Publicado: octubre 17, 2026, 4:07 am
Igual usted no sabe que Casa Real recibe decenas de cartas todos los días. O igual lo sabe porque usted mismo, o una tía suya de Alcalá, o ese cuñado que sirvió en ferrocarriles, han dirigido una carta a Zarzuela en algún momento de pesimismo institucional, de orfandad política, de hartazgo administrativo, incluso de tormento personal. En cualquier caso debe usted saber que cada una de esas cartas -incluyo también los correos electrónicos, pero es que allí reciben muchas cartas físicas todavía- es abierta y leída. Naturalmente no todas por los Reyes en persona, pero aquellas que el equipo de Casa Real considera más significativas también acaban en sus manos.
Me consta, por ejemplo, que no pocas españolas víctimas de violencia machista escriben a Doña Letizia. A veces también a la Reina Sofía. Esos testimonios, a menudo desgarradores, no caen en saco roto a pesar de que la Corona carece de competencias efectivas en materia de igualdad. Pero las víctimas que empuñan el bolígrafo con los ojos llorosos y el corazón encogido no dominan el organigrama competencial del Estado. Acuden a quien creen que tiene poder para sacarlas del infierno. Esas cartas llegan a Zarzuela, y allí las leen, y las contestan, y en función del origen del remitente dan traslado del asunto particular al departamento idóneo de la autonomía correspondiente para que esa española en concreto reciba la atención que merece.
Esto no es una excepción, una anécdota «puntual», por usar el adjetivo que consideraron apropiado todos los guiñoles descoyuntados del Consejo de Ministros para disculpar la intrusión de buques de guerra marroquíes en aguas españolas. Lo puntual, en el caso de la Corona, es mantenerse a la altura de una institución condicionada. Con el privilegio heredan una responsabilidad proporcional. ¿Que para qué sirve una monarquía en una democracia del siglo XXI? Pues para esto. Para encarnar físicamente la idea abstracta del Estado protector al que le importan los anónimos corresponsales plebeyos que necesitan sentir el consuelo de ese poder.
Si no se entiende esta conexión casi visceral entre el pueblo y la Corona, tampoco se entenderán las imágenes que ceutíes y melillenses han protagonizado esta semana en las calles de sus ciudades, amenazadas por ese alumno de Putin con chilaba que reina feudalmente al otro lado de su frontera. Podemos imaginar a Pedro tratando de descifrar en la lejanía digital esas escenas de efusividad inaccesible a su naturaleza moral. A él solo le han tocado así en un mitin de Dos Hermanas, y previa selección policial de la concurrencia.
Pero no confundamos esto con el fenómeno fan de una alfombra roja. Esos ceutíes que han experimentado lo intolerable no acudían a un photocall. Sus derechos han sido violados por un régimen hostil. Y no se resignan a ser considerados españoles de segunda por el hecho de vivir al otro lado del Estrecho. Por eso cuando les ponías el micrófono en la boca no dibujaban una sonrisa de nerviosismo quinceañero: se preguntaban muy serios por qué no habían venido antes. Y portaban un mensaje claro para el jefe de su Estado. Tres palabras: «Proteja la frontera». Esto es lo que comprendió enseguida el Felipe VI, aunque Moncloa no autorizó el viaje hasta que ya no pudo impedirlo más

