Publicado: septiembre 30, 2026, 1:00 am
En español, a la hora de comunicar nuestra edad, solemos utilizar el verbo tener: «Tengo veinticinco años». En otras lenguas, como el inglés, los años no se poseen, sino que se son: «I am twenty-five years old», que, traducido literalmente, sería algo así como «soy veinticinco años de viejo».
Cuando lo decimos, no lo pensamos mucho; estamos acostumbrados a tener que repetir la misma frase durante toda la vida. De pequeños, al llegar a un parque y no tener con quién jugar, entablamos amistad rápidamente con un «¿Cuántos años tienes?». Y ya más entrados en la vida, la edad es un número del que no nos podemos despegar tampoco, ya sea para alabar a alguien que no aparenta ochenta años, para decidir cada cuánto se ha de renovar el carné de conducir o para preguntarnos cuánto queda para esa ansiada jubilación.
La realidad es que, aunque tengamos una respuesta fácil siempre a mano —básicamente, el número de años que han pasado desde que nuestra madre nos parió—, nos topamos con una complejidad inmensa si reflexionamos sobre lo que realmente significa tener una edad, más allá de si los años se tienen o se son. Pongamos un ejemplo: dos personas de cincuenta, nacidas en el mismo año; una de ellas, fumadora desde la adolescencia; la otra, sin haber tocado un cigarro en su vida.
Los pulmones de la primera probablemente sean dignos de aparecer en los paquetes de tabaco, negros y envejecidos, mientras que los de la otra no darían tanto juego a los diseñadores de las cajetillas. Aunque ambas tengan cincuenta años, los pulmones de la fumadora seguramente no funcionen igual de bien que los de la no fumadora. La edad es la misma, pero el envejecimiento de su sistema respiratorio no.
En busca de relojes biológicos
En este ejemplo comparamos el blanco con el negro, mientras que, en la realidad, la biología tiene que lidiar con todos los grises y colores que existen entre medias. Porque, con la misma edad en el carné, ¿cómo podríamos determinar cuántos años de diferencia hay realmente entre sus pulmones? ¿Existe alguna manera de ponerle un número al envejecimiento de un órgano? Y, si pudiéramos hacerlo con todos ellos, ¿seríamos capaces de calcular la edad biológica del conjunto de órganos y sistemas —lo que viene siendo una persona—?
Déjame adelantarte que esta pregunta no es nueva y que la ciencia ya ha empezado a darle respuesta. Abila y sus colaboradores, en un estudio publicado en Nature Medicine este año, investigaron cómo envejecen los tejidos a nivel microscópico y, tras analizar con técnicas de inteligencia artificial más de 25 000 imágenes de 40 tipos de tejido, desarrollaron relojes biológicos capaces de estimar la edad de un tejido a partir de su arquitectura.
Además, encontraron asociaciones entre el envejecimiento de distintos tejidos y diversas enfermedades, aunque no siempre en el órgano que cabría esperar. A veces la relación era la previsible: las enfermedades respiratorias crónicas se asociaron con el envejecimiento pulmonar. Otras veces, no tanto. Por ejemplo, la insuficiencia renal mostró asociaciones más fuertes con el envejecimiento de otros tejidos, como el adiposo, que con el del propio riñón.
Todo parece apuntar a que conocer el nivel de envejecimiento de nuestros órganos nos puede informar sobre nuestro riesgo de padecer distintas patologías asociadas a la edad. Pero claro, en ese estudio las imágenes de los tejidos se obtuvieron a partir de muestras recolectadas en autopsias rápidas, y lo ideal sería entender nuestro envejecimiento antes de morir, puesto que de poco nos serviría saber nuestra edad tumbados en la mesa de autopsias, abiertos en canal. Por eso, los propios autores dieron un paso más: relacionaron la edad de cada tejido con la expresión génica en la sangre de los mismos donantes y lograron estimar el envejecimiento de distintos órganos a partir de una simple muestra de sangre.
Órganos a distintas velocidades
No eran los primeros en mirar a la sangre. Ya en 2023, Oh y sus colaboradores habían publicado en Nature un estudio en el que consiguieron discernir la edad biológica de los órganos de los participantes a través de las proteínas de su plasma, un procedimiento mucho menos invasivo que una biopsia. De entre los más de 5000 participantes, descubrieron que casi un 20 % mostraba un envejecimiento acelerado en un solo órgano con respecto a las personas de su misma edad, mientras que solo un 1,7 % tenía signos de envejecimiento acelerado en varios órganos a la vez.
O sea, que nuestro corazón y nuestro cerebro pueden compartir fecha de nacimiento, pero no edad biológica. Y esas diferencias se notan, ya que, en ese mismo estudio, tener algún órgano envejecido de forma acelerada se asociaba con un riesgo de mortalidad entre un 20 y un 50 % mayor. Si supiéramos qué órganos envejecen más rápido en nuestro cuerpo, podríamos vigilarlos de cerca antes de que den problemas.
Aparte de ayudarnos a comprender cómo el envejecimiento se relaciona con distintas enfermedades, estos relojes biológicos también nos permiten investigar la relación entre nuestros hábitos cotidianos y el envejecimiento del organismo. Por ejemplo, un estudio publicado el pasado mes de mayo en Nature por el consorcio MULTI investigó 23 de estos relojes biológicos y su relación con las horas de sueño.
Dormir menos o más de lo adecuado, una señal
Descubrieron que, en 9 de esos relojes, correspondientes a distintos órganos y sistemas, tanto dormir menos de seis horas por noche como dormir más de ocho se asociaban con mayores señales de envejecimiento, en comparación con dormir entre seis y ocho horas. Eso sí, eran los propios participantes, de entre 37 y 84 años, quienes declaraban sus horas de sueño, y estos resultados muestran asociaciones: no demuestran que dormir más o menos sea la causa directa de ese envejecimiento. Aun así, nos ofrecen pistas sobre qué hábitos merece la pena investigar para entender mejor cómo envejecemos.
Con suerte, algún día estos relojes biológicos nos ayudarán a identificar qué órganos necesitan más atención y a anticiparnos a determinadas enfermedades con un simple análisis de sangre en el ambulatorio. Pero, mientras aprendemos a interpretar toda esa información, seguimos teniendo una única edad que comunicar al mundo.
Yo tengo veinticinco años. En inglés diría que soy «veinticinco años de viejo». Ambas afirmaciones son correctas, aunque quizá mi corazón, mis pulmones y mi cerebro tengan algo que objetar. Todos mis órganos celebran el cumpleaños el mismo día, pero, por lo visto, no todos deberían soplar el mismo número de velas. Puede que la pregunta del parque, después de todo, se haya quedado corta. De momento, si mañana alguien me pregunta mi edad, seguiré respondiendo veinticinco —tampoco es cuestión de pedirle que espere mientras me hago un análisis de sangre—.
