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¿De verdad podemos saber nuestra edad biológica? La ciencia pone a prueba los relojes del envejecimiento

Publicado: octubre 19, 2026, 7:00 am

Cumplir 50 años no significa necesariamente tener un organismo de 50 años. Dos personas nacidas el mismo día pueden presentar diferencias importantes en su estado cardiovascular, metabólico o inmunitario y, desde hace años, la ciencia intenta convertir esas diferencias en algo medible: la llamada edad biológica. Una de las herramientas que más expectación ha generado son los relojes epigenéticos, algoritmos capaces de analizar determinadas modificaciones químicas del ADN y producir una estimación relacionada con el envejecimiento. La posibilidad resulta fascinante: ¿podríamos saber no solo cuántos años hemos vivido, sino a qué velocidad está envejeciendo nuestro organismo? Un nuevo estudio publicado en Nature Medicine somete estos relojes a una de sus pruebas más importantes hasta la fecha.

Los relojes epigenéticos se basan principalmente en la metilación del ADN, pequeñas modificaciones químicas que aparecen en determinados lugares del genoma y cuyos patrones cambian con la edad. El investigador Steve Horvath desarrolló en 2013 uno de los relojes epigenéticos más influyentes, capaz de estimar la edad a partir de múltiples tejidos humanos. Desde entonces han surgido nuevas generaciones de relojes: algunos intentan aproximarse a la edad cronológica; otros, como GrimAge o DunedinPACE, buscan captar aspectos relacionados con mortalidad, enfermedad o velocidad de envejecimiento. Es una diferencia fundamental: todos reciben coloquialmente el nombre de “relojes”, pero no están midiendo exactamente lo mismo.

El nuevo trabajo, liderado por Raghav Sehgal y Albert Higgins-Chen, de la Universidad de Yale, ha creado TranslAGE, una base armonizada que reúne 51 estudios longitudinales de intervenciones en humanos y un total de 3.128 muestras. Los científicos volvieron a analizar esos datos utilizando de manera consistente 16 relojes epigenéticos diferentes y otros 94 biomarcadores de metilación del ADN. El objetivo era comprobar algo esencial: si estos instrumentos pretenden utilizarse algún día para determinar si una intervención retrasa el envejecimiento, primero hay que saber si realmente responden cuando el organismo es sometido a una intervención. Como explican los autores, estos biomarcadores podrían permitir monitorizar los efectos de una intervención «sin necesidad de ensayos que duren décadas».

Diferentes relojes, diferentes reacciones

Y los resultados contienen una advertencia importante para la creciente industria de los test de edad biológica: los relojes no reaccionan todos de la misma manera. Los desarrollados para predecir mortalidad o velocidad de envejecimiento fueron los que mostraron las respuestas más fuertes y consistentes ante las intervenciones estudiadas. En cambio, los distintos modelos pueden ofrecer resultados discordantes porque fueron construidos para captar aspectos diferentes del envejecimiento. El estudio también concluye que las características de las personas estudiadas y la duración de la intervención influyen de manera importante en la respuesta de estos biomarcadores. Por eso, obtener de un test una edad epigenética inferior a la que figura en nuestro DNI no equivale automáticamente a demostrar que viviremos más o enfermaremos menos.

La investigación analizó intervenciones muy diferentes, desde cambios de estilo de vida y dieta hasta suplementos y tratamientos farmacológicos. En conjunto, los investigadores observaron que las intervenciones farmacológicas —en particular algunos tratamientos anti-TNF y la metformina en los estudios incluidos— provocaban cambios intensos en determinados biomarcadores de metilación, superiores en algunos análisis a los observados con suplementos, dieta o modificaciones del estilo de vida. Eso no demuestra que esos medicamentos rejuvenezcan a las personas, ni justifica utilizarlos con ese objetivo. Lo que demuestra es algo bastante más concreto: determinados marcadores epigenéticos son sensibles a cambios biológicos provocados por intervenciones médicas.

Esta distinción es crucial. Un reloj puede cambiar después de una intervención y, sin embargo, todavía debemos demostrar que ese movimiento se traduce en menos enfermedades, mayor esperanza de vida saludable o mayor supervivencia. Steve Horvath, uno de los pioneros mundiales de estos biomarcadores, resume el desafío en un comentario publicado en Nature Medicine: el nuevo estudio constituye “the first systematic test” de si los relojes de metilación del ADN se comportan como debería hacerlo un marcador sustituto del envejecimiento. Es decir, deberían cambiar ante un beneficio clínico real y permanecer estables cuando ese beneficio no existe.

Precisamente por eso estos relojes interesan tanto a la investigación sobre longevidad. Esperar 20 o 30 años para comprobar si una intervención prolonga la vida hace extraordinariamente difíciles los ensayos clínicos sobre envejecimiento. Disponer de un biomarcador validado permitiría obtener señales mucho antes. Los autores consideran que sus resultados pueden ayudar a diseñar futuros ensayos seleccionando mejor qué relojes utilizar, qué población estudiar, cuánto debe durar el seguimiento y qué biomarcadores resultan más informativos. Los llamados relojes “explicables”, que descomponen su resultado en varios componentes, proporcionaron además más información sobre qué procesos biológicos podían estar cambiando, en lugar de limitarse a ofrecer una única cifra de edad.

Prudencia ante los avances

Pero todavía estamos lejos de disponer de un equivalente biológico del DNI. El propio estudio parte de un problema que ha acompañado al campo durante años: diferentes investigaciones han utilizado relojes distintos, poblaciones diferentes y metodologías poco comparables, dificultando determinar si las discrepancias procedían de verdaderas diferencias biológicas o simplemente de la forma de medirlas. Además, el valor pronóstico de algunos relojes —su asociación con enfermedad y mortalidad— está mejor establecido que su capacidad para actuar como marcadores sustitutos capaces de demostrar que una intervención realmente ralentiza el envejecimiento. El trabajo de Nature Medicine supone un avance precisamente porque compara numerosos relojes bajo un mismo marco analítico, no porque haya resuelto definitivamente qué significa rejuvenecer.

La gran promesa, por tanto, sigue intacta, pero exige prudencia. Quizá algún día un simple análisis de sangre permita determinar con suficiente precisión a qué velocidad envejecemos y comprobar si hacer ejercicio, modificar nuestra alimentación o recibir un determinado tratamiento está cambiando esa trayectoria. Por ahora, los relojes epigenéticos son herramientas científicas extraordinariamente prometedoras, pero no máquinas capaces de predecir cuánto vamos a vivir. La pregunta ya no es únicamente “¿qué edad biológica tengo?”, sino una mucho más importante: ¿qué significa realmente que mi reloj haya retrocedido? La ciencia acaba de dar un paso importante para poder responderla.

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