Publicado: julio 1, 2026, 2:08 pm
La precariedad laboral que aqueja a millones de trabajadores en España está frenando la formación de parejas estables en los momentos decisivos de su vida. Un estudio publicado por Funcas este miércoles elaborado por el investigador del CSIC Héctor Cebolla pone cifras a una realidad que está influyendo decisivamente en el problema demográfico que vive el país.
El grupo social que mejor refleja esta situación es el de los treintañeros con trabajos inestables y sin estudios universitarios. La mitad de los hombres que cumple estas características no convive con una pareja. En concreto, son el 48%, una cifra que contrasta con el 70% de los varones entre los 30 y los 44 años con empleo estable y educación superior.
Cebolla parte de datos del CIS para dibujar una radiografía de cómo se construyen las relaciones estables en España y cómo evolucionan según la edad, la precariedad en el empleo y el nivel de estudios. Las conclusiones son muy llamativas. A lo largo de su vida, los hombres con bajo nivel de estudios y trabajos inestables tienen un 23% menos de probabilidad de tener una relación estable (entendida como vivir en pareja) que los varones mejor formados y con trabajos fijos.
Además, la diferencia entre los hombres y las mujeres que están en esta situación es muy llamativa. El 64% de las mujeres sin estudios universitarios y con trabajos precarios vive con una pareja, 12 puntos porcentuales más que el de los hombres en esa misma situación. No obstante, también existe una brecha notable con el grupo de mujeres con empleo estable y estudios universitarios, donde el 75% tiene ya empleo estable.
El autor del informe destaca la importancia que tiene ese retraso en la convivencia que arrastran los hombres más precarios. «La treintena constituye el momento demográficamente más relevante del emparejamiento en España: es la etapa en que la mayor parte de los perfiles socialmente integrados ya ha consolidado una convivencia estable, lo que hace visible el rezago acumulado por los grupos más vulnerables», sostiene Cebolla. En este momento vital, añade, es cuando el retraso a la hora de formar pareja se vuelve estructural. «Quienes no han consolidado pareja a esta edad lo tienen cada vez más difícil», señala.
En el caso femenino, pesa más la precariedad laboral que el nivel de estudios a la hora de formar relaciones estables. Esto se ve muy bien entre las mujeres jóvenes (18 a 29 años) donde solo el 9% de personas que no tiene trabajo estable pero sí estudios universitarios vive con su pareja. Una cifra que contrasta con el 45% de quienes no tienen estudios superiores ni empleo fijo o con el 43% que fueron a la universidad y tiene buenas condiciones laborales o el 36%.
Estas brechas se van diluyendo a medida que pasan los años y las relaciones se van consolidando. Dentro del grupo de adultos de mediana edad (entre 45 y 65 años), entre el 61 y el 77% viven con una pareja. Ese 61% que marca el porcentaje más reducido, vuelve a ser el de hombres con trabajos poco estables que no fueron a la universidad. Sin embargo, a estas edades, decisiones fundamentales como tener o no tener hijos ya se han tenido que tomar previamente en la inmensa mayoría de los casos.
El problema es la estabilidad, no la falta de parejas
El autor del estudio sugiere que esta falta de relaciones estables por la precariedad no se debe tanto a que los treintañeros no tengan pareja, sino a lo difícil que lograr una estabilidad por la adversa situación económica. El informe refleja que los hombres entre 30 y 44 años sin estudios universitarios y trabajo poco estable acumulan 3,3 relaciones de pareja, un número que no está tan alejado de las 3,7 que registran quienes disfrutan de trabajo estable y estudios superiores.
«Estos hombres no desaparecen del mercado relacional ni presentan necesariamente menos relaciones a lo largo de la vida, sino mayores dificultades para estabilizarlas en convivencia», resume el investigador. «La expansión de la precariedad, el retraso de la emancipación residencial y la creciente diferenciación del ciclo vital por trayectorias educativas no afectan únicamente a las oportunidades económicas de los individuos, sino también a sus posibilidades de construir proyectos de vida compartidos», concluye.

