Publicado: octubre 18, 2026, 3:00 am
La llegada de la menopausia puede producir cambios que van mucho más allá de los conocidos sofocos. El descenso de los estrógenos puede modificar los tejidos vaginales y su microbiota y favorecer problemas como sequedad, escozor o dolor durante las relaciones sexuales. A estos cambios físicos pueden sumarse el cansancio, las dificultades para dormir, el estrés o el estado de ánimo, factores que también pueden repercutir sobre el deseo sexual.
Así lo explica Ana Sierra, psiconutricionista y jefa del Servicio de Psiconutrición de Clínica Neogenia, con motivo del Día Mundial de la Menopausia, que se celebra el 18 de octubre. La especialista defiende que estos síntomas deben abordarse teniendo en cuenta la situación global de cada mujer. “Cuando una mujer consulta por sequedad, dolor o menor deseo, necesitamos saber también cómo duerme, cómo se encuentra emocionalmente y qué está ocurriendo con su salud digestiva”, señala.
Una de las transformaciones que pueden producirse afecta directamente a la vagina. Durante la etapa reproductiva predominan en muchas mujeres diferentes especies de Lactobacillus, bacterias que ayudan a mantener un pH vaginal ácido. Con la reducción de los estrógenos, el tejido vaginal puede hacerse más fino, perder elasticidad y lubricarse peor. Al mismo tiempo, puede aumentar el pH y disminuir la presencia de lactobacilos. Sequedad, escozor, molestias urinarias y dolor durante las relaciones forman parte del denominado síndrome genitourinario de la menopausia.
El dolor, una parte del problema
Sin embargo, la microbiota no permite explicar por sí sola la intensidad de estos problemas. Recuperar una mayor presencia de lactobacilos, por ejemplo, no significa necesariamente que desaparezcan todos los síntomas. Algo parecido sucede con el denominado estroboloma, el conjunto de genes de la microbiota intestinal relacionados con la producción de enzimas que participan en el metabolismo de los estrógenos. “El estroboloma nos ayuda a entender que el metabolismo hormonal también tiene una relación con el intestino. Sin embargo, no podemos prometer que un probiótico vaya a recuperar la lubricación o el deseo”, advierte Sierra.
El dolor puede convertirse, además, en una pieza importante del problema. Cuando las relaciones sexuales resultan dolorosas de manera repetida, la mujer puede comenzar a anticipar que volverán a serlo. Esa preocupación puede aumentar la tensión del suelo pélvico y dificultar todavía más la respuesta sexual. “Que el cerebro participe en la respuesta al dolor no significa que la molestia sea imaginaria. El dolor es real y puede hacer que la mujer anticipe una experiencia desagradable”, explica la especialista.
La disminución del deseo sexual durante la menopausia tampoco afecta a todas las mujeres ni tiene una única causa. Además de los cambios hormonales, la sequedad o el dolor, pueden intervenir las alteraciones del sueño, el estrés, el cansancio, determinados medicamentos, el estado de ánimo o la propia relación de pareja. Y existe una diferencia importante: tener menos lubricación no significa necesariamente tener menos deseo, aunque sufrir molestias persistentes durante las relaciones sí puede acabar disminuyendo el interés sexual.
Hidratantes vaginales y lubricantes
Por ello, identificar cuál es el problema predominante resulta fundamental antes de decidir cómo abordarlo. “No todas las mujeres llegan a la consulta por el mismo motivo. Algunas tienen deseo, pero sienten dolor; otras están agotadas, duermen mal o han perdido interés. Escuchar esa diferencia es necesario para decidir qué atención puede ayudarles”, afirma Sierra. Dependiendo del origen de las molestias, existen diferentes posibilidades terapéuticas.
Entre ellas se encuentran los hidratantes vaginales y lubricantes y, cuando estén indicados, los tratamientos hormonales locales u otras terapias prescritas por el ginecólogo. La fisioterapia del suelo pélvico también puede resultar útil cuando existe una alteración muscular, mientras que la atención psicológica o sexológica puede abordar el miedo al dolor y las consecuencias que este provoca sobre el deseo o la relación de pareja. Los hábitos saludables y la alimentación contribuyen al cuidado de la salud general y digestiva, pero no sustituyen el tratamiento específico de los problemas vaginales.
En cuanto a los probióticos, la evidencia disponible sigue siendo limitada y no permite considerarlos una solución general para la sequedad, el dolor o la pérdida del deseo sexual. La clave, por tanto, está en no asumir estos problemas como una consecuencia inevitable que deba soportarse en silencio. “El objetivo es comprender qué está ocurriendo en cada mujer y coordinar la atención que necesita. La menopausia no obliga a resignarse al dolor, y una disminución del deseo que genera malestar merece ser escuchada y valorada”, concluye Sierra.
