusta especialmente la moda de SIN… Parece que la única bondad del producto sea lo que no contiene. Un juego un poco triste, porque la la mayoría de las materias suelen estar prohibidas por la ley. Y no tiene ningún mérito no incorporarlas. Siempre recomiendo que busquemos cosméticos activos, que beneficien a la piel. Y no simplemente la ausencia de materias que ya raramente se utilizan.
