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Evaluar políticas públicas, o el miedo a que el número salga par

Publicado: julio 28, 2026, 6:08 am

Imagina a un matemático que resuelve problemas durante todo el día. Cada vez que el resultado encontrado es par, alguien se acerca y le golpea con un palo. ¿Qué acaba haciendo ese matemático? Cambiemos «matemático» por «político» y «número par» por «la verdad incómoda», y esta metáfora se convierte en uno de los dilemas centrales del evidence based policymaking o gobierno desde la evidencia.

Un cargo que quiera gobernar bien debería hacer algo parecido a resolver problemas. Fundamentalmente, se trata de poner en marcha una política y, después, observar si ha funcionado, si aquello que prometió se ha cumplido o si existe una forma mejor de lograrlo. La administración se refiere a este concepto con una palabra más fría: evaluar. Suena de sentido común, pero no lo es tanto, porque cada vez que mira de verdad, el político se arriesga a que el número salga par, y un número par es la prueba de que algo que defendió, o que su electorado daba por bueno, no funciona.

Esa prueba se paga habitualmente con consecuencias más intensas que un mero golpe: oposición, titulares, grietas en el propio partido y, a veces, el cargo. Más aún, el palo no suele caer sobre quien se equivoca en silencio, sino sobre quien se atreve a mirar y encuentra el resultado que no convenía. El sistema castiga la honestidad incómoda. De modo que el político aprende a mirar el palo, de lejos, sin atreverse a tomar una posición ante la posibilidad de un número par que duela.

La escena del matemático es de Simone Weil, una de las filósofas más lúcidas del siglo XX, que además tenía la incómoda costumbre de vivir como pensaba: interrumpió su carrera como profesora para pasar cerca de un año en cadenas de montaje y saber de qué hablaba cuando escribía sobre la clase trabajadora. Weil llamó «atención» a mirar de verdad sin dejar que el miedo deforme lo que uno ve, y la tenía por un acto moral más que intelectual. Pero de la fábrica salió sabiendo que la atención es frágil y que exigírsela a quien no está en condiciones de prestarla es una forma elegante de no hacer nada.

Ante el coste de mirar hay cuatro salidas

La primera, y la más sencilla, es también la más común. No mirar, o mirar mal. No mirar es no encargar la evaluación, gobernar con la encuesta y el folleto del programa, y no tener nunca delante un número par porque nunca llegas a hacerte la pregunta. Mirar mal es más astuto. Se trata de promover el estudio, pero con la respuesta ya decidida de antemano, eligiendo quién lo hace, qué se mide y qué se deja fuera, hasta que el número no pueda salir más que impar. Es astuto porque nadie lo ve como una ocultación, sino como la cosa más cotidiana del gobernar.

La segunda cuesta un poco más, porque exige haber mirado y pretender olvidar. Se encarga el estudio, sale mal, y entonces empieza el baile de máscaras. El informe duerme en un cajón, o se publica un viernes de agosto a las ocho de la tarde.

«Si lo que empuja a no buscar la verdad es el miedo, lo que hay que preguntarse es cómo conseguir que mirar deje de dar miedo»

La tercera es apartarse. No se firma la mentira, ni se recibe el palo, simplemente uno se aparta y acepta su error. Es digna y rara, pero conviene no confundirla con una solución. Quien gobierna y dimite deja la decisión al siguiente en la fila, que habrá tomado nota de lo que le pasó a su predecesor por mirar. La honestidad individual sale intacta; el problema queda igual, o peor, porque la trayectoria de quien miró funciona como advertencia.

La cuarta es mirar, publicar y corregir. Es la única que resuelve algo, y la que sigue siendo poco frecuente. No consiste en acertar, sino en poder equivocarse en voz alta y seguir gobernando: decir que la política evaluada no ha dado lo que prometía, explicar qué se cambia a partir de ahora, y que eso no sea el final de una carrera sino una parte normal del oficio.

Las cuatro tienen algo en común. Dejan en manos de una sola persona la decisión de evitar la verdad o pagar su coste. Y la cuarta, la verdaderamente útil, es también la que más pide: exige que el sistema permita rectificar sin que hacerlo equivalga a pagar una penitencia. Hoy no lo permite, así que la verdad sólo aparece cuando alguien se comporta como un héroe. Pero un país no puede gobernarse con heroicidades. Si lo que empuja a no buscar la verdad es el miedo, lo que hay que preguntarse es cómo conseguir que mirar deje de dar miedo.

No hay que blindar el resultado, que a veces será malo. Lo que hay que blindar es la decisión de mirar. Y falta algo más: que lo que se mire sirva para algo. Una evaluación impecable y olvidada en un cajón es un violín bien afinado que no toca nada; si no provoca ninguna decisión, no existe.

Cataluña está actualmente probando algo en esa dirección, y lo interesante redunda en cómo lo están haciendo. Un fondo central, el PROAVA, sufraga parte de las evaluaciones de cada departamento, de modo que el coste de mirar deja de recaer por completo sobre quien quiera mirar. Asimismo, los resultados tienen que entrar en la negociación del presupuesto, de manera que un hallazgo deja de morir en un pie de página y llega a la mesa que decide adónde va el dinero.

«Una evaluación impecable y olvidada en un cajón es un violín bien afinado que no toca nada; si no provoca ninguna decisión, no existe»

Hay más formas de hacerlo. Un consejo de evaluación independiente cumple la misma función. Una cláusula que obligue a revisar cada política pasados unos años. El compromiso de registrar qué se va a evaluar antes de conocer el resultado, para que nadie mueva la portería a mitad de partido.

Pero debemos ser cautos. Si lo único que cambia es la mano que sostiene el palo, y ahora se delega la decisión en el área de finanzas, cada cual entregará la evaluación que salve su presupuesto, y habrá menos palos, pero también menos problemas resueltos. La estructura sólo sirve si retira el miedo, no si lo cambia de sitio.

Gobernar con evidencia no se proclama en un plan. Pasa, o no pasa, en un gesto pequeño, el momento en que alguien recibe el dato que le incomoda y, en vez de obviarlo, deja que oriente lo que hace a continuación. Nadie puede fabricar ese gesto por otro. Lo que sí puede fabricarse es que no cueste una carrera. Lo demás es el palo, y el viejo reflejo de dar impar.

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