Publicado: octubre 13, 2026, 1:07 am
Las existencias de tela con los colores de la bandera de España llegaron a agotarse en distintos establecimientos de Ceuta y Melilla a principios de noviembre de 2007, tras anunciarse que Juan Carlos I, hoy Rey Emérito, y Doña Sofía iban a visitar las dos ciudades autónomas. Las clases se suspendieron y la jornada laboral de funcionarios y comerciantes se acortó. Todo para que casi un tercio de la población de estas localidades saliera a la calle, rojigualda en mano, a recibir a los monarcas con proclamas de «¡Es-pa-ña!, ¡Es-pa-ña!» y «Oé, oé, oé».
«Yo creo que no se ha visto nunca una visita de sus majestades los Reyes a una ciudad donde hayan sido recibidos por tantos y tantos ciudadanos», rememora Miguel Marín, entonces y ahora consejero del Gobierno de Melilla. «Quiero […] expresaros el firme respaldo y el permanente aliento de la Corona», respondió Don Juan Carlos en esta ciudad el 6 de noviembre, con un mensaje similar al que había dirigido el día anterior a los ceutíes. Ese discurso del Rey y esas calles teñidas de rojo y amarillo, gobernadas por quienes siguen –Juan Jesús Vivas en Ceuta y Juan José Imbroda en Melilla-, son el único precedente en democracia a lo que hoy sucederá: la visita de Felipe VI a las dos ciudades.
Aquella oda a la españolidad es, pues, la única imagen a la que puede remitirse el Rey para intuir cómo discurrirá su viaje. Pero, además de para calibrar la reacción de la calle, el precedente de Juan Carlos I permite también anticipar la repercusión política que puede desencadenar este gesto, el del jefe del Estado pisando las dos ciudades españolas cuya soberanía Marruecos cuestiona.
«Durante la preparación de la visita, en esos días previos, incluso en el mismo día, nosotros no teníamos ningún temor a posibles represalias ni nada parecido», sostiene el consejero Marín. En cualquier caso, no era a su gobierno, ni al ceutí, a quienes correspondía anticipar eso. Era el Ministerio de Exteriores español el que analizaba las posibles reacciones marroquíes al viaje.
Los Reyes de España, durante el desfile de la Fiesta Nacional.EFE
La visita constó de dos partes -un año antes estuvo en Ceuta y Melilla el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero– y, desde que tuvieron conocimiento de que se quería realizar, en esta cartera empezaron a prepararla. «Lógicamente, hablando con los marroquíes», cuenta el entonces secretario de Estado de Asuntos Exteriores, Bernardino León. El contacto con sus homólogos fue pleno, en aras de evitar un choque mayor: «El principio fundamental para nosotros en la relación con Marruecos era tener la máxima comunicación y, sobre todo, intentar no dar sorpresas». Porque «en diplomacia, cuando te anticipas, siempre puedes gestionar mejor las situaciones complicadas». Bajo esa premisa, el entonces ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, se reunió en Marrakech con su homólogo poco antes del anuncio -lo hizo apenas unas horas después de que Felipe y Letizia, por aquellas fechas Príncipes, cenaran allí con los herederos del reino alauí-.
La crisis diplomática, en efecto, sucedió. Rabat, al día siguiente de anunciarse el viaje de los Reyes, expresó su «rechazo y su absoluta reprobación a esa iniciativa lamentable, sean cuales sean las motivaciones y los objetivos de la visita». Dirigentes del país vecino llegaron a tacharlo de «provocación» y, a escasas horas de que Juan Carlos I y Doña Sofía llegaran a Ceuta, Marruecos escaló el choque diplomático al llamar a consultas a su embajador en España. Ahora, 19 años después, el reino alauí parece estar midiendo más la reacción: el silencio que siguió al anuncio de la visita de Felipe VI y Doña Letizia a las dos ciudades solo lo rompió el pasado viernes el rey Mohamed VI para advertir de que su asociación con España «no puede estar sujeta a presiones, amenazas ni chantajes».
Más allá de la respuesta diplomática, el viaje de Juan Carlos I a Ceuta y Melilla también generó revuelo en la frontera, donde hubo ciertas muestras de rechazo. La prensa del momento relata que se fletaron autobuses desde las localidades marroquíes más cercanas a Ceuta, y que cientos de personas los cogieron y se congregaron para protestar. Por Internet, entonces naciente, circuló un llamamiento al boicot a productos españoles. Sin embargo, ambos gestos fueron minoritarios, con lo que el choque no escaló del desencuentro que Rabat escenificó con la llamada a consultas del embajador. «Lo que intentamos es, la diplomacia de los dos países, mantener [las medidas de protesta marroquí] en esa burbuja diplomática, que no invadiera el conjunto de la relación», explica León, que señala que nunca temieron que la respuesta del país vecino pudiera venir por la vía de la inmigración. Días después de la visita, Rabat ya entonó un discurso más conciliador.
Para el consejero Marín, el paso de Juan Carlos I por Melilla fue un «punto de inflexión»: «Lo que hace es reforzar aún más algo que es indudable como es nuestra españolidad». La visita de Felipe VI, pues, confía en que será «otra inyección de ánimo» a los ciudadanos. Porque el gesto es el mismo, aunque la coyuntura sea otra. Los Reyes llegan a las dos ciudades autónomas en un viaje acelerado tras la entrada masiva a Ceuta de finales de julio, que Pedro Sánchez calificó de «ataque» y «violación de la integridad territorial de España».
Una situación «compleja» que mantiene irresuelta la crisis en la ciudad, y que dota de mayor significado la estancia de Felipe VI. Aunque tampoco fue baladí el momento que eligió su padre: las fechas coincidían con el 32º aniversario de la Marcha Verde sobre el Sáhara Occidental. Ahora, 19 años después, la Corona viaja a Ceuta y Melilla cuando el Gobierno ya ha asumido la tesis marroquí sobre la soberanía de este antiguo territorio español.

