Publicado: octubre 29, 2026, 1:07 pm
Las tragedias -no sirve acaso otro calificativo para el accidente ferroviario de Urda y Los Yébenes– dejan a las personas sin lugar al que acudir cuando ya se ha llamado a todo el listín telefónico, se ha preguntado en todos los puestos de información y han agotado las pocas certezas que tenían.
Desde el choque mortal, el Centro Parroquial de Toledo se ha convertido en un refugio para esas familias. En sus escaleras, decenas de personas esperan noticias de los suyos después de pasar la noche en vela. Dentro, la Iglesia ha abierto las puertas de su casa para acoger a quienes, por el momento, no encuentran respuestas en ninguna otra parte.
No hay horarios para la angustia ni una hora prevista para el final de la espera. Por eso, las puertas seguirán abiertas. Desde las primeras horas de la tragedia, sacerdotes como José Manuel, párroco de Consuegra, se desplazaron hasta la zona cero para asistir a los damnificados. En Toledo, el centro parroquial ofrece la posibilidad de no atravesar a solas las horas en las que todavía no se sabe.
El sacerdote y misionero Juan Carlos Mayoral tiene claro que permanecerá abierto «hasta que haga falta, como me imagino viendo la amabilidad y solidaridad de nuestro arzobispo». No establece una hora de cierre ni pone condiciones porque hay personas que necesitan un espacio para poder dejar de fingir, aunque sea durante unos minutos, que todavía tienen fuerzas.
El sacerdote y misionero Juan Carlos Mayoral a las puertas del Centro Parroquial este mediodía.EL MUNDO
Mayoral conoce de cerca la pérdida. Él también perdió a un familiar demasiado pronto: su madre murió cuando ella apenas tenía 39 años. No equipara aquella experiencia con el dolor de estas familias, pero sabe que hay ausencias que desordenan el mundo y preguntas que nadie puede contestar. Por eso, desde su fe, les pide que «seguir creyendo en Dios» no sea una forma de apartar la mirada de lo ocurrido, sino una manera de atravesarlo. «Desde mi fe y desde mi pasión, porque soy un pasional como San Pablo, les diría que crean y que hagan lo que yo hago: orar», afirma. «Que no se ‘caguen’ en nadie, que no despotriqueis de nadie, que se agarren a sus familiares».
La oración convive aquí con los gestos más sencillos. Son muchos los voluntarios que han acudido al centro para poner a disposición de las familias lo que «buenamente pueden» y hay «psicólogos y miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado» que prestan asistencia a quienes atraviesan las horas más difíciles.
«Estamos rezando por ellos porque nos hacemos cargo de su dolorosa situación», dice Mayoral.
La angustia se vuelve todavía más difícil de soportar cuando, a la ausencia de noticias, se suma el engaño. En las últimas horas, supuestos estafadores se han hecho pasar por agentes de la Guardia Civil y han enviado fotografías de presuntos familiares a quienes buscan desesperadamente información sobre los suyos. Y, aun así, frente a esa falta de escrúpulos, la esperanza es una forma de resistencia para muchos. Antonio San Emeterio, de 54 años, es uno de los que se aferran a ella.
Este sevillano busca a su hermano Pepe, que viajaba en el vagón 8 del AVE. La mañana de ayer comenzó con un mensaje que nunca habría querido recibir. «Pasadas las nueve de la mañana recibí un SMS de emergencia desde su reloj», cuenta. «Miré su geolocalización y su móvil me aparecía en el punto de las vías». Después llamó una y otra vez. El teléfono dejó de dar señal. Su hermana Ester cogió el coche y puso rumbo a Urda; él salió de Sevilla hacia la Comandancia de la Guardia Civil de Toledo.
Antonio habla con una serenidad que encuentra su sostén en «la esperanza». Es algo que, insiste, «no pierdo». No significa que haya dejado de hacerse preguntas ni tampoco que renuncie a la indignación. Critica el estado de la red ferroviaria española, una preocupación que justifica «por pura lógica». «Son vías de 1992, quizás pensadas para un tráfico de 30 trenes, y no para el actual». Pide, sin embargo, prudencia, que las cosas «se hagan bien, a su tiempo», como las identificaciones, las llamadas a los familiares y, más adelante, la búsqueda de los ‘culpables’. Antes de despedirse, vuelve la mirada hacia la política, sin levantar la voz. «Sin duda la clase política que tenemos no la merecemos, solo hay que ver cómo se hablan entre ellos», concluye.

