La entrada masiva de inmigrantes en Ceuta sacude el frágil equilibrio del narco en El Príncipe - España
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La entrada masiva de inmigrantes en Ceuta sacude el frágil equilibrio del narco en El Príncipe

Publicado: septiembre 28, 2026, 10:07 am

La crisis migratoria que ahoga Ceuta desde hace más de un mes no sólo ha alterado la normalidad de la ciudad autónoma. La presión se extiende por el pequeño territorio y golpea con especial intensidad sus zonas más vulnerables. El Príncipe, uno de los barrios históricamente más conflictivos de España, es también uno de las zonas donde esta nueva realidad se percibe de una forma más cruda.

Este periódico se reúne con seis hombres del vecindario que quieren mantener el máximo anonimato por su estrecha vinculación con el narcotráfico. De hecho, no podemos poner sus nombres ni nos permiten fotografiarles. Es su requisito más estricto para hablar sin tapujos. El interior del barrio mantiene una calma tensa, un clima de violencia que no termina de estallar. Las cámaras no son bien recibidas y cualquiera que pise el lugar es reconocido como un forastero por parte de los vecinos. En las esquinas pueden verse a jóvenes con los móviles en la mano controlando los movimientos entre los distintos bloques. Salir de las calles principales y perderse por los estrechos callejones es un riesgo inasumible. Cuando se intenta sacar la cámara para ilustrar el interior de este barrio, desde los edificios llegan gritos de los vecinos: «¡Aquí ni una foto!».

La entrevista transcurre a las faldas del barrio, en la zona más baja. Algunos de ellos sentados en el suelo, otros en viejas sillas de playa. Tratar de comprender las explicaciones que van a dar estos hombres, dedicados a la delincuencia, obliga al lector a situarse en un punto incómodo. Hay que ubicarse en un barrio en el que la legalidad y su total funcionamiento rompe con las reglas comunes de cualquier otro lugar. Sus argumentos parten de una aparente contradicción: viven y participan de un mundo, en ocasiones, al margen de la ley, pero denuncian ahora que el descontrol migratorio ha alcanzado también las calles en las que ellos mismos han impuesto durante años sus propias normas.

«Lo estamos pasando mal. En este barrio estamos pagando el precio más alto», aseguran en referencia a la inseguridad que se ha apoderado de las estrechas calles coloridas. «Las mujeres de mi casa no pueden salir tranquilas, mi madre no sale ni a pasear», explica uno de ellos.

Este barrio siempre ha convivido con la violencia. Aunque algunos de sus vecinos repiten que «ya no es lo de antes», los ajustes de cuentas siguen formando parte de su realidad. El último tiroteo se produjo, de hecho, la misma semana en la que tuvo lugar esta entrevista, así lo confirman estos vecinos. Ellos establecen, sin embargo, su propia frontera: «Aquí nadie muere por inocente», dicen sin pestañear.

Ahí comienza a dibujarse la particular lógica del lugar. Existe la ley que impera en el resto de la ciudad y existe otra, no escrita, que algunos de sus habitantes consideran imprescindible para mantener un determinado equilibrio. Un orden violento, ilegal y difícilmente comprensible desde fuera, pero asumido por quienes llevan toda una vida viviendo bajo estos códigos.

Fotografía de las viviendas de la barriada del Príncipe

Fotografía de las viviendas de la barriada del PríncipeElena Iribas

Según los seis hombres, la llegada masiva de inmigrantes ha tensionado ese frágil equilibrio. «Desde el mismo 30 de julio venían al barrio sin tener nada. Venían a comprar para consumir. Antes de comer prefieren la droga«, explican haciendo referencia a los recién llegados.

La escena se hace visible sobre el terreno. A escasos kilómetros del lugar donde transcurre esta conversación, días más tarde, esta redactora presencia cómo el hombre con el que está hablando vende un pollo de cocaína a un inmigrante. La operación apenas interrumpe la charla. Entrega la droga, recoge el dinero, sube al bloque de viviendas y, unos minutos después, la conversación continúa. Como si nada, con una cotidianeidad abrumadora. En El Príncipe, las sustancias forman parte del paisaje habitual hasta el punto de que ellos mismos ironizan: «Aquí es más fácil conseguir droga que el amor».

La llegada de nuevos consumidores, aseguran, ha reactivado parte de ese mercado. Los inmigrantes frecuentan especialmente, según relatan los entrevistados, las zonas periféricas y más alejadas del centro. Ellos lo relacionan con una presencia policial más reducida que en otros puntos de la ciudad: «Quieren que la imagen del centro siga siendo la que era hasta ahora. Pero nosotros no contamos para ellos. Estamos cansados y abandonados, ya lo estábamos antes», lamentan.

El resultado es una paradoja compleja. Quienes reconocen dedicarse a actividades ilegales reclaman más seguridad en sus barrios. Sin embargo, solo desean ese control de las autoridades para mantener a raya el caos migratorio. Y, ante lo que consideran una ausencia del Estado, ellos abanderan una respuesta anárquica: ejercer ellos mismos el control.

Durante este tiempo han aparecido movimientos de vecinos que se organizan para proteger determinadas zonas y evitar altercados. Algunos de los seis hombres entrevistados participan también como voluntarios en la atención a la protección de las mujeres.

Acostumbrados a vivir con la violencia en la puerta de casa, estos jóvenes reconocen su relación con el tráfico de drogas y asumen como propia una forma de justicia que en la mayor de las veces es ajena a los tribunales. Al mismo tiempo, prestan ayuda a quienes acaban de llegar: «No quiero que los inmigrantes estén aquí. Esto no se puede aguatar. Pero son personas y quiero hacer el bien, me llena», explica uno de ellos.

Este periódico los ha visto actuar en las inmediaciones de un campamento en el que se concentran mujeres y niñas. Según explican, intervienen cuando consideran que algunos hombres se acercan de manera violenta bajo los efectos de las drogas o el alcohol y tratan de disuadirlos. «No puedo quedarme quieto viendo como sufren y las violan. Son personas», explica con enfado. «Tengo una hermana y no puedo imaginarme que eso le ocurriera a ella», lamenta.

Aseguran que esas intervenciones también les han ocasionado numerosas amenazas: «Los inmigrantes han llegado a decirnos que si vamos a Marruecos nos van a matar. Eso también nos incomoda, a ver si te van a coger un día entre varios…», señalan. Resulta contradictorio ver como quienes durante décadas han sembrado el miedo en su barrio ahora temen por la seguridad de su zona.

Uno de ellos afirma además haber presenciado en un lugar próximo al Príncipe una violación grupal a una joven, un episodio sobre el que ya informó este periódico. «Iba con un grupo de amigos del barrio, lo primero que hicimos es: a ella sacarla de allí y llevarla al hospital», relata. Lo que sucedió después resume mejor que cualquier explicación sobre la situación que vive El Príncipe: «A los hombres les enseñamos la ley del barrio, ya me entiendes», explica.

Cuando se les pregunta qué significa exactamente esa expresión, los seis describen una forma de castigo ejercida por los propios vecinos. Muchas veces no recurren a la policía, consideran que determinadas conductas reciben una respuesta inmediata dentro del propio barrio. «Si la policía no patrulla ni mantiene el orden nosotros tenemos que hacerlo».

Esta redactora les plantea entonces una contradicción: ellos mismos reconocen vivir del tráfico de drogas y, por tanto, contribuir a alterar ese orden que buscan. Su respuesta es inmediata: «Pero ese es nuestro orden, nuestras normas y el funcionamiento de nuestro barrio».

Eso es, probablemente, lo que mejor permite comprender la delicada estabilidad que existe en algunas de las zonas más marginales de Ceuta. No se trata de ausencia de normas. Se trata de la existencia de unas normas paralelas. Códigos internos que conviven y son ajenos a la legalidad ordinaria.

A los recién llegados les exigen precisamente que acepten esos códigos y los cumplan. «Que respeten a los grandes», como ellos mismos expresan. Su indignación radica en que la convivencia cada vez es más difícil en su barrio. «Lo que no puede ser es que tú les des de comer o les des una manta y te respondan cagándose en tu puerta».

Los seis quieren dejar claro, además, que son españoles, nacidos en Ceuta y musulmanes. Rechazan que las críticas a determinados comportamientos puedan identificarse automáticamente con racismo o xenofobia. «En El Príncipe siempre hemos convivido todos, porque aquí todos necesitamos ganarnos la vida». Aseguran que aceptarían a quienes llegasen con «intención de trabajar y convivir».

Para explicarlo recurren a una escena que, según cuentan, vivieron recientemente. Un inmigrante les preguntó dónde podía encontrar una mezquita: «Nos alegramos porque pensamos ‘mira por lo menos alguno quiere rezar'», recuerdan los jóvenes ceutíes, que comparten su religión. Pero, según su relato, inmediatamente después el hombre cambió de actitud: «Seguido se puso a gritar que nos iba a acabar explotando a todos».

La sensación que describen es la de una tensión creciente. «Sentimos miedo en nuestro barrio, cada vez los inmigrantes se acostumbran y ganan más confianza», explican.

Varios vecinos del Príncipe observan a un agente de policía desde los balcones

Varios vecinos del Príncipe observan a un agente de policía desde los balconesElena Iribas

Mientras aumenta esa hostilidad, también lo hace el contacto con la droga. Es frecuente ver a inmigrantes consumiendo hachís o marihuana, aunque estos jóvenes aseguran que la cocaína es la sustancia que realmente mueve el barrio: «donde entra la coca, el resto no manda».

Eso no significa, según ellos, que los recién llegados estén entrando de forma generalizada en las estructuras del narcotráfico. Cuando este periódico pregunta si algunos reciben ofertas para trabajar para las redes, los seis lo niegan: «No nos fiamos de ellos. Ven más oportunidades fuera de Ceuta. En cuanto vendan algo y tengan dinero nos van a robar», explican.

El narcotráfico, sin embargo, está profundamente incrustado en las vidas de los propios entrevistados. Uno de ellos salió de prisión el pasado octubre después de ser interceptado con 220 kilos de droga, un delito por el que asegura que le impusieron seis años de prisión. También cuenta que en alguna ocasión le han ofrecido dinero por matar: «Me negué, yo no soy quién para quitar la vida a alguien que no me ha hecho nada, pero un arma aquí te cuesta 300 euros», explica.

Otro trabaja como «petaquero», el nombre con el que se conoce a quienes suministran combustible mar adentro a las narcolanchas para evitar que tengan que aproximarse a puerto y dispongan de suministro suficiente para huir de las persecuciones llevadas a cabo por las autoridades.

Ellos tampoco intentan presentar su vida como una realidad normal. «Soy delincuente, pero me gustaría ser trabajador», admite uno. Dicen sentirse marcados desde el momento en que pronuncian el nombre de su barrio. Aseguran que haber nacido en El Príncipe condiciona su acceso al mercado laboral y su relación con el resto de la ciudad: «Por mucho que estudies, ya estás encasillado». Uno de ellos eleva esa frustración: «Yo con un porro no mato a nadie, los que llevan traje y corbata, con sus mentiras, matan a mucha más gente».

El argumento se repite durante toda la conversación. No creen que ellos hayan elegido completamente el narcotráfico, sino que consideran que han crecido dentro de un ecosistema donde resulta difícil mantenerse al margen. «El negocio está metido en el barrio y de eso no se puede escapar», dicen.

Precisamente por eso es tremendamente llamativo escucharlos hablar ahora de orden, seguridad y abandono. La droga forma parte del funcionamiento del barrio. La violencia también. Pero la llegada masiva de inmigrantes, sostienen, ha introducido nuevas problemáticas en una estructura que funciona con sus propios códigos.

Por otro lado, su descontento con la respuesta de las administraciones se hace vigente más que nunca: «El Gobierno nos tiene muy lejos. Siempre ha sido así». Aseguran que esa distancia no comenzó el 30 de julio. La crisis migratoria simplemente ha hecho más visible una fractura que ya existía. «El Príncipe ya tiene instaurada una mentalidad, se la ha metido el Gobierno», explican.

Ellos, tienen una relación compleja con su barriada: La defienden, la protegen, viven de su economía sumergida y al mismo tiempo desean marcharse: «Queremos mucho al barrio, pero nuestros sueños están fuera», lamentan.

Esta es la realidad de parte de El Príncipe. La llegada masiva de inmigración ha ocasionado, según los testimonios de estos jóvenes, un incremento del consumo y una mayor actividad en el mercado de la droga. Pero, también ha tensionado aún más un lugar en el que en ocasiones la legislación choca con lo que ellos llaman «la ley del barrio».

Los seis hombres reclaman seguridad mientras reconocen vivir del narcotráfico. Protegen a mujeres migrantes mientras piden que quienes han llegado abandonen Ceuta. Critican la ausencia policial mientras defienden que sean ellos mismos quienes administren los castigos. Condenan una violencia, pero justifican otra.

Es la frontera difusa sobre la que se mueve El Príncipe. Una fina línea que avala su código y que uno de ellos resume con una frase inquietante: «Antes de que llore mi madre, que llore la suya». Cuando esta fotógrafa intenta sacar una última foto del interior del barrio, varios hombres aparecen con motos de trial y tapados con pasamontañas al grito de: «¡Fuera del barrio hija de puta, El Príncipe es nuestro!». Dejándose vislumbrar, una vez más, la tenue frontera entre la calma y el caos. Entre la ley y la máxima ilegalidad. Entre esa necesidad de ser aceptados por la sociedad, pero sin querer vivir bajo el mandato de sus normas.

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