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Magnífica reacción

Publicado: junio 4, 2026, 8:08 am

El ex CEO de Google no se lo podía creer. Miles de estudiantes de la Universidad de Arizona abucheando su discurso como padrino de la graduación. Los alumnos expresaron así su malestar por las loas de Eric Schmidt a la Inteligencia Artificial (IA). Su empresa, Google, con Gemini está lanzada en la carrera por liderar la disrupción de la IA, pero a los jóvenes esto no solo no les parece suficiente, sino un peligro para su futuro. ¡Un líder tecnológico increpado en uno de los nodos emergentes de alto crecimiento en América!

Diez días después otro directivo, esta vez el de la empresa Anthropic y en Roma, también habló de la IA y recibió el aplauso unánime. Chris Olah es el cofundador de la empresa que surgió precisamente de una escisión de OpenAI por sus escrúpulos morales y hoy gestiona Claude, el principal competidor de ChatGPT. Olah fue elegido por el Papa León XIV para presentar su primera encíclica en un acto público inédito en la historia de la Iglesia. ¡Un tecno oligarca ateo al lado del Santo Padre y en el Vaticano!

Para los graduados de Arizona fue toda una ofensa la llamada del antiguo CEO para subirse a la nave espacial de la IA. El despido de cientos de miles de empleados por parte de las grandes tecnológicas como Google o Meta, la desaparición de los clásicos programas de empleo para recién licenciados o la precarización de las condiciones para trabajar en esas empresas por la irrupción de la IA, explican la airada reacción de los estudiantes.

La IA de Anthropic, en cambio, es un ejemplo para el Santo Padre de cómo debería la IA funcionar para que no sea un peligro para la humanidad. Claude, a diferencia de otros modelos, no solo se entrena por humanos sino también por una especie de constitución moral que garantiza la privacidad, la decencia y el cumplimiento de otros derechos humanos.

Quizás para entender las dos reacciones, tan contraintuitivas, merece la pena conocer mejor la carta del Papa, titulada Magnifica Humanitas, que yo he podido hacer gracias a mi colega y tecnólogo Miguel Lucas. Para el Pontífice la IA no tiene ideología propia, pero sí hereda la de quienes la construyen, la pagan y la despliegan. El Papa no pide frenar la IA sino quiere que no nos engañemos pensando que es inocente de nacimiento, y a partir de ahí que se actúe en consecuencia. Además, Robert Prevost llama la atención de «nuevas formas de esclavitud» porque hay trabajo humano invisible y penoso detrás de los modelos de IA. Millones de personas que etiquetan datos, moderan contenidos y alimentan sistemas de IA a cambio de sueldos mínimos, sin visibilidad ni reconocimiento.

Al mismo tiempo la encíclica recuerda que la IA está concentrando el poder -y la riqueza- en muy pocas manos. Esta IA «alimenta la brecha entre los incluidos y los excluidos». Y no redistribuye poder por defecto; lo concentra. Quien controla los datos, los modelos y la infraestructura de cómputo controla, en buena medida, el futuro económico y político de todos los demás. Nvidia monopoliza prácticamente el mercado mundial de chips de IA. Las cuatro grandes tecnológicas -Microsoft, Google, Amazon y Meta- son una suerte de oligopolio de la mayor parte de la inversión en infraestructuras como son los centros de datos.

Para la encíclica lo más grave es que la IA amenaza la democracia e incluso al planeta. Las aplicaciones de IA están proyectadas para dar la razón y por tanto alimentar la polarización; esos algoritmos de recomendación no se diseñaron para informar, sino para enganchar. Y el contenido que más engancha es, casi siempre, el más extremo. También añade la dimensión ambiental por la ingente energía y agua que consumen los centros de datos que permiten que funcione la IA. La Agencia Internacional de la Energía estima que la demanda eléctrica global de los centros de datos se triplicará en 2030. La promesa de eficiencia de la IA tiene un coste físico que rara vez aparece en el mismo titular que los beneficios económicos.

Por último, el Papa alerta de que la IA permite delegar decisiones irreversibles como en la guerra con las armas autónomas, pero también en cualquier sistema que resuelve propuestas para contratar una persona, conceder un crédito, elaborar un diagnóstico médico, eliminar contenidos en redes sociales y hasta sentencias judiciales. Nunca puede dejar de haber una mano humana detrás de esas decisiones.

La encíclica Magnifica Humanitas no es una condena de la inteligencia artificial. Es una advertencia sobre quién manda cuando nadie vigila. León XIV hace en 2026 lo que su antecesor León XIII hizo en 1891 con su Rerum Novarum en plena Revolución Industrial: que la tecnología sirva a las personas y no al revés. La doctrina social de la Iglesia siempre ha sostenido que el capital —sea físico, financiero o ahora algorítmico— tiene un límite que no puede cruzar: la dignidad humana. Ese límite no es una restricción al progreso, al contrario, es la garantía de que sea de verdad un progreso para toda la humanidad.

Nadie duda de que vivimos en la era de la IA, pero tampoco que también estamos ante un auge de la religiosidad. Las iglesias cada vez más llenas, los famosos cada vez más devotos, la música cada vez más espiritual por no hablar de la vuelta al espacio público de los símbolos cristianos. Si esta Iglesia, en tan pocos años, ha sido capaz de pasar de una religión católica moribunda y envejecida a protagonizar la agenda global, por qué no va a lograr domesticar a la IA. Así sea, por el bien de todos.

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