Publicado: mayo 17, 2026, 8:07 am
Lo moderado es ahora lo disruptivo. Cuando Vox se ha entregado al discurso más duro contra la inmigración y el PSOE se agarra a la confrontación entre bloques ideológicos para intentar apuntalar su supervivencia, Andalucía decide este domingo si vuelve a apostar por una fórmula templada. Una que promete quitarle tensión a la atmósfera política para concentrar las energías en la gestión de los problemas que más preocupan a los ciudadanos, y que tienen que ver con poder ir al médico de cabecera o al especialista en tiempos razonables, disponer de una plaza en la FP o la universidad para los hijos o acceder a una vivienda a un precio asequible. Casi nada.
La propuesta de Juanma Moreno, que aspira a revalidar su mayoría absoluta, no es ningún misterio. Por primera vez se presenta ante las urnas con un modelo de hacer política que los andaluces ya conocen y que, en los últimos cuatro años, no se ha visto condicionado como en la primera en la legislatura por socios de intereses erráticos o comportamientos levantiscos.
«O una nueva mayoría del PP o el lío», ha repetido el candidato hasta el infinito, estableciendo en la campaña electoral un marco mental sencillo, directo y también realista, porque Andalucía cierra un ciclo de elecciones autonómicas donde el PP se ha visto arrastrado por Vox a posiciones alejadas de la centralidad política tras meses de bloqueo institucional.
Si Moreno logra la proeza (o carambola) de una segunda mayoría absoluta, no solo habrá conseguido alejarse del «lío» con Vox, sino que habrá lanzado un contundente mensaje interno en el PP de que es posible convertirse en un partido de mayorías por la vía central del espectro ideológico, rehuyendo los extremos, sin abrazar posiciones radicales como las que Vox impone en sus coaliciones.
El propio Moreno contó durante una entrevista con EL MUNDO esta semana cómo un politólogo de la Universidad de Málaga le había recordado días atrás que tenía una doble misión: «Eres uno de los últimos exponentes de una cultura política distinta a la imperante, y tienes no solo la responsabilidad de gestionar Andalucía, sino de demostrar que la cultura política de la Transición -la concordia, el respeto al adversario- no es pasado, sino futuro, y tiene viabilidad hoy».
Cuando se le pregunta a Juanma Moreno siempre responde que Alberto Núñez Feijóo no necesita lecciones de ningún barón autonómico sobre cómo se forjan las mayorías, porque él es el que más absolutas (cuatro) tiene en su currículum. El presidente andaluz no oculta que cuando diseñó su estrategia para conseguir desbancar al PSOE como partido hegemónico en Andalucía se fijó en el modelo Feijóo: un discurso moderado, de orgullo regionalista, autonomía política con respecto a las consignas de Génova y espacio propio. Que las siglas del PP prácticamente desaparezcan de los carteles en favor del nombre del candidato, eso ya lo hacía Feijóo.
Pero a nadie se le oculta que el presidente nacional del partido sufre internamente las tensiones de los dos referentes de éxito que conviven en el PP: el de Moreno y el de Isabel Díaz Ayuso, que no tiene problema en disputarle a Vox el espacio arrebatándole la bandera en las batallas culturales que libra la derecha radical. En los últimos tiempos, Ayuso y Moreno han coincidido solo a la hora de rechazar (cada uno en su estilo) la «prioridad nacional» que ha impuesto Vox.
«Feijóo sigue siendo la misma persona y el mismo político. Lo que pasa es que las circunstancias son distintas», dijo también Moreno en la entrevista. «Si conseguimos un gran triunfo en Andalucía, no sólo daremos un paso más para acabar con el ciclo de Gobierno de Sánchez, sino también para que Alberto sea presidente. Ese espacio de centralidad que Andalucía ofrece al resto de España será muy sugerente, y nuestra experiencia puede servir para aplicar políticas de futuro», añadió.
Si Moreno aspira a imponer su fórmula a nivel nacional no es porque tenga, hoy por hoy, una ambición sucesoria, sino porque está convencido de que en la franja central es donde está el grueso de los electores. Si en 2022 el triunfo de Moreno dio fuelle al proyecto político de Feijóo, que había tomado las riendas del partido tan solo unos meses antes, en 2026 otro triunfo similar puede servirle para reorientar la brújula del PP a nivel nacional.
Sin alternativa por la izquierda
A lo largo de la campaña electoral no se ha publicado ni un solo sondeo que apunte a que haya alguna posibilidad de que la izquierda (PSOE+Por Andalucía+Adelante Andalucía) pueda sumar una mayoría alternativa. La única duda razonable que se cierne sobre el día después del 17-M es si Juanma Moreno va a poder gobernar en solitario o va a tener que hacerlo bajo la presión de Vox, que pondrá precio a sus apoyos en la investidura si el PP no alcanza la mayoría absoluta.
La izquierda ha intentado desmontar ese marco argumental, pero la demoscopia no parece de su parte. Las urnas están vacías y, por tanto, todo está por decidirse, insistían estos días los socialistas para evitar el efecto resignación que desmoviliza cuando la derrota se da por descontada.
Venimos, sin embargo, de una concatenación de fracasos para el PSOE en Extremadura, Aragón y Castilla y León y, por tanto, no es demasiado arriesgado interpretar esa sucesión de desastres como señales de un cambio de ciclo que podría tener una réplica a nivel nacional. Ninguna de esas derrotas, sin embargo, tendría para el PSOE el mismo impacto emocional que una debacle como la que apuntan los sondeos en Andalucía, la tierra que más ha aportado a las grandes victorias del partido a nivel nacional.
Si la candidata socialista, María Jesús Montero, no consigue desbaratarle al PP una nueva mayoría absoluta ni tampoco superar los paupérrimos resultados de Juan Espadas en 2022 (30 diputados), se habrá confirmado el peor de los pronósticos de los escépticos.
Andalucía, «territorio de sacrificio» para el PSOE
Quienes nunca vieron clara la operación Montero dentro del PSOE (eran muy pocos) consideran que Sánchez trata a Andalucía como «territorio de sacrificio», a sabiendas de que no había nada que hacer para frenar a un Juanma Moreno que sigue en estado de gracia. Según esa hipótesis, Sánchez lo fía todo a Cataluña, y así lo demostró cuando dejó en manos de los independentistas de ERC la presentación del nuevo modelo de financiación autonómica que Montero tenía que venderle después a los andaluces. En las generales de 2023, el PP (25 diputados) le sacó en Andalucía al PSOE (21 diputados) tres puntos en porcentaje de voto, pero es que en Cataluña el PSOE (19 diputados) le sacó al PP (seis diputados) nada menos que 21 puntos.
Aun así, el PSOE está convencido de que si el votante progresista se moviliza este domingo conseguirá salvar los muebles y apela a los 570.000 votos más que sacó Pedro Sánchez en 2023 con respecto a los que obtuvo Juan Espadas en las autonómicas de 2022. La participación en las autonómicas de 2022 fue del 58,36%, mientras que en las generales la participación se disparó hasta el 68,97% en Andalucía. Por eso, el PSOE insiste en que si hay movilización hay esperanza. Pero para que esos 570.000 sean recuperables habría que pensar que los andaluces progresistas de hoy son los mismos que los andaluces progresistas de 2023 y que los Koldo, Ábalos, Jésica o Paco Salazar no han hecho mella en el ánimo de esos votantes.
Ni tampoco la amnistía a los separatistas catalanes que Pedro Sánchez rechazó insistentemente en aquella campaña y que tan sólo unos meses después pactó con los independentistas. No obstante, el presidente del Gobierno se ha volcado en la campaña andaluza intentando retener a sus fieles, a los que volverá a convocar a no mucho tardar.

