Publicado: agosto 15, 2026, 2:09 pm

El viaje entre la paranoia pseudobélica marroquí, la pachorra veraniega española y el regreso a la alerta total del régimen de Mohamed VI consta de 7.199 pasos, se recorre en 76 minutos y, según la app de salud del ‘smartphone’, supone la quema de 438 calorías exactas.
Son los datos de un trayecto de ida y vuelta entre Castillejos y Ceuta, a ambos lados de la frontera marroquí, en plena emergencia por el 15-A, la jornada marcada por miles de jóvenes bajo la etiqueta #haraga para, presuntamente, cruzar a Ceuta de forma incontrolada. Pero también sirve para comprobar cómo los dos gobiernos, el marroquí y el español, han afrontado el mismo acontecimiento de formas radicalmente opuestas. Mientras Rabat ha desplegado una marabunta de cuerpos de seguridad para blindar su frontera, una aparente calma marca la labor dictada desde Madrid para el dispositivo ceutí.
El trayecto comienza a mediodía en El Mirador, la rotonda a las afueras de Castillejos donde los marroquíes han instalado su primer ‘checkpoint’. Un soldado inspecciona el vehículo con gesto sospechoso y pregunta en francés: «¿Tú no has pasado ya por aquí a las nueve de la mañana?«. Tras insistentes negativas, acaba cediendo: «Vale, aparca ahí cerca y vuelve caminando».
Tres agentes manosean el pasaporte antes de franquear el paso. Por delante, queda un largo paseo junto al mar, donde refulgen kilómetros de concertinas recién instaladas. Docenas de coches de policía, ‘lecheras’ de antidisturbios y vehículos del Ejército recorren este kilómetro largo de asfalto por el que apenas circulan dos taxis en un cuarto de hora. Un yate privado con tres bañistas aporta el toque surrealista a la escena.
Al final del trayecto aparece la ‘zona cero’ del despliegue alauí ante el 15-A: la explanada de la frontera. Más de un centenar de vehículos de todo tipo, desde turismos de la policía hasta camiones antidisturbios de tropecientas toneladas, lucen perfectamente apiñados en la calzada. El insistente zumbido de un dron es la banda sonora de una escena casi apocalíptica.
Unos soldados otean la costa con prismáticos. Otros intercambian datos con gesto serio. Más allá, dos tipos con bigote consultan un mapa en su ‘tablet’… Pero, no nos engañemos, también hay muchos que sestean dentro de autobuses, tanquetas y demás equipamiento marcial.
El clima hiperactivo se calma súbitamente nada más entrar a la zona de aduanas. Dos terceras partes de los puestos de control de pasaportes están vacías. Los agentes allí congregados apenas contienen los bostezos. Tanta alarma por el 15-A, con su anunciado desborde de los servicios fronterizos, ha acabado provocando el efecto contrario: nunca antes habían tenido tan poco trabajo.
Un gendarme sella el pasaporte, otro registra la mochila y un tercero se asegura de que sus compañeros han hecho su trabajo. La burocracia avanza campante. «Que tenga buen viaje», se despide, ahora en castellano, el último agente del territorio marroquí.
Por el largo pasillo que separa ambos países nos encontramos con Amir, un cincuentón con familia en San Sebastián que transporta dos bolsas de panes a Ceuta. Enseguida entabla conversación: «¿Eres de Madrid? Pues yo conozco Lavapiés, Carabanchel, Aluche, Porla…».
-¿Porla?
-Espera, no… ¡Parla!
Cuenta Amir que nunca había visto tan vacía la frontera, y eso que la cruza a diario. Cuando le preguntamos por el 15-A, dice no saber nada. O, al menos, lo finge a la perfección.
Un súbito golpe de aire acondicionado interrumpe la conversación. Ya estamos en España, donde unos ultramodernos controles informatizados sustituyen el trabajo manual de los gendarme marroquíes. Aquí los agentes también están ociosos, aunque se lo toman con mejor humor. «Una horita más y me voy a casa», cuenta un policía afincado en Ceuta. «Un día tranquilo, que ya era hora».
Tras otro paseo, esta vez climatizado, aparece la primera calle de la ciudad autónoma. Aquí no hay ‘lecheras’, ni tanquetas, ni mucho menos camiones. Si acaso, unos agentes vigilan la salida desde una colina cercana. Sólo una periodista de Antena 3, que entra en directo justo en ese momento, indica que algo especial está ocurriendo sobre el terreno.
Tras un giro de 180 grados, empieza la misma rutina, aunque ahora en dirección a Castillejos. Un guardia civil aburrido escanea el pasaporte. Otro inspecciona la mochila. Un tercero da las buenas tardes… Y el fin del aire acondicionado indica que hemos vuelto a Marruecos.
El primer gendarme alauí parece confundido al comprobar que la fecha del sello de salida de Marruecos coincide con el que debe estampar a la entrada. Pero no le da muchas vueltas: devuelve el pasaporte y suelta una frase en árabe con gesto circunspecto. Mejor no preguntarle qué ha querido decir.
Una hora más tarde, la explanada de la frontera marroquí luce tan ajetreada como la dejamos. Corren los rumores de que han detenido a varias docenas de subsaharianos en un monte cercano. Pero, de momento, ni un sólo marroquí se ha lanzado al mar con destino a Ceuta. Los jefazos del dispositivo parecen contentos mientras piden cafés bien cargados en un pequeño tenderete.
Al volver a la rotonda inicial, sigue dirigiendo las operaciones el mismo agente que, por error, creía habernos visto a primera hora de la mañana. Ahora, sin embargo, una gorra blanca con letras de colores no le deja margen de error: «Bienvenido de nuevo a Marruecos, ‘monsieur'».
