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Fórmula 20

Publicado: septiembre 14, 2026, 3:00 am

Han tenido que pasar más de 40 años para que los monoplazas vuelvan a rugir en Madrid. Los coches de carreras son un espectáculo con sus diseños aerodinámicos y por las velocidades que alcanzan en adelantamientos de infarto. Pero detrás de este espectáculo del motor hay toda una industria del entretenimiento que aporta riqueza a las ciudades que acogen la Fórmula 1. Hoteles, tiendas y restaurantes no han parado de trabajar, por no hablar de todos los que han hecho posible el propio campeonato durante meses o las cientos de convocatorias de este fin de semana vinculadas al motor.

Y lo que vendrá, porque la impecable organización de Madring –con el rey Felipe VI a la cabeza–, vista en todo el planeta, hará que muchos espectadores estén planificando ahora mismo un viaje a nuestro país. La imagen icónica del ganador Antonelli celebrando en el podio con champán no debe llevarnos a confusión.

La Fórmula 1 no se llama así porque haya un solo ganador; es un engranaje de cientos de miles de personas que han funcionado a la perfección en Madrid. Y si hay un momento en el que ese esfuerzo coral se ve reflejado a la perfección es cuando, a mitad de carrera, los pilotos tienen que parar su coche en el garaje de su escudería para cambiar los neumáticos. Pasan de una velocidad de 300 km/h a frenar en seco para que en apenas unos segundos el equipo sustituya las cuatro ruedas. Por primera vez he podido ver en directo este proceso que tantas veces he contado en mis clases de Dirección de Empresas.

Fernando Alonso abandonó ayer la pista para entrar en boxes y a una velocidad de 80km/h se encontró con los 20 mecánicos de su equipo que, literalmente, le pararon el coche. Ver cómo en tres segundos esos profesionales son capaces de levantar el bólido, quitar las cuatro ruedas y poner otras tantas nuevas para devolverlo a la pista es uno de los mayores ejemplos de sincronización, eficiencia y trabajo en equipo. Poco más de dos segundos. Veinte profesionales. Cero margen de error.

La escena es muy gráfica y pedagógica para cualquiera que trabaja con personas. Por eso cada año la cuento a mis alumnos universitarios. Cada miembro del equipo sabe exactamente qué hacer, cuándo hacerlo y cómo aportar su pericia en el engranaje. No hay improvisación, no hay dudas, no hay jerarquías: únicamente método, entrenamiento y confianza. Y sirve para que el piloto gane la carrera con unas nuevas cubiertas que agarran más o a la hora de gestionar una crisis corporativa, poder responder a una regulación o a un nuevo competidor; para cumplir con el reglamento de la Fórmula 1 que exige el reemplazo del caucho o para fichar especialistas que saben más que el CEO. Como también sirve la analogía para no dejar de entrenar a los equipos directivos y basar las decisiones en datos en tiempo real y no en viejas intuiciones.

Mientras Alonso salía disparado de nuevo, pensé en tanto equipos que discuten, se llevan la contraria o se ponen zancadillas; o en esos otros que van por libre, sin coordinación alguna, ignorando qué significa la palabra sinergia. Quizás sabes de lo que hablo porque todos hemos trabajado en empresas de ese tipo, pero cuando ves a esos 20 mecánicos, vestidos igual que Fernando Alonso, te das cuenta de que las organizaciones que triunfan no son las verticales que adoran a un número 1, sino las horizontales que tienen 20 números uno.

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