Publicado: agosto 16, 2026, 2:09 pm

Ya es mediodía en la frontera hispano-marroquí cuando dos autobuses de Nejme Chamal, una empresa de transportes afincada en Tánger, encienden sus motores. Medio centenar de agentes antidisturbios suben a bordo, aún portando su escudo, su porra y una gruesa manta de lana parduzca. Avanzan rápido y sin hablar, con el gesto exhausto tras 48 horas de despliegue por los montes que rodean la ciudad fronteriza de Castillejos. «Venga, venga», grita en árabe el conductor mientras golpea la ventana justo antes de abandonar la explanada a toda mecha. Hay ganas de volver a casa de una vez.
Es el día de la gran desescalada del dispositivo montado por el régimen alauí para exhibir su músculo en el control de las fronteras. El viernes tocaba acumular miles de policías, soldados y espías en todos los rincones de la ciudad fronteriza de Castillejos. El sábado este operativo alcanzó su máximo rendimiento, incluida una coreografiada batalla contra tres centenares de subsaharianos que, presuntamente, trataban de llegar a Ceuta. Y hoy regresa la normalidad al puesto fronterizo, donde los jefazos sonríen relajados tras haber cumplido su misión: que la llamada de la #haraga, la campaña viral para cruzar la frontera de forma masiva el 15-A, resultara un sonoro batacazo.
Donde antes había seis camiones antidisturbios, este domingo sólo quedaban dos. En vez de cien ‘lecheras’, bastaba una veintena. Y el puestecillo de Abdel, que ha hecho literalmente su agosto con el dispositivo de estos días, servía docenas de cafés bien cargados para celebrar la ‘nueva normalidad’ que hoy reina en la frontera.
Atrás quedaba la jornada fantasmal del sábado, cuando el cruce fronterizo se quedó casi desierto ante el pánico provocado por la #haraga. Esta mañana, en cambio, decenas de coches cruzaban hacia Ceuta cargados de sonrientes pasajeros, que se disponían a pasar un día de compras y cafelitos en el enclave español. «Quiero un vestido para el cumpleaños de una amiga», contaba Fátima, una veinteañera marroquí que viajaba en uno de los taxis que transportaban a los viandantes desde el ‘checkpoint’ marroquí hasta la frontera.
Todo ha salido según el plan trazado por los capitostes de Rabat. Hace dos semanas, una muchedumbre de 75.000 migrantes derrumbó todos los controles para ‘asaltar’ las calles de Ceuta. Justo después, se alimentaron los rumores de que la juventud marroquí repetiría la jugada el 15-A, aprovechando que este sábado era festivo en España. Y el consiguiente alarde protobélico en la frontera logró justo el objetivo lo que buscaba: cientos de titulares en la prensa europea para que los burócratas de Bruselas tengan claro que, si así lo pretende, el régimen de Rabat es capaz de sellar al vacío sus fronteras con Ceuta y Melilla.
La cuestión pendiente es qué ocurrirá cuando el Gobierno marroquí culmine su desescalada, las fronteras empiecen a resultar porosas y las ciudades autónomas vuelvan a parecer deseable para la juventud local. Dicen los expertos en migración que las desventuras de las decenas de miles de chavales que vivieron unos días de miseria en Ceuta antes de volver a casa servirán de «vacuna» durante un tiempo limitado. Su efecto a largo plazo, sin embargo, resulta más que dudoso.
«El Gobierno marroquí ha lanzado su mensaje alto y claro: la frontera de Ceuta funciona a su antojo», cuenta un mando español especializado en inmigración ilegal. «Ahora nos toca a nosotros reaccionar y mostrar cuáles son nuestras cartas».
