Publicado: abril 17, 2026, 3:00 am

Hay algo deliciosamente irónico en que una inteligencia artificial se llame Mythos y que no la podamos tocar ni con un palo, como los dioses antiguos, omnipotente, invisible y con un departamento de comunicación bastante eficaz. El nombre escogido viene de mythos, ese relato griego que no tenía por qué ser verdad, pero que sonaba lo suficientemente bien como para colarse en la cabeza de la gente y convertirse en creencia. Y aquí estamos, veintimuchos siglos después, escuchando un relato bastante parecido: Anthropic ha creado una IA tan lista, tan brillante, tan peligrosamente eficaz que ha decidido no sacarla al mercado, porque podría encontrar fallos en sistemas críticos y explotarlos, vamos, que no es que rompa cosas, es que sabe exactamente dónde apretar.
Hasta aquí, la historia tiene todos los ingredientes de tragedia griega: poder desmedido, peligro latente, prudencia heroica; solo falta una banda sonora épica y Nolan explicando las necesidades metafísicas de hacer la película. Pero conviene detenerse un segundo, porque no estamos hablando sólo de tecnología, estamos hablando de narrativa y de cómo se cuenta la tecnología, y Mythos, más que un producto, es un argumento, la IA que no puedes usar porque es demasiado buena, la máquina que, por responsabilidad, se queda en el cajón, la empresa que, en mitad de la carrera armamentística digital, levanta la mano y dice hasta aquí.
Si nos ponemos clásicos ya sabemos cómo acaban estas cosas, alguien termina abriendo la caja y entonces sí que se acaba el mito y empieza el problema
Uno casi se imagina a los ingenieros mirándose entre ellos con gesto solemne, diciendo que han ido demasiado lejos y apagando el interruptor, la imagen de Schwarzenegger diciendo adiós con la mano mecánica porque skynet nunca va a existir gracias a estos anónimos héroes, pero también hay una lectura menos épica y más terrenal. ¿Que pasa si este relato no habla tanto de lo que Mythos hace como de lo que quieren que creas que hace? Porque, seamos sinceros, pocas cosas generan más fascinación que lo prohibido, inaccesible, o “demasiado peligroso para el público general”, que es una frase que siempre funciona de maravilla, el truco es antiguo, se usa desde las tragedias griegas: no hace falta enseñar al monstruo si consigues que todo el mundo se lo imagine.
Y mientras tanto nosotros encantados, porque Mythos encaja perfectamente en el momento cultural, desconfiamos de la tecnología pero no podemos dejar de usarla, nos inquieta pero nos seduce, nos promete soluciones y nos vende problemas nuevos a estrenar, eso sí, con una diferencia importante respecto a los mitos clásicos, antes al menos sabíamos que eran mitos, ahora el relato viene envuelto en titulares bastante serios, y eso le da un aire de verdad que cuesta discutir, aunque en el fondo siga siendo una historia bien contada.
No se trata de decir que Mythos no exista o que todo sea humo, el punto es otro, entender que también estamos consumiendo un relato sobre esa tecnología, uno que mezcla realidad, prudencia, estrategia y un poquito de espectáculo, porque en el fondo Mythos no es sólo una inteligencia artificial, es una historia sobre una inteligencia artificial, y como toda buena historia funciona porque queremos creerla, aunque si nos ponemos clásicos ya sabemos cómo acaban estas cosas, alguien termina abriendo la caja y entonces sí que se acaba el mito y empieza el problema.
