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Microbiota, el ejército invisible que te defiende desde dentro

Publicado: julio 28, 2026, 1:07 am

La española María Branyas murió el 9 de agosto de 2024 con 117 años cumplidos. Ostentó el honor de ser la mujer más longeva del mundo y llegó a superar el siglo de vida libre de enfermedad y con la mente lúcida. Además de una genética privilegiada, tenía una microbiota «excepcional», propia de una niña, que la blindaba frente a enfermedades. Así lo reflejó el estudio internacional liderado por Manuel Esteller, una de las máximas autoridades mundiales en epigenética, que buceó en los genes de la súper centenaria para dar con el secreto de su envejecimiento saludable. La microbiota es un conjunto de microorganismos (bacterias, hongos y virus) que se encuentran en distintas partes de nuestro cuerpo, pero donde más abundan es al final del intestino, en el colon. No todas las bacterias, virus y hongos son el enemigo. Billones de estos pequeños seres viven en nuestro interior como un ejército invisible que nos protege. «Hay más microorganismos en nuestro cuerpo que células humanas. Podemos decir que hay una simbiosis entre todos estos microorganismos repartidos por nuestro cuerpo y nuestro propio organismo. Ellos pueden sobrevivir gracias a nosotros y nosotros sobrevivimos gracias a ellos», explica a ABC Rafael Valdés, investigador principal del grupo de Microbioma y Fisiología Clínica del Cima Universidad de Navarra. No es estática. Es una población viva. Millones de microbios en constante evolución en función de lo que comes. «Hay bacterias a las que les gustan unos nutrientes u otros y producen moléculas distintas. Esas moléculas las absorbemos y pueden llegar a cualquier parte del cuerpo (cerebro, hígado, corazón…). Esos metabolitos llegan al torrente sanguíneo y afectan al proceso que tiene lugar en zonas que nunca habríamos pensado, como el cerebro», señala el doctor Valdés. Y eso es lo que va demostrando la evidencia. El experto recuerda un artículo científico publicado en la revista ‘Nature’ en la que los investigadores vieron en ratones que una disbiosis (desequilibrio) en la microbiota puede favorecer un deterioro cognitivo más acelerado. «Hay conexión intestino-cerebro », afirma. La microbiota no es un simple pasajero, es clave, y donde más importancia adquiere es en el sistema inmune. « Nuestras defensas se entrenan gracias a la microbiota , que va en diálogo con el sistema inmune. Va entrenándolo, haciendo que esté más en forma. Eso supone que una microbiota sana ayuda a que nuestro sistema inmune esté más preparado», asegura el experto. Pero igual que nos protege, influye para mal cuando está en desequilibrio. El doctor Valdés recuerda otros estudios en los que han visto que determinadas especies de la microbiota, como Escherichia Coli, en función de lo que comes, son capaces de producir una genotoxina llamada colibactina, que induce un daño genético en nuestro tejido intestinal. Si se acumula, a la larga pueden aumentar el riesgo de sufrir cáncer de colon. Para evitarlo, «se podría desarrollar una terapia de fagos (utilizar virus llamados bacteriófagos para destruir bacterias patógenas) que sólo ataque a esa bacteria y dejar al resto sano porque no se puede perder la microbiota, es clave», sugiere el experto del Cima. Precisamente este tipo de terapia dirigida se está ensayando en ratones a los que se les induce inflamación intestinal, emulando la que produce la enfermedad de Crohn o la colitis ulcerosa en humanos. Se ha visto que en estas patologías, cepas de la bacteria proinflamatoria Klebsiella pneumoniae proliferan de manera anómala en el intestino. «Gracias a eso desarrollamos una terapia novedosa basada en bacteriófagos. Al administrárselos a un ratón con esa bacteria proinflamatoria éramos capaces de eliminarla, reduciendo la inflamación intestinal», rememora. En humanos ya se ha comprobado su seguridad y actualmente se están llevando a cabo ensayos clínicos para comprobar su eficacia. Que cada vez haya más diagnósticos de enfermedad inflamatoria intestinal no es casualidad. «Demuestra que el factor ambiental puede tener un impacto sobre la microbiota. Si fuese nuestra genética sola, no podríamos ver el incremento tan rápido de la proporción de enfermos. Lo que está pasando desde hace unos 100 años es que hemos cambiado mucho nuestra manera de consumir alimentos, hay más diversidad de comidas que pueden afectar la composición de la microbiota. Lo que estamos intentando ver es cómo cambiando nuestra dieta, cambia la microbiota y su interacción con nuestros sistema inmune», cuenta a ABC la doctora Chaysavanh Manichanh, jefa del grupo de Investigación en Microbioma del VHIR e investigadora del área de Enfermedades Digestivas y Hepáticas del CIBER (CIBEREHD), que recuerda que otros factores como el estilo de vida, ser fumador o la exposición a productos químicos también pueden influir. El grupo que lidera realizó un estudio a nivel poblacional de la microbiota en España, con miles de participantes, y vieron que lo que realmente cambia mucho la composición o diversidad de la misma son las frutas y vegetales, que contienen fibras que luego son metabolizadas por las bacterias intestinales. Si una microbiota sana nos protege de enfermedades, ¿podría ser entonces la llave de la longevidad? El doctor Valdés ha investigado, junto con el reconocido bioquímico Carlos López Otín , la microbiota de personas y ratones con progeria , de centenarios con buena salud y de individuos de control para compararlos. Vieron que los pacientes con progeria carecían de la bacteria beneficiosa Akkermansia muciniphila, mientras que los centenarios mantenían señales de esta especie. «A los ratones con progeria les dimos Akkermansia y fuimos capaces de extender su vida de manera significativa. Esta bacteria puede promover procesos fisiológicos para sostener un envejecimiento un poco más saludable», destaca. La dieta no es el único factor que influye, pero sí uno de los que tiene más peso desde que nacemos. Se sabe que la lactancia materna contribuye al establecimiento de una microbiota sana. Después, para seguir cuidándola, los expertos recomiendan dieta mediterránea. «Todo lo que es ultraprocesado , enriquecido en grasa y azúcares, degenera la microbiota», advierte el doctor Valdés, que avisa de que no hay súper alimentos, ni siquiera probióticos, que compensen un mal estilo de vida. No solo lo que comemos, también el estrés, el ejercicio y el sueño son factores clave. Los probióticos son microorganismos vivos específicos, que se encuentran naturalmente en alimentos fermentados como el yogur, el kéfir, el chucrut, el kimchi o el miso . También se pueden adquirir en cápsulas. Aunque una recomendación tradicional para evitar el impacto del consumo de antibióticos sobre la microbiota es la suplementación con probióticos, dos investigaciones en las que participó el doctor Rafael Valdés, una publicada en ‘Nature Microbiology’ y otra en ‘Cell’ ponen en duda este procedimiento. «Comparamos tres escenarios: la recuperación espontánea, el trasplante de microbiota sana del mismo individuo y el uso de probióticos. Y vimos que la opción más eficaz era el trasplante de microbiota propia, seguida de la recuperación espontánea. En cambio, los probióticos retrasaban de forma notable la recuperación de la microbiota original porque se genera una competición interna para recolonizar ese terreno», explica el investigador del Cima Universidad de Navarra. Para este experto, son más recomendables los prebióticos (un tipo de fibra presente en alimentos vegetales, que actúa como «alimento» para las bacterias beneficiosas) para repoblar la microbiota. Si tuviera que dar un consejo alimentario para una microbiota saludable, la doctora Chaysavanh Manichanh apostaría por aumentar la cantidad de fruta y verdura y reducir alimentos prefrabricados que llevan mucho mas azúcar o sal. «En pacientes con Crohn y colitis ulcerosa hemos visto que tienen tendencia a evitar comer alimentos que llevan fibra por miedo a sufrir síntomas. En estos casos podríamos intentar introducir de manera más guiada el consumo de vegetales y frutas para mejorar su microbiota», concluye. La súper centenaria María Branyas presentaba en su microbiota un alto contenido de ‘bifidobacterium’, un tipo de probiótico que habita en los intestinos. Su dieta rica en lácteos (consumía alrededor de 3 yogures diarios) podría ser la razón, pero solo en parte. El hecho de que tuviera bacterias antiinflamatorias en el intestino se explica también porque su genética la predisponía a que este tipo de microorganismos crecieran allí. El doctor Valdés considera que los alimentos fermentados tienen su base de beneficios, «pero por tomar un producto fermentado no está todo hecho», advierte. En su opinión, tienen sentido cuando se incorporan a una dieta equilibrada, no para compensar malos hábitos. Uno de los que está más de moda actualmente es el kéfir . «Su consumo se asocia a restaurar y mejorar la salud de la microbiota del sistema digestivo, a facilitar la correcta digestión y tolerancia de la lactosa, a ayudar al control glucémico disminuyendo la glucemia en ayunas de forma notable, a combatir eficazmente bacterias patógenas en el organismo, al mantenimiento de la densidad ósea, a reducir los marcadores de inflamación sistémica o a ayudar a controlar las concentraciones de colesterol total sanguíneo», explica a ABC el nutricionista y divulgador Luis Zamora. Pero es importante elegir aquel que indique en la etiqueta que contiene levaduras del kéfir porque es lo que lo diferencia de otras leches fermentadas. El nutricionista, que participó en el Summit Activia sobre Microbiota, considera una opción óptima combinar el kéfir con alimentos prebióticos, que aporten fibra para estos fermentos y levaduras: «Podemos añadir plátanos poco maduros, copos de avena, semillas de lino, arándanos o frambuesas, frutos secos o un poco de cacao puro en polvo», concluye.

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