Publicado: octubre 8, 2026, 2:00 am
A principios del siglo XX, cuando las terapias contra el cáncer apenas iban más allá del escalpelo, un médico alemán llamado Paul Ehrlich tuvo una idea que hubiese sonado a ciencia ficción: ¿sería posible desarrollar un tratamiento capaz de reconocer por sí solo a las células enfermas, golpearlas con precisión y no tocar nada más? La bautizó con un nombre tan bonito como idealista: la bala mágica. El problema es que en su época aquello era, sencillamente, imposible: faltaban dos cosas, un elemento que buscase a las células enfermas y un fármaco potente capaz de eliminarlas.
Ese fármaco llegó a mediados del siglo XX con la quimioterapia, que ha salvado incontables vidas, aunque daña a todo lo que se divide rápido, no solo a las células tumorales. Seguía faltando la manera de dirigir la bala mágica.
La respuesta llegó del sistema inmunitario: los anticuerpos, moléculas que, como misiles teledirigidos, reconocen una diana concreta entre millones y se pegan solo a ella. En los años 70 aprendimos a fabricarlos a la carta, y la receta pareció clara: coges un anticuerpo que sepa encontrar a la célula tumoral, le enganchas un fármaco que la mate, y ya está, la bala mágica de Ehrlich hecha realidad. El nombre técnico es anticuerpos unidos a fármacos, o ADCs.
Cómo funcionan los Anticuerpos Unidos a Fármacos
Un ADC es como un dron de reparto programado para entregar en una dirección muy concreta. El dron es el anticuerpo, que reconoce la diana de la célula tumoral y se dirige únicamente a ella; el paquete es el fármaco, una carga muy potente que elimina la célula desde dentro, y que por sí sola sería demasiado tóxica para todo el cuerpo. La diferencia entre rociar un edificio entero con insecticida o llamar solo a la puerta del piso que tiene la plaga.
Pero una idea atractiva sobre el papel puede ser muy distinta en la práctica clínica: encontrar una marca en la célula tumoral que no esté en las sanas, una diana clara, es muy complicado, porque las tumorales derivan de las sanas. Así que la bala permaneció durante muchos años en el mundo de la magia.
Los primeros intentos llegaron con cuentagotas, y no fue hasta el año 2000, cien años después de la idea de Ehrlich, cuando se aprobó el primer anticuerpo unido a un fármaco, dirigido a un tipo de leucemia. En el cáncer de mama, la bala mágica llegó por partes. A finales de los 80 y durante los 90, uno de los tipos más temidos era el HER2 positivo: crecía rápido, se extendía con facilidad y respondía peor a los tratamientos disponibles. Investigando qué lo hacía así, se descubrió que esas células tenían en su superficie cantidades enormes de una proteína, HER2, muchas más que las sanas: esa agresividad tenía, sin quererlo, una diana espléndida.
El estreno del trastuzumab
Sobre ella se construyó, en 1998, el trastuzumab, un anticuerpo capaz de reconocer HER2 y bloquear su función, sin fármaco enganchado. Funcionó extraordinariamente bien, pero con el tiempo muchas pacientes dejaban de responder porque la enfermedad aprendía a esquivarlo. Ahí entró la idea de Ehrlich en su versión más completa: usar ese mismo anticuerpo para entregar quimioterapia mucho más potente sobre las células resistentes.
Esa fue la idea detrás del trastuzumab emtansina, aprobado en 2013: el primer ADC capaz de tratar con éxito un tumor sólido y que cambió para siempre cómo se trataba a las mujeres con este tipo de tumores.
Y llegamos a hoy, donde los ADCs están cambiando la manera de tratar el cáncer de mama. El caso más impresionante vuelve a ser HER2: durante años se dividía a las mujeres entre las que tenían mucho HER2 (positivas), con tratamientos dirigidos contra HER2, y las que tenían poco (negativas). El trastuzumab deruxtecan, aprobado en 2019, puso patas arriba el tablero al funcionar también en mujeres con poca cantidad de HER2, lo que obligó a crear desde 2022 un nuevo grupo de pacientes con cáncer de mama: el grupo del HER2 bajo; el tiempo sin avance de la enfermedad pasó de unos 5 a casi 10 meses, y la supervivencia global de 16,8 a 23,4 meses.
La otra gran noticia llegó para el triple negativo, uno de los más difíciles de tratar por carecer de dianas claras: se observó que sus células tenían mayor cantidad de una proteína, TROP2, y con ella se creó el sacituzumab govitecan, aprobado en 2020, con un 35% de respuestas frente al 5% de la quimioterapia habitual, el primer avance relevante para este grupo en más de veinte años. Esa misma diana ha servido para ir más allá, con otro ADC contra TROP2 que ya funciona mejor que la quimioterapia en mujeres con receptores hormonales positivos, un grupo mucho más numeroso que hasta ahora no tenía un tratamiento así.
El futuro: una vía todavía por explorar en profundidad
Buena parte del impulso viene de aquello que hasta hace poco no estaba a nuestro alcance: ahora podemos leer miles de moléculas de una célula a una velocidad impensable hace apenas cinco o diez años, y la inteligencia artificial nos ayuda a encontrar dianas nuevas que antes se nos escapaban. Con esa base, los diseños se vuelven más ingeniosos: anticuerpos capaces de reconocer dos dianas a la vez, o de llevar dos fármacos distintos, para que, si el tumor resiste a uno, caiga con el otro. La misma estrategia se prueba ya en otros tumores: los ADCs no son un fármaco, son toda una plataforma, con más de 300 en investigación. La bala mágica ya no es una, son cientos.
Con todo, conviene ser prudentes: estos fármacos son un avance enorme, pero ni son perfectos ni están libres de problemas. Son más dirigidos que la quimioterapia clásica, pero la carga que transportan es muy potente, y aparecen resistencias, con tumores que aprenden a esconder la diana o a neutralizar el fármaco. Entender estos mecanismos es hoy uno de los frentes más activos de investigación, con estrategias como combinar los ADCs con inmunoterapia o alternarlos en el tiempo para no dar tregua al tumor.
La lección de fondo es la misma de siempre: cada paso adelante ha sido fruto de décadas de investigación. Y por eso CRIS contra el cáncer apoya numerosas investigaciones sobre estos anticuerpos unidos a fármacos, porque esas balas mágicas que Ehrlich soñó hace más de cien años pueden dar una nueva oportunidad a miles de mujeres que hoy en día no la tienen.
